La cultura, cronista sentimental y combativa en las manos del día

 

Carmen Barrios Corredera

Escritora, fotoperiodista y responsable de Feminismos de Podemos Madrid

 

 

“Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais, atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Tras estas palabras, una paloma blanca sale volando libre de las manos del replicante esclavo Roy Batty en la última escena de Blade Runner, Ridley Scott, 1982. Con lenguaje cinematográfico, en un plano fijo poético y simbólico como pocos, Scott coloca un mensaje político que es un canto al valor de la vida, a la emancipación de las cadenas, a la libertad y a la igualdad, fuertemente emocional, en la cabeza de millones de espectadores a lo largo y ancho de este mundo. El esclavo Batty traspasa la frontera de la muerte sintiéndose libre al respetar la vida y da una lección de humanidad a un sistema que los quiere esclavos y explotados o muertos.

Y es que los seres humanos, los hombres y las mujeres venimos representando nuestro mundo y, sobre todo, la justa pelea por las cosas de comer, por el pan y también por las rosas, en el devenir del arte a lo largo de la historia desde las cavernas. Pintamos, escribimos, hacemos música o representamos en piedra, sobre lienzo, papel, celuloide o sobre la pantalla de un ordenador, un móvil o en el mismo aire del cielo con bengalas de colores, da igual el medio, cualquiera es bueno para expresar el peso de las vidas, las alegrías, las frustraciones, las luchas y las muertes, lo conseguido y lo perdido, todo nuestro mundo está en lo que Neruda expresa en Las manos del día.

“Manos que solo ropas y cuerpos

trabajaron,

camisas y caderas

y libros, libros, libros

hasta que solo fueron

manos de sombra, redes

sin peces, en el aire:

solo certificaron

el heroísmo de las otras manos

y la procreadora construcción

que dedos muertos levantaron

y continúan dedos vivos”.

(Pablo Neruda, fragmento de su poema El olvido, del poemario, Las manos del día, ed. Losada, Buenos Aires, 1968)

Colocamos todo el peso de la Historia en las manos de los comunes, los que la hacen, la trabajan, la representan, la padecen y la transforman con sus luchas en un diálogo perpetuo que se debate sin tregua en el plano de la cultura. Registrar lo sucedido de una u otra forma nunca es inocuo.

Arte, cultura, trabajo, política han caminado de la mano, y no se comprenden las unas sin las otras. La cultura y el arte no son ajenas a los tiempos y los cambios políticos ni a las reivindicaciones sociales y sindicales de cada época y en cada sociedad. Con la particularidad de que la expresión artística en cualquiera de sus formas actúa como cronista sentimental y combativa tanto de las pequeñas cosas como de los grandes acontecimientos históricos.

Coincido plenamente con Marta Sanz cuando afirma en No tan incendiario, Periférica, Cáceres, 2014, que la cultura no es algo secundario ni se puede separar del trabajo político. Yo añado que desde que existen las agrupaciones de trabajadores, del sindical tampoco, puesto que van unidos, porque como escribió Celaya hay que “tomar partido hasta mancharse”. ¿Acaso no está también el mundo del trabajo y su representación íntimamente relacionado con la creación artística en su conjunto?

No concibo, como tampoco lo concebía Picasso, que decía que “el arte nunca es casto, o si es casto, no es arte”, que las formas culturales sean neutrales. Eso de “el arte por el arte” tiene en sí implicaciones políticas, porque en el propio ejercicio de negar un compromiso social o político del artista con el mundo y el entorno social que le toca vivir ya hay una posición política expresa. La cultura deja un poso que nos mueve a actuar de una forma o de otra, por eso el poder se ha esforzado y se esfuerza tanto en apuntalar guerras culturales e intentar ganarlas.

Considero que es un deber de cualquier artista abrazar compromisos y contribuir a remover conciencias, a provocar preguntas y reflexiones, a establecer ese permanente diálogo y esa comunicación necesaria, que la dialéctica impone para encontrar caminos mejores para todas. Y ahí la cultura y el arte son parte competente y activa de todos los cambios y mejoras sociales que se propongan.

