Infancia y globalización: conexiones para repensar las políticas públicas y el trabajo social dirigidos a los niños y adolescentes

 

Bea Ballestín González

Doctora en Antropología Social y Cultural, y Licenciada en Sociología

Profesora asociada e investigadora en el Departamento de Antropología Social de la UAB

 

Cuando pensamos en las dinámicas y los impactos asociados a la idea de “globalización” acostumbramos a hacerlo desde los ámbitos más públicos, políticos y económicos, de la estructura social, pero tenemos poco presente como afectan a las esferas más privadas de nuestras vidas cotidianas, y en especial las de aquellos más vulnerables y dependientes de los escenarios adultos: los niños. En todo caso, cuando el foco se pone sobre ellos, se privilegia una focalización (justificada sin duda) sobre los “otros niños”, aquellos en países “en vías de desarrollo” (eufemismo para referirse a los países empobrecidos de la periferia económica) y que sufren las formas más flagrantes de vulneración de los derechos humanos…

En cambio, de puertas adentro, en el diseño de las políticas dirigidas a la infancia (a excepción del sistema educativo, donde se han concentrado los esfuerzos) suele prestarse poca atención a las formas en que las fuerzas de la globalización están modelando incluso las propias nociones y significados atribuidos a la infancia. Esta falta de atención es problemática dada la creciente evidencia de los efectos de la globalización en este sector de la población y en las políticas sociales que se le destinan. Varios estudiosos (p. Ej., James y Prout, Hess y Shandy, Finn, Nybell y Shook) en el contexto de los EEUU han explorado las relaciones entre infancia y globalización, analizando los vínculos entre la infancia como constructo social, y la lógica y prácticas del neoliberalismo como ideología hegemónica en el sistema económico global. Muchas de los hallazgos y resultados de estos estudios son perfectamente aplicables a nuestro contexto local, catalán y español.

Tanto allí como aquí las ideas neoliberales han ido ganando terreno hasta convertirse en “sentido común”. La mayoría de gobiernos nacionales, bien voluntariamente o bien bajo presión espoleada por la última crisis económica, han aplicado las consignas liberales para reducir y estrangular el Estado del Bienestar, bajar determinados impuestos (especialmente los progresivos, y los que gravan las grandes empresas del capital) y desregular y fragmentar el mercado de trabajo, expulsando a cada vez más población de unas condiciones laborales dignas. En el ámbito de los servicios sociales (políticas familiares, educativas, de ocio, de atención a la población en riesgo, etc.), los que afectan más directamente a las familias y los niños, las directrices neoliberales han sido los recortes de los fondos públicos y el incentivo y expansión de alternativas privatizadas (subcontratación, o partenariado en la más suave de las modalidades).

Pero ¿cómo se concretan los impactos de todas estas acciones bajo el patrón neoliberal en las vidas cotidianas de los niños? ¿Cuál es la relación entre globalización e infancia? ¿Cómo los procesos de globalización están (re)configurando no sólo las vidas de los niños sino los mismos significados del concepto “infancia”? ¿Qué necesitan comprender los agentes sociales (tanto de la Administración pública como del denominado Tercer Sector) sobre los procesos de globalización, la construcción social de la infancia, y los vínculos entre ambos, de forma que puedan nutrirse de una perspectiva crítica y reflexiva para repensar las acciones y las políticas sociales destinadas al colectivo infantil y juvenil en nuestra era global?

De hecho, hay quien, como Scheper-Hughes y Sargent (1998), caracterizan a los niños como los “canarios de la mina” el bienestar de los cuales constituye un indicador de primer orden de las condiciones políticas y económicas globales de una sociedad. En este sentido, la infancia está en el centro de la globalización, desde su misma invocación simbólica por medio de varias imágenes controvertidas de esperanzas, proyectos, miedos, y riesgos, hasta otras dimensiones más materiales como la contribución que hacen (trabajo visible e invisible) a los medios de vida familiar, o su movilidad global bajo diferentes formas de migración. Cada vez más niños tienen vidas hasta cierto punto nómadas, y vínculos transnacionales, mientras navegan y negocian complejos circuitos migratorios y significados cambiantes de identidad y pertenencia. Se encuentran en primera línea del “tira y afloja” de las estrategias familiares relativas a estos proyectos migratorios y las condiciones laborales, de vivienda, etc., condicionadas por contextos más amplios de explotación y vulnerabilidad.

