¿Podemos hablar de jovenicidio moral de los jóvenes?

 

Carles Feixa

Catedrático de Antropología Social y delegado sindical de CCOO en la Universidad de Lleida

 

 

El pasado diciembre presentamos en el Ateneu Barcelonés el informe “La precarietat laboral juvenil a Catalunya”, redactado por Maria Àngels Cabasés, Agnès Pardell y yo mismo, por encargo de la Mesa de Entidades del Tercer Sector Social1. Se trata de un estudio basado en los datos de la encuesta de vida laboral, que hace una radiografía contundente sobre las condiciones de trabajo de las personas jóvenes a la salida de la crisis, y del que se hicieron amplio eco los medios de comunicación. En un capítulo no publicado del estudio, interpretábamos los efectos de esta situación a partir de la noción de “jovenicidio moral”.

La tendencia hacia la supresión o reducción de la juventud como sujeto moral (es decir, como sujeto con capacidad de influir en las decisiones que intervienen en su proyecto de vida) obedece a una serie de factores vinculados a la consolidación del capitalismo informacional en su versión neoliberal. En Europa esto tiene lugar después de 1989, con la caída del muro de Berlín y del comunismo soviético, la crisis de la socialdemocracia, el cuestionamiento del estado del bienestar y la desregulación del mercado laboral. En España incorpora rasgos particulares, vinculados a la implantación tardía y desigual del estado del bienestar y al régimen familista imperante. Todo ello converge en cinco factores que pueden explicar esta tendencia jovenicida:

  1. a) Neoliberalismo económico. La flexibilización del mercado laboral iniciada por los gobiernos socialistas a mediados de los 80s y completada por los gobierno del PP a finales de los 90s, tuvo en el empleo juvenil una de sus campos de experimentación principales. Del primer “Plan de Empleo Juvenil” del 1987 en las diferentes modalidades de contratación para jóvenes desde finales de los 90, la tendencia fue clara: reducción de la contratación fija, creciente desigualdad salarial entre novatos y veteranos, progresiva restricción de los derechos en las primeras etapas de la inserción laboral, reducción de la temporalidad, promoción del trabajo a tiempo parcial, subordinación de las políticas de empleo a las políticas empresariales, etc. Esto produjo cambios en las mentalidades colectivas: a nivel social, asunción del neoliberalismo como marco regulador de las relaciones laborales; a nivel juvenil, asunción de la imposibilidad de programar un futuro laboral estable.
  2. b) Sobreprotección familiar. La instauración del neoliberalismo coincidió con una etapa de expansión económica y bienestar material, que se tradujo en la sobreprotección de los hijos en el entorno familiar. El régimen de bienestar familista imperante permitió compensar la desregulación del mercado laboral juvenil con una extensión del período de juventud, expresado en el alargamiento de la convivencia en el núcleo doméstico. Haciendo de la necesidad virtud, y acomodando la inercia parental con el fatalismo filial, se instauró un modelo de relaciones familiares que transitaron del patriarcalismo (basado en una relación de convivencia autoritaria con emancipación temprana) en matrilocalismo (basado en una relación de coexistencia no autoritaria con emancipación tardía). Crecidos entre algodones, a las personas jóvenes les costaba cada vez más hacer su vida sin ayuda familiar.
  3. c) Sobreformación y divorcio escuela-trabajo. Un factor concomitante fue la extensión del período de escolaridad, tanto la obligatoria como la complementaria, que junto con la subordinación de la formación profesional sobredimensionó la universidad, generando una separación creciente entre la titulación obtenida y las posibilidades reales de incorporación al mercado laboral, en lugares en consonancia con esta titulación. La sobretitulación se convirtió en una de las excepcionalidades del modelo español y catalán de transición a la vida adulta. En el fondo es una expresión del divorcio entre formación y trabajo, presente en todos los niveles del sistema educativo. En consecuencia, la educación -en especial la superior- deja de ser una promesa de ascenso social y se convierte en una alternativa a la inactividad.
  4. d) Adultocentrismo cultural. La racionalización ideológica de esta creciente desigualdad generacional se basó en una versión renovada del adultocentrismo, que evolucionó desde un modelo gerontocrático tradicional a un modelo gerontocéntrico modernizado, que combinaba la adulación formal de la juventud como un valor en sí con la institucionalización del predominio adulto en todos los ámbitos de la vida social (político, económico, académico, mediático). En resumen: todo para los jóvenes, pero sin los jóvenes. Todo ello cristalizado en una ideología adultocéntrica, que como una profecía autocumplida justificaba el retraso en el acceso de los jóvenes al mercado laboral por su falta de experiencia y, a la vez, basaba todo el sistema formativo en ciclos cortos de prácticas no remuneradas o poco remuneradas falsamente concebidos para adquirir experiencia. La otra cara de la moneda es toda la retórica de la primera generación condenada a vivir peor que sus progenitores.

