Trabajo es cultura

 

Bruno Estrada

Economista y Coordinador de Secretaría General de CCOO

 

Durante siglos la relación entre trabajo y cultura vino definida por aquella poética cita de Confucio: “¿Me preguntas por qué compro arroz y flores? Compro arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir”.

El arroz, evidentemente, son los bienes materiales que nos permiten sobrevivir, y que obtenemos mediante nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, pero ello no es suficiente para vivir una vida plena, para ello necesitamos estimular y desarrollar nuestros sentidos, nuestras emociones, nuestra imaginación. Para vivir una vida plena necesitamos flores, cultura.

Muchos siglos después, en los años treinta del siglo pasado, el psicólogo ruso Vygotsky demostró científicamente que en el ser humano hay una profunda diferencia entre las actividades mentales elementales y las actividades mentales superiores. Las primeras, aquellas que nos procuran arroz, son de origen biológico y están vinculadas a la supervivencia, por lo que se caracterizan por la intencionalidad de las acciones que dirigen -cazo porque tengo hambre-. Mientras que los procesos mentales superiores determinan acciones que nos hacen gozar y soñar con las flores, ya que la motivación para realizarlos es la propia satisfacción emocional del sujeto, algo que se parece mucho a la felicidad.

Otra conclusión a la que llegó el sabio ruso fue que el desarrollo mental era, esencialmente, un proceso sociogenético. Es decir, que nuestro cerebro evoluciona de forma individual pero también lo hace de forma colectiva y, por tanto, la evolución del ser humano es un proceso en espiral en el que la evolución social viene condicionada por la evolución de los individuos, y la de estos, a su vez, por la sociedad en la que viven.

Es decir, a medida que cada vez haya más individuos de una sociedad que tengan cubiertas sus necesidades elementales, el arroz, el cerebro de cada persona dedicará más tiempo a las actividades mentales superiores, a su satisfacción emocional, a demandar flores, esto es, cultura.

Asimismo, Vigotsky puso de manifiesto la importancia de lo “social” en el origen y desarrollo de los procesos psicológicos superiores, reconociendo lo acertado de las palabras enunciadas por Engels cuando dijo: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”. Los marcos colectivos influyen en las vivencias individuales de cada persona activando el cerebro a través de: 1) el aprendizaje social; 2) la interiorización de la cultura; y 3) las relaciones sociales. Si bien la evolución de este “músculo neuronal” es un proceso dinámico y colectivo no hay que despreciar la importancia que tienen los valores morales dominantes heredados, ya que éstos impregnan el aprendizaje social del individuo, la cultura que interiorizamos y las relaciones sociales que establecemos.

A partir de mediados del siglo XIX se produjo un cambio de eje en la relación entre cultura y trabajo debido a la creciente conciencia de los trabajadores de que para transformar el mundo desigual en el que vivían había que cambiar la cultura dominante.

A partir de entonces la clase trabajadora ha considerado  que la cultura es un instrumento esencial en el proceso emancipatorio. En la medida que la transmisión cultural acumulativa y las instituciones sociales que incentivan el conocimiento son elementos fundamentales del aprendizaje social, la conclusión era obvia: sin la disputa de la hegemonía cultural que han impuesto las clases privilegiadas, y el cuestionamiento de las instituciones que han establecido para el mantenimiento del “status quo”, es imposible dirigir la evolución social del ser humano hacia sociedades más solidarias e inclusivas, avanzar hacia una “revolución tranquila” donde predominen los valores altruistas.

En la medida que las organizaciones obreras ha ido siendo cada vez más conscientes de que la cultura transformaba las conciencias, la cultura se ha ido convirtiendo en un espacio nuclear del campo de batalla de la lucha de clases. Y resulta evidente que cuando los sindicatos han olvidado esto, y han ignorado ese marco de confrontación, el retroceso social ha sido mucho más profundo, y mucho más difícil de revertir, que el producido por la modificación de la legislación laboral en contra la clase trabajadora.

Desde esta perspectiva la relación del mundo del trabajo, de los sindicatos, con la cultura toma una nueva dimensión. La clase trabajadora debe dejar de ser una mera receptora de la cultura dominante que se impone como superior, y los sindicatos, como institución social que incentiva el conocimiento, deben ser capaces de participar en el proceso de creación una cultura con valores diametralmente diferentes a los que impone el capital. Una parte fundamental de su labor debe ser enfrentarse a la hegemonía cultural. Y todo esto desde la creatividad y la libertad, porque parafraseando la hermosa frase de Emma Goldman de hace más de un siglo: “Si no podemos bailar esta no será nuestra revolución”.

En la medida que la cultura desarrolla un papel fundamental en la creación de los imaginarios colectivos de las sociedades y en la construcción de sus relatos, los sindicatos no podemos rehuir nuestro papel de agentes culturales, lo tenemos que asumir como algo definitorio de nuestra propia esencia:

  • Una parte importante de ese papel es defender y poner en valor nuestra historia de lucha y conquistas que ha ido conformando la cultura obrera, pero no desde la nostalgia, sino desde la firme convicción de que esa forma diferente de entender el mundo se siga proyectando hacia las nuevas generaciones de trabajadoras y trabajadores.
  • También tenemos que promover que los creadores de cultura, nuestros escritores, poetas, cineastas, actores, actrices, músicos y artistas plásticos y digitales muestren la realidad laboral actual. Si no somos nosotros los que contamos qué le pasa a la clase trabajadora, como vive, como siente, como lucha, nadie lo va a contar por nosotras, es más, van a hacer todo lo posible por ocultarlo. La clase obrera necesita un compromiso cultural, para poder reconocer y valorar el pasado, pero también para conectar ese pasado con el presente, y ser capaces de proyectar utopías cercanas en el futuro.

En esa voluntad de proyectarnos hacia el futuro deben tener un papel principal los jóvenes, que tienen una relación con el trabajo muy diferente de la tuvieron sus madres y padres. Y ello nos exige, si queremos conectar emocionalmente con ellas y ellos, hablar con el lenguaje y los códigos con los que se comunican. Si queremos que en el futuro seamos las trabajadoras y los trabajadores quienes cultivemos el arroz y las flores no podemos hablar con palabras del pasado.

Noviembre de 2021