Hay que prestar atención a cómo los procesos de la globalización están transformando tanto las dimensiones espaciales como temporales de la infancia en formas complejas. Entre las iniciativas de investigación ya emprendidas a nivel internacional, algunas (Katz, 2005) han explorado las geografías infantiles y las maneras con que los niños incorporan y se vinculan a imaginarios, recursos, saberes y prácticas globalizadas en los contextos locales de sus vidas, modelando los contornos más “tradicionales” o nacionales, de lo que entendíamos por “culturas infantiles”. Otros (Chin, 2003; Nybel et al., 2009) han examinado las formas cambiantes de inclusión y exclusión que moldean las vidas infantiles, los límites de la “infancia”, y los supuestos relativos a quién cuenta como “niño “bajo qué circunstancias. Por ejemplo, analizando como algunas responsabilidades y angustias de la adultez se están transfiriendo a los niños en determinados contextos, o investigando las presiones a los sistemas judiciales para hacer que niños cada vez más pequeños se hagan “responsables” de sus acciones (Cole y Durham, 2008).

A partir de ejemplos como los anteriores, podemos distinguir, tal y como muestran Finn, Nybell y Shook (2009) -sin ánimo de ser prescriptivos ni conclusivos-, 5 procesos diferentes, aunque interrelacionados, a través de los cuales las fuerzas globalizadoras afectan a las vidas de los niños y configuran la ideología, las orientaciones y las prácticas de las políticas sociales que se les dirigen: la mercantilización, la marginalización, la medicalización, la movilización, y la militarización. En desarrollaremos cuatro de ellas1 con más detalle:

  1. Mercantilización

La concepción moderna de la infancia radica en buena parte en considerarla un reino protegido de las fuerzas del mercado y sus políticas. Sin embargo, unas de las premisas principales de las teorías y estrategias neoliberales ha sido la defensa y glorificación del mercado como la mejor “guía” por la acción humana (Harvey, 2005). Esta consigna ética, que presume que todo puede ser tratado como una mercancía, ha permitido insinuar o directamente promover la privatización y la competencia en la infancia en una diversidad creciente y novedosa de formas. Para empezar, y de forma muy obvia, los niños actualmente se sitúan como “consumidores” en una economía global. Desde los juegos de ordenador y consolas, hasta la ropa de diseño, hasta cada vez más sofisticados y tecnologizados juguetes y gadgets, y otros productos (Disney, etc.) de la industria destinada al colectivo, todo este consumo muestra como los niños son cada vez más considerados “target” por los actores económicos del mercado global. Es cierto que estas dinámicas vienen de lejos, pero se han intensificado en las últimas décadas, amplificando las desigualdades y los sentimientos y distinciones de clase entre los niños con capacidad familiar adquisitiva y los que no la tienen.

Escondidas bajo las prácticas de consumo conspicuo (mayoritariamente concentradas en países ricos “occidentales”) de la economía global, encontramos formas emergentes y divergentes, pero predominantemente en condiciones evidentes de explotación y/o formando parte de la economía sumergida, de trabajo infantil (agricultura, industria textil, industria de extracción, servicio doméstico, etc.) concentrado en la “periferia” económica; sólo el abordaje de esta dimensión ya pediría un artículo propio que no tenemos espacio de desarrollar aquí… Otra penosa forma de explotación favorecida por las dinámicas globalizadoras es el tráfico sexual infantil. A pesar de las advertencias y los esfuerzos de las instituciones comprometidas con los derechos de la infancia ante la alarmante extensión del tráfico infantil y otras prácticas delictivas, las fuerzas de la globalización económica neoliberal continúan expandiendo el alcance de ésta y otras inquietantes formas de mercantilización de los niños y la infancia.

