Salir de la cuneta

 

 

Beatriz Silva

Periodista, feminista, activista social, es diputada independiente del Grupo Socialista en el Parlament de Catalunya

 

 

“El hombre siguió en la cuneta hasta que miró a su alrededor, vio con exactitud dónde había caído, se retorció, se arqueó, hizo palanca con brazos y piernas, se puso de pie, y salió de la cuneta con la única ayuda de sus fuerzas”. Así acaba El hombre en la cuneta, uno de los cuentos que Antonio Gramsci escribió desde la cárcel a sus hijos Delio y Giuliano. Son relatos que hablan de animales, de búhos, zorros y cuervos, pero también de personas que caen y se levantan. Siempre con un hilo conductor: la búsqueda a la solución de los problemas pasa necesariamente por escudriñar en la raíz de los mismos.

Ahora mismo, nos encontramos en una situación parecida a la del cuento de Gramsci. Hemos caído en una cuneta y no sabemos si seremos capaces de salir, si alguien acudirá a nuestra llamada de auxilio. La llegada de la Covid-19 ha convertido en urgentes decisiones que llevábamos postergando desde hace una década, aquellas que tienen que ver con las debilidades de un modelo económico, el del capitalismo de mercado sin regulación, que se ha hecho hegemónico desde los años 80’ aunque ha demostrado su incapacidad para hacer frente a los grandes retos de la humanidad, como son el hambre, la desigualdad, el cambio climático o las enfermedades. Al olvidar que nuestro horizonte era construir un proyecto universal de justicia social por sobre otras cuestiones, hemos permitido que las diferencias identitarias se volvieran más importantes que las de clase y que las desigualdades se agudizaran hasta culminar en una pandemia que las ha dejado al desnudo.

En Estados Unidos, en Europa o en España, las personas que más han sufrido los efectos de la Covid-19 son las que viven en los barrios más deprimidos. Porque tienen peor salud, viviendas que les impiden aislarse y trabajos precarios que, o bien han desaparecido, o les dejan más expuestos al virus. La pandemia ha revelado como en el mundo del trabajo los empleos esenciales para el mantenimiento de la vida eran justamente los más frágiles y peor remunerados, aquellos que realizan en mayor medida las mujeres. La Covid-19 nos ha sorprendido además con un estado de bienestar deteriorado por los recortes y la incapacidad de reforzar de manera decidida la protección de las personas con el resultado que la precariedad se ha extendido a amplias capas de la población que ahora se muestran más vulnerables al virus y a sus consecuencias económicas.

Como en los cuentos de Gramsci, estamos llamados a escudriñar en la raíz de nuestros problemas porque tenemos la fuerza para ponernos de pie y salir de la cuneta. Sabemos que nuestro modelo económico y de producción muestra desde hace décadas síntomas de agotamiento. Por su dependencia del capital especulativo pero también de una demanda que no puede crecer infinitamente. No conseguimos proponer alternativas a las nuevas formas de producción que contemplan menos intensidad laboral y que repercutirán con fuerza en el empleo. Ponernos de pie pasa por construir una contrahegemonía que subvierta el orden establecido y encamine la reconstrucción hacia un orden nuevo que recupere lo esencial, aquello que habíamos dejado de lado y que se ha revelado imprescindible en estos meses.

En su libro Algo va mal, Tony Judt nos recuerda las consecuencias que ha tenido convertir en virtud la búsqueda del beneficio material. Cómo lo que hoy forma parte de la hegemonía cultural en realidad comenzó en la década de los 80’: la obsesión por la creación de riqueza, el culto al sector privado, la creciente diferencia entre ricos y pobres, la admiración acrítica por los mercados no regulados. También el hecho que tener un trabajo no garantice estar fuera de los índices de pobreza y que se desprecie todo aquello que tiene que ver con lo público, que es justamente lo que permite luchar contra la desigualdad y que todas las personas tengan acceso a una vida digna. La sanidad, la educación, el transporte público, lo que sólo es posible gracias al esfuerzo colectivo.

Gramsci sostenía que el éxito de una revolución socialista no se visualiza cuando los socialistas toman el poder sino cuando se transforman las relaciones de producción. La clave para salir de esta crisis tiene que empezar por allí, por la resignificación de la importancia del trabajo digno. Tenemos que preguntarnos también, tal y cómo propone la economía feminista, qué estructuras socioeconómicas necesitamos para articular una respuesta en que el objetivo no sea sólo recuperar la “producción”, tal como la habíamos entendido hasta ahora, sino asumir de forma colectiva todo aquello que tiene que ver con la reproducción y el sostenimiento de la vida. El objetivo no puede ser nunca más el crecimiento por el crecimiento, tenemos que priorizar el bienestar de las personas, de todas las personas.

Enero de 2021