Turismo de masas: ¿es compatible con transición ecológica?

 

Janet Sanz

Tenienta de Alcalde de Ecología, urbanismo, infraestructuras y movilidad del Ayuntamiento de Barcelona

 

 

Barcelona es hoy un destino turístico global. Es un hecho indiscutible con el que convivimos. Las consecuencias son dos caras de la misma moneda, una no puede desligarse de la otra. El turismo aporta, sí, pero también tiene costes. Por un lado, la ciudad obtiene beneficios en determinadas actividades a nivel económico, recibe ingresos fiscales o genera ocupación. Por otra parte, el turismo provoca el aumento del precio de la vivienda, especulación,  gentrificación, monocultivo económico y precariedad laboral, problemas de convivencia en el espacio público o un fuerte impacto medioambiental.

El hecho de que el turismo sea una suma de beneficios y costes para la ciudad nos obliga a intervenir para garantizar que esos beneficios se repartan equitativamente y los costes no recaigan siempre en los mismos colectivos y barrios. Los beneficios privados no pueden convertirse en costes públicos. El turismo debe ordenarse, no puede ser una barra libre sin control. Nuestra experiencia como ciudad nos dice que la falta de regulación pública es garantía de conflictos, de privilegios para unos pocos y de perdida de identidad como comunidad.

Para tener un turismo sostenible socialmente, entendido como aquel que respeta y no agrede a la ciudad y a sus vecinos y vecinas, se ha de tener la valentía de gestionarlo y regularlo; responsabilidad que durante mucho tiempo las instituciones públicas no hicieron. Por ello, Barcelona tiene desde el 2015 una estrategia y propuesta. Un ejemplo es la persecución de pisos turísticos irregulares (5.000 clausurados) o el PEUAT, instrumento que nos ayuda a evitar la sobresaturación hotelera en el centro de la ciudad. El control sobre el crecimiento de alojamientos turísticos o generación. Impulsamos medidas para que las personas puedan seguir viviendo en sus barrios y no verse expulsados por la presión turística y especulativa.

Cuando hablamos de un turismo regulado, también hablamos de un turismo sostenible en términos ecológicos. Nos encontramos en un proceso de emergencia climática y con unos niveles de contaminación que generan consecuencias muy negativas sobre la ciudad, sus habitantes y su salud. Los poderes públicos han de poner todas las herramientas a su alcance para revertir esta situación. Dentro de esta coyuntura, un turismo de masas no regulado es un factor que va completamente en contra de los objetivos que nos hemos marcado como ciudad sostenible. Los impactos que tiene este tipo de turismo sobre la movilidad en la ciudad o el consumo de recursos como el agua o energía así lo indican.

Para tener un turismo sostenible desde todos los ámbitos es importante entender que se le ha de poner límites y regulaciones, que es la forma de garantizar el derecho a la ciudad, a no ser expulsado de tu barrio. Es rechazar el dogma del crecimiento ilimitado (del puerto y del aeropuerto, por ejemplo) donde el único fin que se persigue es el beneficio económico sin considerar el impacto negativo para la ciudad y en el planeta.

La posición de Barcelona es clara: el turismo no puede estar ni por encima de los derechos de los barceloneses y barcelonesas a una vivienda digna como tampoco de la defensa de medioambiente. Seguiremos siendo una ciudad con turismo, al que damos la bienvenida. A la vez, no dejaremos de trabajar para que sus consecuencias sean democráticamente gestionadas. Es hora de trabajar juntos y juntas en un mismo sentido: la sostenibilidad turística y la sostenibilidad ambiental.

Barcelona, 22 de Noviembre de 2019