Otra forma de mercantilización que vale la pena abordar tiene que ver con la circulación internacional de niños de los países pobres a los países ricos por motivos de adopción. Al margen de la discusión ética e ideológica de hasta qué punto los procesos de adopción implican un interés lucrativo, lo cierto es que demandan transacciones económicas importantes para poder realizar todos los trámites y obtención de documentación, aparte de los costosos viajes para conocer los posibles “candidatos” a la adopción y agilizar las operaciones. El paroxismo de todo ello ha llegado por medio de la proliferación, en determinados países que lo permiten legalmente, de la denominada “gestación subrogada”, que de facto implica la compra-venta de un bebé, por medio del alquiler del útero de la “madre subrogada” (siempre procedente de las clases sociales más empobrecidas y/o de países de la periferia económica: India, Tailandia, Brasil, Rusia, Ucrania y otros del Este, etc.).

No podemos olvidar tampoco en este bloque, aunque no podemos entrar en profundidad, el ámbito escolar, donde la presión globalizadora ha cristalizado en políticas educativas los efectos de las cuales confluyen en la privatización y mercantilización de la enseñanza, así como en la penetración de objetivos e ideales economicistas en los sistemas educativos. En nuestro contexto más cercano, el mantenimiento de dispositivos segregadores como la doble red escolar pública-privada/concertada así como los crecientes recortes en recursos de atención a la diversidad y la desigualdad educativa espoleadas por la última crisis económica, entre otros , están teniendo un impacto negativo en términos de equidad y oportunidades de promoción social. En Cataluña, por ejemplo, de acuerdo con el último Anuario de la Educación de la Fundación Jaume Bofill (2015), la inversión educativa en 2013 fue de sólo el 2,8% del PIB, al mismo nivel de países como Perú, Laos o Guatemala. Además, el gobierno autonómico fulminó en 2014 la financiación de las guarderías municipales, lo que ha implicado subir notablemente las cuotas de matrícula…

Las familias, y por lo tanto los niños, más afectados por los recortes en los servicios educativos y sociales, están siendo aquellos con condiciones económicas más precarias y de clase trabajadora. En el caso de muchos niños inmigrantes o de origen inmigrante, además, el acceso a los dispositivos públicos de protección social se ve claramente dificultada por su situación jurídica: cada vez hay más familias que no pueden renovar sus autorizaciones de residencia y de trabajo y pasan a situación de irregularidad administrativa, si es que no han sido siempre inmigrantes irregulares. Con estas condiciones administrativas, las políticas sociales y las prestaciones compensatorias públicas se reducen considerablemente, situación que se agrava con los recortes presupuestarios impuestos desde los gobiernos estatales y regionales. Todo ello sólo provoca la persistencia y/o el aumento de la pobreza de estos niños.

Otra faceta de mercantilización menos evidente pero igualmente en auge es toda la relativa a la “seguridad” y “protección” tanto “de nuestros niños”, como “hacia los otros niños”, objetivados como “niños en riesgo” y/o como responsables de determinados pánicos morales. Alrededor de estos miedos se han expandido y consolidado diversos mecanismos materiales y sociales para la perpetua vigilancia y protección de los niños, especialmente entre las clases más acomodadas: desde una planificación inacabable de actividades extraescolares supervisadas y monitorizadas (de pago), hasta cámaras de seguridad (usadas desde que nacen, en la cuna), o la dependencia creciente y ubicua de los teléfonos móviles como herramienta para controlar a los adolescentes. Motivados por estos miedos situados en el espacio público urbano, muchas familias restringen las actividades de ocio infantiles a aquéllas que pasan por un consumo o control mercantilizado, dejando poco espacio para la práctica del juego libre y no supervisado en las calles y plazas, lo que limita sin duda sus habilidades para jugar y relacionarse de forma independiente.

Ante todo ello, los actores responsables e implicados en los servicios públicos de atención a la infancia deberían preguntarse: ¿a qué intereses sirve la transformación de los contextos infantiles en dominios para el capital y los intereses corporativos, privados? ¿Realmente revierte en el bienestar de todos ellos y ellas? ¿Bajo qué condiciones y desigualdades?

