Marx ha muerto, ¡viva el puntoComunismo!

 

Gina Argemir

Economista de CCOO de Catalunya

 

 

 

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La revolución tecnológica que estamos viviendo no es como las demás. Su desarrollo se está dando a un ritmo mucho más superior al de las revoluciones precedentes. Por este motivo, se hace urgente que en el sindicato asimilemos las nuevas lógicas y decidamos la forma de adaptarnos a ellas.

El paso de la economía física o de átomos a la economía de bits supone la ruptura del paradigma materialista y estructuralista de nuestra sociedad económica. Supone, incluso, el fin de una manera de entender la propia economía. Si bien la economía física tiene como objetivo la gestión de la escasez, la economía de bits supone el fin de los recursos limitados y el reto de la gestión de la abundancia. La economía digital es una economía, en la que, los bienes y el conocimiento, al contrario de lo que habíamos conocido hasta ahora, cuánto  más necesarios son, más abundantes se vuelven.

En poco tiempo se está demostrando la eficiencia de esta nueva economía a la hora de producir, aunque muestra tener muchas dificultades de gobernabilidad. Es una economía que no necesita una estructura para producir. No necesita la propiedad sino la disponibilidad; tampoco necesita una entidad financiera para obtener recursos – pudiéndose alcanzar mediante el crowdfounding-, así como tampoco precisa hacer pagos monetarios. Es decir, que esta nueva economía ha alterado el sentido de los factores de producción y de la cadena de valor.

Sindicalismo 4.0.

Como organización sindical, somos fruto de una estructura económica y social que pertenece a capitalismo concreto, a una fase capitalista que, como vemos, está desvertebrado a fin de convertirse en otra realidad. La nueva lógica que se dibuja, por tanto, afecta plenamente los cimientos de nuestra organización y nuestra visión del mundo. ¿Qué futuro sindicalismo podemos intuir? ¿Qué peligros y ventajas se nos presenta al sindicalismo del siglo XXI y al sindicalismo digital?

Ventajas

Uno de los conceptos clave de la economía y la sociedad digital tiene que ver con el empoderamiento y el poder colectivo de la red. La nueva generación digital son ciudadanos informados, que saben lo que quieren, que quieren tener el control de sus decisiones y que tienen un sentido de comunidad: colaboran, comparten y son afines al concepto del “long tail” -es decir , a la idea de que “poco de muchos” vale más que “mucho de pocos”. Es decir, nos encontramos ante valores, algunos de los cuales ya forman parte de nuestra cultura, una cultura basada en la democracia y la diversidad. Por lo tanto, como organización democrática tenemos un camino recorrido que nos proporciona ventaja y una oportunidad para acercarnos a la generación digital -especialmente, a la más joven.

Pero esta ventaja cultural y organizativa es necesaria trasladarla a la red de una forma más intensiva. Esto no se traduce en que los sindicatos seamos un simple agente partícipe de las redes sociales. No quedarse atrás en el aprovechamiento eficiente de la red obliga a un cambio de lógica, de conceptos y de estructura de la acción sindical. El nuevo paradigma nos da la oportunidad de convertirse en un importante nodo conector y distribuidor de nuestra experiencia, de nuestro conocimiento y de nuestros recursos humanos; una experiencia y un conocimiento -una información, al fin y al cabo- que debemos recibir y redistribuir entre los nuestros, en la red digital y física. La economía y la sociedad digital han cambiado la tipología de las relaciones y, en este sentido, la bidireccionalidad de la información significa poder completar las informaciones fragmentadas y llegar a conseguir una información más veraz que, a buen seguro, fortalecerá nuestra organización. Asimismo, como nodo conector, podremos ser un mejor catalizador de las luchas laborales y sociales que se puedan dar en el mundo físico y en el digital, haciendo posible una acción sindical que podrá correr por la red a gran velocidad, llegando a los trabajadores en cualquier espacio-tiempo.

La provisión, por parte de la red, de más y mejor información, se traducirá en que podremos concretar más nuestra acción sindical. Una economía y una sociedad global no significa masivas, sino una mayor accesibilidad a la diversidad, una mayor selectividad y especialización en nuestras respuestas, que conseguiremos que sean más eficientes si somos capaces de flexibilizar y adaptar continuamente los formatos de contenidos, los tipos de acción sindical, etc, a la medida de cada uno de los casos.

