El cómic ese objeto cultural no identificado

 

Pepe Gálvez

Guionista, crítico, sindicalista

 

 

¿Por qué dedicar un número de Perspectiva a la historieta, o sea al cómic? Pues por que es un medio que a pesar de sus muchos, muchos, años de existencia no deja de ser, en palabras del teórico Thierry Groensteen, un objeto cultural no identificado. Muchos de los que leáis estas palabras asociareis el mundo de las viñetas, al concepto “tebeos” y muy posiblemente se abrirá un canal de nostalgia hacia los recuerdos de la infancia. Pero en ese viaje al pasado hay que señalar hitos ignorados como que las historietas de No hay que ser tan bruto como el soldado Canuto, publicadas en La Voz del combatiente sirvieron como arma pedagógica en el ejercito republicano. Que en la gris negación de la cultura de la noche franquista las viñetas se convirtieron en espejos burlones en las que Escobar esquivó la censura y reflejó el hambre sufrida por las clases populares en la historieta ¡Oh los embalses! o en ventanas de color e imaginación a través de las que Victor Mora y Ambrós nos hicieron viajar en compañía de El Capitán Trueno, enemigo de dictadorzuelos y malvados. Esas eran las historietas que leían los protagonistas de Paracuellos, los niños supervivientes de los Hogares del Auxilio Social que Carlos Giménez recuperó gráficamente del olvido ya en la transición, ese periodo que tan bien describiría en la novela gráfica Rambla y en las historietas de Una Grande y Libre, en las que los sindicalistas podemos disfrutar de esa pequeña joya titulada muy certeramente El elemento de presión.  

Y en aquellos años de cambio Nuria Pompeia, con guión de Manolo Vázquez Montalbán dibujaba en la revista Triunfo La educación de Palmira narración gráfica que con divertida perspectiva irónica reflejaba críticamente la situación de la mujer. Crítica eran también entonces  las viñetas del colectivo Butifarra! precursores del cómic periodístico en alianza con el movimiento vecinal barcelonés y con la izquierda general. Ellos compartieron autores y formas alternativas con los autores de nuestro “underground” que ya en democracia daría lugar a la revista El Víbora, contracultura comercial pero de afilada crítica y que produjo personajes contestatarios como Gustavo creado por Max, el mismo que muchos años después denunciaba la guerra de Bosnia dibujaba el fanzine Nosotros somos los muertos.  

Entremedio la historieta había pasado a llamarse Cómic y el medio había empezado a ganar un público adulto, justo cuando el infantil desertaba hacia la televisión. En ese periodo florecieron cien historietas críticas, seguramente unas cuantas más, publicadas en la revista Troya, breve experiencia autogestionaria como lo serían más tarde Rambla y Metropol.

Pero el cómic como todo medio de masas se desarrolla sobre una industria y en un mercado que entraron en crisis en los años noventa del siglo pasado. Durante unos años, largos, nuestra parcela del universo de las viñetas fue ocupada casi en exclusiva por los superhéroes yanquis y a tebeos dedicados a un público infantil  como Mortadelo y Filemón de Ibáñez o Super López de Jan, una parodia realizada con sentido social, solvencia narrativa y atractivo grafismo. Con el cambio de siglo, se consolidaron por una parte la influencia manga sobre un público mayoritariamente juvenil y por otra la novela gráfica, concepto que más allá del marketing se ha convertido en un espacio aún frágil e insuficiente, pero ya rico en aportaciones sobre nuestra memoria, la mayoría biográficas: El arte de volar y El Ala rota de Antonio Altarriba y Kim, Nunca tendré veinte años de Jaime Martín, Estamos todas bien de Ana Penyas, Miguel Núñez, Mil vidas más de Alfonso López y este servidor, y otras de índole ficticias como Picasso en la guerra civil de Daniel Torres o Pinturas de guerra de Ángel de la Calle.

Mientras la historieta humorística sobrevive apuradamente pero con productos tan necesarios como No os indignéis tanto de Manel Fontdevila, el Show de Albert Monteys de ídem, Corrupcionario de Barnardo Vergara, Mens sana in Corpore ¡ni tan mal! De Ana Belén Rivero o Sana sanita de Raquel GU, obras estas últimas que confirman que una ola de creación femenina y mayoritariamente feminista está enriqueciendo el terreno autorial de la historieta, muy, demasiado, masculinizado hasta hace muy poco.

Es éste un, muy breve y por lo tanto incompleto e injusto, repaso de nuestra historieta de contenido social, de la que, en pugna unas veces con la infantilización del medio y otras con la globalización uniformizadora, ha creado un espacio de cultura crítica de proximidad.  Sirva también como testimonio de lo que puede dar de sí su gran potencial comunicativo dentro de la cultura popular. Un potencial que sólo puede ser aprovechado si, más allá de los prejuicios, se conoce su realidad como medio de expresión.

Barcelona, 20 de Mayo de 2019