  1. Marginalización

Se trata de un ámbito que sólo puede separarse analíticamente de la anterior dimensión de la globalización, ya que está inextricablemente vinculado. A pesar de que la infancia y su bienestar siempre forman parte de los discursos orientadores de los grandes ejes de actuación política, el compromiso y la preocupación reales por este bienestar han sido marginalizados en nuestro contexto político y económico contemporáneo. Durante las pasadas dos décadas, los abogados de la globalización neoliberal han preconizado que el apoyo a la libertad de los mercados, la privatización de los servicios estatales y el recorte del estado del bienestar conducirían a un crecimiento y expansión económicas que revertirían positivamente sobre los más vulnerables. La última gran crisis económica ha mostrado hasta qué punto se equivocaban, y justamente uno de los principales indicadores ha sido el crecimiento de la pobreza infantil, como muestran con detalle informes de diferentes instituciones que velan por el bienestar del colectivo como Unicef, Cruz Roja, o Cáritas a nivel estatal…

En este sentido, la aplicación de políticas neoliberales bajo la presión de la globalización ha debilitado muchísimo la respuesta del sistema de bienestar y las políticas familiares ante este panorama. Estudios de varios autores (p. Ej., Flaquer, 2010) y entidades (p. Ej., FEDAIA, 2012) en nuestro ámbito local muestran como el actual diseño del sistema de prestaciones sociales concede una menor protección relativa a la infancia que en el resto de la población. A ello contribuye especialmente el hecho de que las transferencias a las familias con niños han sido y son escasas (especialmente en comparación con otros países europeos). Las últimas cifras consultadas corresponden al año 2010 y es bastante probable que en estos momentos la situación sea más crítica. De hecho, en nuestro este “efecto globalizador” se suma una situación que ya viene de lejos, de carencias importantes en la decidida creación de un sistema sólido de políticas de infancia y familia. Tal y como lo expresa la analista Maria Truñó: “en Catalunya y en España partimos de un déficit histórico en políticas de infancia y apoyo a las familias con hijos, entre otros, porque socialmente seguimos pensando que los niños son de sus familias y que son ellas las que se tienen que encargar como buenamente puedan2“.

En términos internacionales, los movimientos de reforma que han demonizado y patologizado la “dependencia” de los servicios públicos, han marginado a la vez la preocupación por los niños. Una de las potencias líderes en hegemonizar esta lógica han sido los EEUU. Toma de la lógica neoliberal, EEUU ha abierto el camino a otros países para hacer reformas centradas en responsabilizar a las personas de forma individual de su propio bienestar, o las ha exportado internacionalmente presionando con el control sobre las mayores instituciones financieras globales: Fondo Monetario internacional, Banco Mundial, o la Organización Mundial del Comercio. Al mismo tiempo, los compromisos universales hacia los niños se han visto minados y debilidades, sustituidos por este individualismo competitivo que enmascara a la vez que exacerba las desigualdades existentes. Así, por ejemplo, los recortes han sido bastante drásticos, como ya hemos mostrado anteriormente, en recursos clave para la equidad y la igualdad de oportunidades entre los niños de diferentes entornos sociales, no sólo dentro del sistema educativo o sanitario, o en los servicios sociales asistenciales, sino también en cuanto a la inversión en políticas contra la segregación en el ámbito del ocio y las actividades extraescolares (lo que ha supuesto un deterioro de los espacios públicos para el juego y el reforzamiento de las barreras de acceso a actividades que revierten positivamente en las trayectorias escolares y, pues, de movilidad social): investigadores en el contexto de EEUU (Katz, 2004; Kozol, 2005) han mostrado los efectos nefastos de la desinversión en éstos y otros ámbitos (programas y actuaciones para niños en riesgo, etc.) que centran las vidas infantiles en barrios de clase trabajadora. Seguro que aquí estos efectos no son muy diferentes.

Al mismo tiempo, no lo olvidemos, en muchos países de los llamados en vías de desarrollo, que se encuentran cada vez más ligados a las vicisitudes de la economía mundial y expuestos a los cambios radicales en las economías del mundo “desarrollado”, las familias y los niños tienen que hacer frente en condiciones más dramáticas de desprotección a los “efectos colaterales” de una crisis que ellos no han provocado (Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas, 2009).

