Relato ganador 2015

NO ES EL MOMENTO

 

Ico Tabares García

 

 

 

– Este no es el momento. Entiéndalo, no es el momento – dijo con voz grave.

– Pero… ¡esto no supone grandes inversiones!

– Déjelo, déjelo. No es el momento. ¿Otro ruego?

Otra vez igual, la misma dinámica. Para la próxima, lo llevaría más preparado, previendo este tipo de interrupción, con más seguridad, y así lo hizo. 2 meses, 20 días y 7 quejas después, allí estaba de nuevo. Preparado con gráficas, esquemas y estadísticas. Un resumen de cada una de las quejas recibidas por sus compañeros y compañeras. Lo había incluido en el Orden del Día.

Lo había practicado frente al espejo, presuponiendo las mismas faltas de respeto como en otras ocasiones. Decidido, empezó su trabajada exposición.

– Todos sabemos la importancia que estos factores pueden tener en la salud de…

– Disculpe, de nuevo le repito que este no es el momento. Tenemos un alto índice de siniestralidad. Hay que priorizar, y le aseguro que esto no es prioritario. Ahora no es el momento.

– Pero tenemos varias bajas que según hemos podido averiguar tienen relación con otras quejas que hemos recibido los representantes de….

– ¿Quejas? ¿Quejas? – volvió a interrumpir con un tono burlón – ¿Nos vamos a guiar ahora por “quejas”? De verdad, que no es el momento.

– Estas quejas nos muestran una organización tóxica. Por ejemplo, en el departamento de…

– Bueno, bueno… eso es lo que usted piensa. De verdad que éste no es el momento y no vamos a eternizar esta reunión repitiendo lo mismo. Vamos primero a eliminar los riesgos “reales” y después… ya veremos. ¿Cuál era el siguiente punto?

– ¿Riesgos reales? ¿Acaso estos no lo son?

– Déjelo, no es el momento. Lo lamento, pero no podemos dedicar más tiempo a este tema.

Otra vez la misma sensación de impotencia, el mismo desprecio a su labor sindical. Otra vez a casa con el mismo sentimiento. Frustración se llamaba su compañera de aventuras. Sí, la ley le amparaba, pero para eso habría que denunciar. Sus compañeros y compañeras estaban sufriendo condiciones que les dañaban su salud: reparto no equitativo de las cargas de trabajo, abuso de autoridad, poco reconocimiento por el trabajo realizado, y un largo etcétera. Le preguntaban a diario por qué no solucionaba todo lo relacionado con la organización del trabajo. No parecían entender cómo alguien se siente cuando le ningunean, cuando los que dirigen la empresa le hacen sentir ridículo y no se dignan siquiera a escucharle. Si realmente escucharan, también ellos estarían de acuerdo en trabajar con estos riesgos “irreales”.

Un ataque de ansiedad, una urticaria, dos contracturas, una úlcera de estómago, y otras patologías disfrazadas de enfermedades comunes en una plantilla que cada vez enfermaba más. La gente no paraba de quejarse. 3 meses, 2 días y 13 quejas después, allí estaba de nuevo.

Nuevamente el mismo punto en el orden del día. Allí estaba con los datos acumulados, con la información recabada y con una gran dosis de paciencia para volver a ser rechazado.

– En relación a los Riesgos Psicosociales, – empezó con voz firme – sería interesante estudiar estos casos que hemos tenido en el último…

– ¿En serio sigue tan insistente? Ni era, ni es el momento. ¿Tendremos el mismo tema en todas las reuniones hasta que se le haga el capricho? Créame, no es el momento.

Y de nuevo, intimidado por el traje impoluto, por la brillante pluma y la perfecta sonrisa de falsa complicidad, vuelve a guardar la carpeta. Empezaba a dudar de la importancia de los riesgos psicosociales. ¿Tendrían razón? ¿Sería un capricho suyo? Aun así, siguió formándose: más aprendía, más necesario lo veía. Y su frustración aumentaba.

No pasaron ni tres semanas cuando de pronto todo estalló. Y él observaba con tristeza. Fue un trabajador, cansado de esperar a que fuera el momento. Había estado sufriendo un trato discriminatorio por parte de su jefe inmediato: a la hora de repartir el trabajo, asignar horarios, días libres e incluso la mesa de trabajo. Había estado soportando gritos y faltas de respeto constantes. Había recibido excusas de todo tipo, pero ninguna mejoraba su situación.

Y puso una denuncia ante la Inspección de Trabajo. Hacia su jefe inmediato, al superior de éste y al director general por permitirlo durante tanto tiempo. Sabía que lo tendría difícil porque no tenía pruebas, pero al menos, les obligaría a estudiar la organización del trabajo.

Algunos de sus compañeras y compañeros empezaron a dejar de hablar a este trabajador para no comprometerse, pues decían que necesitaban el trabajo. Esto molestó al resto de la plantilla y entonces empezaron a aumentar los conflictos. El ambiente empezó a ser irrespirable.

Después de una reunión de la empresa con asesores y asesoras, todos bien vestidos y perfectamente peinados, llegaron a una conclusión: tenían que realizar la evaluación de riesgos psicosociales urgentemente a requerimiento de la Inspección de Trabajo, y debían contar con la participación de los delegados de prevención. Así que inmediatamente se convocó una reunión extraordinaria y urgente con un único punto: evaluación de riesgos psicosociales. y allí estaba él, con toda la información sobre los beneficios de éstas. Sabía todo sobre los métodos a usar.

Pero sobre todo, sabía cómo no debían realizarse: con prisas y para cubrir el expediente.

– Como ustedes ya saben, hemos sido requeridos para presentar la evaluación de riesgos psicosociales. Así que con su colaboración, el proceso debe realizarse con la mayor celeridad posible. De lo contrario, podríamos ser sancionados. Veamos las fechas disponibles.

– Disculpe -interrumpió educadamente el delegado.

– Dígame. ¿Estará usted contento? Al final, vamos a aceptar su propuesta.

– “Mi” propuesta era preventiva, para que esto no se produjera. Ésta no es “mi” propuesta.

– No le entiendo.

– Pues que éste no es el momento.

Y con paso lento, abandonó la sala.