El cine y las artes visuales, la literatura, la pintura y la escultura, así como la música forman parte de esas manos del día que contribuyen a poner sobre el escaparate las luchas por mejoras democráticas en busca de justicia social, participando en una pelea permanente con el poder por establecer la hegemonía cultural que asiente el relato de los y las comunes. De los fotogramas del cine salen ejemplos de lucha de clases Espartaco, (Stanley Kubrick, 1960) y de movimientos emancipatorios desde sus inicios. El motín de los marineros contra los oficiales de la armada zarista en 1905 por las cosas de comer, contra los malos tratos y la comida basura, que relata El acorazado Potemkin (Eisenstein, 1925) queda registrado en la retina de cualquier ojo para el resto de la vida.  La lucha de esos marineros por su dignidad vital es un relato universal sobre justicia social poderoso, que trasciende el tiempo y permanece como marca cultural política. Podríamos mencionar miles de películas que explican luchas sociales y sindicales que tienen que ver con la pura lucha de clases, desde películas de ciencia ficción como por ejemplo Alien, el 8º pasajero o Los juegos del hambre (por citar una un poco más próxima y comercial), hasta una recientísima y ácida ‘comedia’ de León de Aranoa, titulada El buen patrón, todas ellas contribuyen a explicar lo que padece y anhela una mayoría aplastante de las personas que habitan este planeta y que no se encuentran entre ese 1% de escandalosamente privilegiados que se apropian de la riqueza de los muchos.  Contra esa barbaridad de la acumulación sin fin de los poquísimos luchamos, porque nos va la vida propia y la del planeta y sus especies, y algunas entendemos como Celaya que la poesía es un arma cargada de futuro.

De igual modo, de las páginas de los libros han salido revoluciones relatadas frase a frase como en Los Miserables, 1862, de Víctor Hugo, o El talón de hierro de Jack London o La madre de Gorki, o simplemente ideas que modifican conductas por su brutal y consciente análisis social como en Lectura fácil: Ni Dios, ni amo, ni marido ni partido, ni de fútbol, de Cristina Morales, y crónicas de derrotas, como en GB-84 de David Pace, que actúan como manuales de los abusos brutales de los poderosos para salirse con la suya y cambiar un paradigma histórico y de los errores de los subyugados a la hora de enfrentarlos.

Contar las luchas

Durante los últimos 10 años de mi vida llevo trabajando en una serie de relatos sobre la recuperación de la memoria de lucha de las mujeres. Abrazo este compromiso porque considero que es necesario que queden por escrito, palabra tras palabra, frase a frase, ejemplos de luchas sindicales, políticas, vecinales, sociales protagonizados por mujeres, porque si no lo contamos nosotras solo nos queda la invisibilidad de nuestra participación en la consecución de derechos y mejoras. Las mejoras en el mundo del trabajo tienen mucho que ver con los empeños de las mujeres, y es demasiado habitual que no se cuente su participación en las conquistas de derechos.

¿Es la memoria de las luchas de las mujeres un espacio cultural ligado al trabajo? Muchas han sido las que se han empeñado en ello, en participar y en contarlo. La revolución rusa contada por Aleksandra Kolontái no es la misma que la contada por ejemplo por John Reed, no se hace desde la misma perspectiva, ni desde el mismo lugar. Ella abunda en el hecho social, en la necesidad de pan, las cosas de comer y la preservación de la vida, la paz, en la vuelta de los hijos del frente de las mujeres rusas, todas a una, que pararon las fábricas de San Petersburgo, iniciando una huelga que se extendió, haciendo caer al Zar a los 9 días. Ahí está el mundo del trabajo, del colectivo, como protagonista histórico, el mundo del trabajo de las mujeres rusas que reclamaban pan y paz.

Para mí, como creadora, es muy importante que la perspectiva imaginativa, creativa y colectiva de las luchas por derechos sociales, políticos, vecinales y sindicales de las mujeres quede por escrito y abrazo el compromiso que me toca hasta cuando escribo relatos eróticos o poesía, porque soy consciente de que las palabras hacen política y tenemos una necesidad bárbara de nombrar y armar un relato consciente, que haga hegemonía cultural de la realidad de los y las comunes, que son los y las dueñas de esas manos del día que juntas y entre todas tejen los devenires de la Historia.

*Agradezco las observaciones del historiador Enrique Corredera Nilsson.

Noviembre de 2021