  1. Medicalización

Un tercer eje fuerza ligado al de la mercantilización, es el de la medicalización (especialmente en el ámbito de la salud mental), dentro del cual los problemas y las preocupaciones relativas a los niños son interpretados en términos médicos, es decir, se les atribuye significación a través de la aplicación de etiquetas de diagnóstico clínico, y, pues, son sometidos a una miríada de tratamientos psicofarmacológicos. De acuerdo con algunos estudiosos, tan intenso ha sido este proceso de medicalización que incluso parece que la infancia entera ha sido construida como una forma de patología que debe ser monitorizada, conducida, tratada y/o contenida. Durante las pasadas tres décadas, hemos sido testigos de la proliferación de categorías diagnósticas para nombrar y clasificar las patologías de la infancia, así como de un crecimiento exponencial en la prescripción de medicamentos para controlar y contener los niños y los adolescentes “problemáticos “, de forma que niños cada vez más y más pequeños (hay cada vez más casos de niños menores de 3 años medicados con antidepresivos, o estimulantes…) tienen que cargar con el peso de diagnosis (depresión, trastorno bipolar, etc.) hasta no hace tanto consideradas exclusivamente por los adultos.

Curiosamente, es en unos tiempos en que el apoyo público del estado del bienestar en los servicios para los niños y las familias ha disminuido ostensiblemente la vez que la alarma social sobre el estado de la salud mental infantil se ha generalizado. No es casualidad. Tal y como advierten algunos profesionales de la psicología y la psiquiatría (López Castilla, 2015), en unos contextos como los nuestros la invención o extralimitación de enfermedades ya existentes en amplios sectores de la población, como los niños, no sólo es una forma de control social (Moral, 2998; Manuel, 2010), reflejo de los designios culturales y morales de nuestro tiempo, sino también un lucrativo negocio para las industrias, altamente globalizadas, cimentadas sobre la salud (Blech, 2005; Martínez, 2006). La atención a la salud infantil, pues, no es ajena al fenómeno de transformar situaciones normales en patológicas y generar enfermedades a partir de situaciones potencialmente tratables. Esta patologización no se trata, por tanto, de algo inherente a los cambios en el comportamiento de los niños, sino que lo que ha ido cambiando, en aras de la globalización, es la forma con que la infancia es vista en nuestras sociedades capitalistas contemporáneas, haciendo equivaler “conducta inapropiada” (término Catchall) a “conducta patológica”.

Un caso paradigmático es la consolidación del denominado Déficit de Atención con o sin Hiperactividad (TDA-H), supuestamente un déficit neurológico objetivamente diagnosticable y tratable mediante una medicación más o menos intensa según  el caso. Sólo en España, se calcula que a finales de la primera década del siglo XXI había unos 400.000 niños y adolescentes diagnosticados con TDA-H (Fernandez-Jaen, Fernández-Mayoralas, Calleja y Muñoz, 2007). Numerosas voces críticas (sobre todo en equipos interdisciplinares de expertos en ciencias de la salud y ciencias sociales) se han levantado en paralelo a este crecimiento desorbitado de casos para poner en duda las bases clínicas de este trastorno y los medios farmacológicos de tratamiento. Unos protocolos que actualmente están guiando multitud de profesionales, independientemente de sus intenciones éticas, hacia severas pautas de medicalización de la infancia y la adolescencia en grandes áreas del planeta.

Como decíamos, no podemos disociar la crítica a la medicalización de la infancia de las negligencias o desatenciones de muchos de estos niños respecto a los ambientes tóxicos (en cuanto a condiciones de vida, de segregación social, etc.) en los que tienen que (mal)vivir. Quizás el ejemplo más extremo que nos sirve para argumentar esta necesidad lo encontramos en el deterioro de los recursos de atención a la infancia en riesgo. A modo ilustrado, hace unos meses (febrero de 20173) algunos sindicatos denunciaban la “grave situación” en que se encuentran los Centros Residenciales (CRAE) para el colectivo en Catalunya, en los que viven cerca de 2.800 menores, dado que muchos se encuentran “masificados y sobreocupados”, hasta el punto de que “en algunos casos hay menores que duermen en el suelo, sin cama ni habitación”. A renglón seguido se advertía del “elevadísimo número de menores con graves trastornos mentales” en estos centros, algunos de ellos “altamente medicalizados con fármacos psiquiátricos”, por lo que reclamaban la creación de Centros Residenciales Terapéuticos para tratar de forma personalizada estas situaciones, además del aumento de las ayudas económicas y profesionales para las familias que acogen a estos menores, así como el incremento de plazas en los Centros Residenciales de Educación Intensiva, entre otras medidas sociales.