Aprovechando las oportunidades, podremos pasar de hablar de “nuestra organización” sindical a hablar de “nuestras organizaciones” (o conjunto de nodos, también interconectados entre ellos) y hacer posible el internacionalismo de clase que las dificultades de la lejanía geográfica y cultural nos han puesto a la hora de conseguir este fin. Esto, probablemente, nos obligue a construir nuestros propios canales de comunicación a nivel global, nuestra específica red social – al margen de las redes generalistas como Facebook o Tw itter- y, quien sabe, si nuestros propios buscadores o servidores de Big Data. De hecho, conseguir este nuevo sindicalismo internacional será imprescindible a la hora de articular y exigir las bases de la democracia digital y la garantía de derechos humanos, laborales y de ciudadanía. En este sentido, será necesario que seamos vigilantes en los cumplimientos de los principios de una ética digital.

Riesgos

El gran riesgo que corremos es el de llegar tarde. La revolución digital no es un asunto de futuro. La nueva economía está sucediendo hoy. Si los sindicatos llegamos a la lógica digital una vez que la economía y la sociedad digitales ya han quedado estructuradas, nos puede resultar imposible desplazar los espacios culturales, jurídicos y económicos que ya hayan aposentado. A pesar de los avances democráticos que aporta la red, la rapidez de la revolución digital está provocando muchos vacíos legales que pueden ser aprovechados por los monopolios tecnológicos -los cuales, posiblemente, acabarán absorbiendo los poderes financieros.

El segundo peligro, derivado de la incapacidad de reaccionar a tiempo, es el de la desfragmentación del concepto del trabajo. Que los sindicatos no nos adelantemos a las consecuencias de la revolución digital puede suponer que la legislación de las nuevas tipologías del trabajo acabe resultando extremadamente débil y se rompan del todo los equilibrios económicos y sociales. En este sentido, hay que buscar e invertir recursos para afrontar este reto.

También es imprescindible que transformemos nuestros recursos de acción sindical para afrontar el entorno digital. Sería un error no apostar por la innovación sindical: para invertir tiempo para la formación sindical digital, capital para crear las infraestructuras y el software que deben facilitar la acción sindical digital, hacer los debates correspondientes, crear espacios para la creatividad y la investigación, captar recursos humanos en la red, etc.

El cuarto reto para el sindicalismo es de tipo cultural y conceptual. La economía digital es sinónimo de proceso de desintermediación y, en este sentido -y ligándolo con la idea de poder crear una gran organización como conjunto de nodos sindicales-, tendremos que saber convencer a la sociedad de que el sindicato no es un intermediario sino un conector, un enlazador de fuerzas. Y no sólo eso. Tendremos que defender, jurídica y socialmente, el concepto de “ciudadano” por encima del concepto de “consumidor”, porque de este reclamo depende la aplicación de un abanico más o menos ancho de derechos.

Marx 4.0. ó el puntoComunismo

Como ya se ha dicho, la nueva economía puede significar el fin de la propiedad y, por tanto, el fin de la lucha por la propiedad de los medios de producción. También está suponiendo el desplazamiento del factor trabajo en favor del tecnológico. Esto implica la existencia de sobreexcedentes de trabajadores, la realidad del taylorismo digital, así como también implica que la distribución de la riqueza generada no podrá hacerse íntegramente por la vía de las remuneraciones salariales. A las uniones estatales les hará falta, pues, reforzar su papel como redistribuidoras de la riqueza si no quieren ver unas sociedades descohesionadas al haberse roto por completo los equilibrios económicos y sociales. Y a los sindicatos, probablemente, nos toque también reforzar y ampliar nuestra presencia y lucha teniendo en cuenta la difuminación de la frontera entre trabajo y vida, y la extensión de la precariedad.

Con la muerte de la antigua economía y de la antigua sociedad, muere también una ideología, el materialismo, que nos ha hecho servicio mientras la realidad que describía continuaba viva. Quizás la visión marxista acabe muriendo como Marx hubiera querido. Quizá la sociedad económica vaya avanzando, a su ritmo, hacia una nueva forma de organización: más colectiva y justa, más democrática y respetuosa, más evolucionada al fin y al cabo. Pero, sea como sea, conseguir una sociedad igualitaria en el siglo XXI, obliga a democratizar la red y la economía digitales, un proceso en el que los sindicatos debemos estar completamente implicados.

Barcelona, 24 de Mayo de 2017