Repartirse las migajas

 

Patricia Castro

Economista, escritora

 

 

Vivimos en un mundo cada vez más desigual, donde unos pocos lo acaparan todo y deciden el futuro de la gran mayoría de personas, mientras que el resto -esa amplia mayoría- tan solo trata de no dejarse arrastrar por la corriente de precariedad y vida líquida en la que vemos pasar nuestros días. El sentimiento de abatimiento es generalizado, y la impotencia domina nuestras vidas, en este contexto es lógico que la gente busque respuestas y soluciones desesperadamente. Es por ello que estos tiempos extraños, confusos, fragmentarios sean el caldo de cultivo perfecto de fascismos, populismos, nacionalismos, etc. La gente trata de agarrarse a un clavo ardiendo, porque de lo contrario le espera el vacío sideral. Nadie quiere caer, ¿a quién le gusta ser el eterno perdedor?

La cuadratura del círculo no existe, todos aquellos que tengan soluciones inmediatas y magistrales mienten; cuando no se puede distinguir la ciencia de la magia, es alquimia no química. Ni la renta básica, ni el trabajo garantizado, ni la subida o bajada de impuestos van a solucionar unos sistemas del bienestar ruinosos, pero sí es cierto que hay políticas que pueden ayudar a salir de esta y crear esperanza en la gente. Otras, por el contrario, son más de lo mismo: camino de perdición. Richard Sennett, en la década de los 2000 ya lo analizó. Se dio cuenta del cambio que se había producido en las sociedades occidentales, donde se había implantado una cultura del nuevo capitalismo, donde ya no existía el trabajo estable, ni la posibilidad de un proyecto de vida y familia prospero. La inseguridad había arraigado en los países desarrollados afectando a los vínculos sociales, y estos se habían disuelto en un marasmo de individualidad cortoplacista y desconfianza. Así iniciábamos la primera década del nuevo milenio.

Evidentemente, esta derrota de la sociedad venía de un largo pulso que los ideólogos neoliberales habían estado tomando desde hacía décadas, después de todo, la desigualdad había acabado triunfando y a flexibilización se imponía como modelo de trabajo. Sennett sostiene que estos cambios tan solo fueron promovidos para precarizar a la población, por un lado, y mantener y aumentar los privilegios de las élites económicas. La sociedad occidental se había vuelto más que nunca una selva competitiva, donde los que ganaban se lo llevaban todo y una gran masa de perdedores -las clases trabajadoras- se conformaban con repartirse los restos.

Esta nueva lógica de mercado puso patas arriba la vida de la gente corriente, ya que según los postulados del “nuevo” capitalismo, el individuo estaba solo, no podía fiarse de nadie, competía con todos sus iguales para ganarse el sustento. Se fue desplazando la cooperación, la confianza mutua, los viejos vínculos de clase, por el individualismo extremo que ha arraigado en los corazones de las personas de occidente. Ya no somos ciudadanos, ya no nos identificamos como trabajadores, sino como embajadores de nosotros mismos, emprendedores de nuestro proyecto vital, sin entender que no puede haber proyecto vital -al menos para la gran mayoría que sufre unas condiciones duras de existencia- sin comunidad y sin los demás. Depender del Estado y la intervención de las políticas públicas también pasó a ser peyorativo, en vez de una forma de crear barrios activos, sociedades fuertes y ciudadanos libres e iguales.

Ya nadie quiere depender de los demás, se considera una vergüenza necesitar algo de alguien, y esto en la práctica cotidiana, mina los fundamentos esenciales de la confianza y el compromiso con los demás. Y sin esta confianza en el prójimo es imposible construir una sociedad sana, buena, que mire por el bien común y tenga un proyecto de futuro. Este sentimiento de desconfianza afecta al ámbito del trabajo, ya que es muy difícil que, en un sistema de turnos flexibles, fragmentados, subcontratados, etc. los trabajadores puedan organizarse y conocerse. Además, no tienen tiempo para compartir condiciones de vida y experiencias vitales, puesto que la mano de obra es flexible y rota muy a menudo. Aquí debemos señalar el papel de los Estados como colaboracionistas de este nuevo régimen de producción y de pobreza generalizada de los trabajadores.

Lejos de olvidarnos del mundo del trabajo, debemos reivindicar su importancia y la centralidad que sigue ocupando en nuestras vidas, aunque los debates estén totalmente desplazados de los ámbitos laborales. Las relaciones de producción actual matan cualquier posibilidad de sentirse realizado con el trabajo, ya que el sistema exprime a los trabajadores sin importar lo que sientan o quieren. Una forma de reconstruir el respeto y la dignidad perdida es reconquistar un trabajo con sentido y acabar con las jornadas extenuantes y horarios infernales. Pretendemos enfrontarnos a la crisis climática, a la extrema derecha, a la implementación de nuevas jornadas de trabajo y al cuestionamiento de la familia, pero a veces se nos olvidan las cosas más esenciales: sin dignidad humana no hay lucha posible. Una buena forma de conseguirlo es mediante aquello que hacemos más y donde más horas, días, meses y años dedicamos: el trabajo.

Merecemos ser algo más que simple carne de cañón sobre la que reposa el mundo, y comenzar por restablecer el sentido del trabajo es un buen primer paso, de esta forma podremos comenzar a respetar a los demás aprendiendo a respetarnos a nosotros mismos.

A los perros se le reparten las migajas, las personas hacemos el pan.

Noviembre de 2021