Cuando se cede a la presión atomista de enfocar los problemas infantiles sólo desde la dimensión individual, descuidando el contexto social más amplio, los profesionales, técnicos y trabajadores sociales de la atención directa a los niños pierden una oportunidad crítica de entender como la globalización y el neoliberalismo moldean las vidas de los niños y la forma en que las entendemos, limitando las posibilidades para desarrollar intervenciones que atiendan los múltiples ejes de los que dependen sus estados de salud y bienestar.

  1. Movilización

Por último, y en contraste con las anteriores, abordamos una dinámica globalizadora con impactos ciertamente positivos sobre nuestro colectivo. Tal y como constatan Finn et al. (2010), a pesar, y en respuesta a, los discursos, las políticas y las prácticas adultistas que configuran los significados y las experiencias de la infancia, los propios niños se están movilizando. Se están definiendo a sí mismos como actores sociales con el fin de participar y hacer oír su voz en todas las instancias donde se toman decisiones que les afectan, convirtiéndose en activistas para el cambio político y social. En esta tarea, paulatinamente están logrando posicionarse como actores globales, que suman compromisos y esfuerzos en la defensa de su bienestar y contribuciones a sus sociedades.

Los adultos deberíamos reconocer plenamente la agencia de los niños como productores ahora y aquí (no simplemente proyectados en el futuro) de significados, como teóricos que poseen de forma colectiva una vida cultural, política, moral y intelectual bien rica. Un primer paso para poder hacerlo ha sido la Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, aprobada en noviembre de 1989, y ratificada en los años 90 del siglo pasado por 191 de los 193 Estados miembros de las Naciones Unidas, convirtiéndose en el documento internacional más consensuado de la historia de la humanidad. La Convención supone, al menos en el plano intencional, el inicio de un nuevo período para la infancia, que deja de ser considerada únicamente como sujeto de protección y beneficencia, para pasar a ser reconocida en su protagonismo social y sus derechos de ciudadanía. La Convención contiene 54 artículos que se basan en cuatro pilares principales: la no discriminación, el interés superior del niño, el derecho a la vida y la perspectiva de la infancia. Se trata del primer tratado internacional específico sobre la infancia que reconoce por primera vez a los niños derechos sociales, económicos, culturales y políticos, es decir, los reconoce como ciudadanos de pleno derecho. El carácter vinculante de la Convención, además, la hace de obligado cumplimiento para los países que lo han ratificado -todos, excepto, sintomáticamente, los Estados Unidos, y Somalia. El estado español adoptó la Convención al año siguiente, y Catalunya la hizo suya con la aprobación de la Resolución 194/III, de 7 de marzo de 1991, donde se proclama, entre otras cuestiones, el interés superior del niño, y se afirma la necesidad de hacer conocer estos derechos a la ciudadanía en general.

La Convención reconoce, entre otros, el derecho a un nombre, una familia, y una ciudadanía; el derecho a la educación, a un entorno seguro, a la atención sanitaria y unas condiciones de vida adecuadas; y el derecho a vivir libres de violencia y explotación (Naciones Unidas, 1989). En el terreno internacional se ha consolidado una cierta tradición que, considerando que todos los derechos son igualmente importantes, los agrupa en torno a tres principios, conocidos como las “3 Ps”. Los dos primeros, derechos de Provisión y de Protección, se refieren a los derechos tradicionales, mientras que el tercero, Derechos de Participación, está relacionado con los derechos y libertades civiles, reconociendo explícitamente a los menores de edad por primera vez en el escenario internacional (Casas et al., 2008). En la Convención los derechos de participación son: el derecho de opinión (artículo 12), la libertad de expresión (artículo 13), la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión (artículo 14), la libertad de asociación (artículo 15), la protección de la vida privada (artículo 16), el derecho a una información adecuada (artículo 17).