Las consecuencias de estas dinámicas jovenicidas se dejan ver en diversos aspectos de la vida de las personas jóvenes, pero afectan también al conjunto de la sociedad en la medida en que se convierten en barreras transgeneracionales al cambio:

  1. a) Despersonalización profesional. La precariedad laboral de las personas jóvenes tiene efectos económicos devastadores a corto y largo plazo. Sin entrar a valorar el complejo tema del sistema de pensiones públicas, la temporalidad y discontinuidad del empleo produce una despersonalización de la carrera profesional, que se debilita o deja de existir, tanto desde el punto de vista objetivo (inseguridad, promociones discontinuas , imposibilidad de planificar la carrera, menosprecio del currículum oculto, etc.), como desde el punto de vista subjetivo (desmotivación y falta de satisfacción con el trabajo como generador de identidad y seguridad personales). En cuanto a su impacto en la economía productiva, la precariedad laboral de las personas jóvenes impide o dificulta la transición hacia una economía renovada, que fomente la innovación real, las capacidades flexibles de las nuevas generaciones y estructuras empresariales más dinámicas y horizontales.
  2. b) Emigración juvenil y pérdida de capital humano. Un subfactor de lo anterior es la emigración de un sector significativo de la juventud hacia el extranjero, importante más que por su peso demográfico por su peso cualitativo (pues incluye una parte de la juventud universitaria mejor preparada). Se trata de un proceso iniciado antes de la crisis, pero que se ha incrementado mucho en los últimos años. El efecto principal es la pérdida de capital humano, en cuya formación se han dedicado enormes cantidades de recursos públicos, y que cuando llega el momento de sacar partido se le deja ir.
  3. c) Postergamiento de los proyectos vitales. La precarización laboral y la emigración como alternativa implican la imposibilidad de planificar los proyectos de vida personal, de pareja o familiar a medio y largo plazo. La temporalidad del empleo en las primeras fases de la vida laboral, la disminución salarial, la imposibilidad de ahorrar, y la inseguridad de los planes futuros, impiden intervenir en el diseño del futuro y conducen a vivir el presente como un imperativo. Una de las consecuencias más visibles es el retraso de la edad de la primera fecundidad, que pasa a ser la más tardía de Europa y quizá del mundo, con efectos demográficos en cadena. Este es, sin duda, el efecto más letal del jovenicidio.
  4. d) Emergencia de subjetividades débiles. El último pero no menos importante efecto del jovenicidio recae en el adjetivo “moral” con que la hemos calificado. Es el efecto menos visible, pero seguramente el más devastador, pues afecta el Yo interior, la identidad profesional y vital de las personas jóvenes. Se caracteriza por la emergencia de subjetividades cuestionadas, inestables, inseguras, débiles. En último término, implica formas de despersonalización moral: desmotivación, desvalorización, fatalismo, derrotismo, etc. Se trata de rasgos psicológicos que no siempre terminan en patologías, pero que tienen efectos devastadores para la cohesión social. En tiempos de crisis, la juventud puede morir de inanición (ya que los recursos familiares y públicos que la alimentaban se reducen o desaparecen). Pero paradójicamente puede morir también de éxito (ya que se convierte en una edad que no se acaba nunca, a la que todos quieren parecerse). El resultado es que los jóvenes reales sufren en carne propia un mal invisible, moral: la imposibilidad de hacerse adultos. La juventud deja de ser una enfermedad que se cura con el tiempo y se convierte en una enfermedad crónica, que mata lentamente.

[1]http://www.tercersector.cat/sites/www.tercersector.cat/files/dossier_precarietat_laboral_juvenil_web.pdf.

Lleida, 13 de Enero de 2017