Precisamente con el fin de la promoción activa de los derechos de participación social auspiciada por la Convención, han florecido marcos de acción internacional como la Child Friendly Cities Initiative (http://childfriendlycities.org/) impulsada por UNICEF, la cual ofrece un ejemplo bien palpable y poderoso de las posibilidades de arraigar los principios de los derechos de los niños en acciones concretas a escala tanto local como global. Esta iniciativa provee de herramientas y orientaciones para promover la participación de los niños en todos los asuntos públicos que les importan. Una ciudad Child Friendly es un sistema local de buena gobernanza comprometido con la implementación efectiva de los derechos de los niños para todos sus pequeños ciudadanos. Queda mucho camino todavía por recorrer en este terreno, pero experiencias como las de los Consejos Infantiles Municipales y los Consejos Municipales de Infancia y Adolescencia, en el caso de Catalunya y España, son pequeñas semillas desde donde crecer en la materialización de la participación infantil.

Y en referencia directa a los efectos de la globalización en el marco de los derechos de la infancia, hay que destacar el trabajo realizado por algunas ONGs, como Save The Children, denunciando ya hace unos años (Globalisation and Children ‘s Rights: what role for the private sector, 2002) las implicaciones para los niños de dos dimensiones económicas de la globalización económica, especialmente en los países empobrecidos de la periferia: las inversiones privadas extranjeras, y la privatización de servicios básicos, introduciendo lógicas neoliberales en el acceso a la atención sanitaria, la educación, el agua y otros recursos, o las energías… y criticando duramente los efectos de esta globalización sobre la equidad, la calidad y la capacidad de unos servicios mercantilizados para garantizar los derechos más básicos de los niños.

Otra faceta interesante dentro de las dinámicas globalizadas de movilización es el uso creciente de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías por parte de niños y adolescentes, que los utilizan para contar sus historias y experiencias, criticar los sistemas políticos y económicos en los aspectos que les afectan, y establecer vínculos que cruzan las fronteras culturales, geográficas, nacionales y generacionales. Las expresiones propias vehiculadas a través del habla oral, el teatro, la poesía, o la música (p. ej., El hip hop) transmiten globalmente sus visiones y forjan conexiones entre chicos y chicas de procedencia y entornos muy diversos.

Para concluir…

En este artículo nos hemos focalizado en dibujar brevemente cuatro dimensiones o procesos a través de los cuales operan las fuerzas de la globalización en relación con la infancia. La intención no es otra que suscitar la reflexión crítica entre los profesionales y técnicos de la atención educativa, sanitaria, y social en un sentido amplio sobre las formas en que las consignas y lógicas (de corte neoliberal) predominantes dentro de estos procesos penetran en las políticas sociales y las prácticas sociales cotidianas de atención al colectivo infantil y adolescente. En otras palabras, visibilizar de forma sistemática los vínculos entre infancia y globalización se convierte de utilidad para repensar las políticas públicas y el trabajo social que se le dirige en un contexto local determinado. Por último, con la última dimensión de “movilización”, hemos querido llamar la atención sobre la importancia y la necesidad de estimular las redes de apoyo global y transnacional (bajo el paraguas de la Convención) por y entre los niños de forma que acompañen sus alianzas y las contribuciones al cambio social, garantizando que puedan ser verdaderos agentes activos capaces de hacer oír sus voces y sus proyectos.

1 Deixem fora les dinàmiques i experiències globalitzades associades a la militarització perquè, en contrast amb el context estatunidenc, d’on prové la font que inspira aquesta classificació, en el context europeu té un pes menys significatiu.

2http://diarieducacio.cat/blogs/senderi/2015/04/29/els-fills-dels-altres-o-els-infants-de-tothom-desigualtats-i-pobresa-en-la-infancia/

3http://www.lavanguardia.com/vida/20170222/42226420258/cgt-denuncia-la-grave-situacion-de-la-proteccion-a-la-infancia-en-cataluna.html

Barcelona, 24 de Mayo de 2017