El combate por la hegemonía

 

Ramón Górriz

Presidente de la Fundación 1 de Mayo

 

 

A menudo asociamos acertadamente el término hegemonía a A. Gramsci. Pero éste escribió sus Cuadernos de Cárcel en el periodo de entreguerras; es decir, una época en la que la revolución marcaba la agenda del movimiento obrero. De manera que Gramsci piensa y escribe sobre estrategia revolucionaria; es decir sobre el modo en que la clase obrera puede llegar al poder. Sin embargo, la recepción de su obra tiene lugar en una época muy diferente. Una época marcada por el pacto social de postguerra.

La  idea de hegemonía,  al contrario de lo que muchos piensan, viene de muy lejos, desde hace siglos, pero cobra interés y anima el debate, en el movimiento obrero, a partir de mediados y finales  del siglo XIX, en las organizaciones rusas. Antes, la revolución de 1848, la Comuna de Paris, darán lugar y enriquecerán  los debates sobre las estrategias  para llegar al poder, la clase obrera.  Después vendría   la revolución del 17, la revolución alemana, y todas las revoluciones habidas durante el siglo XX, las victorias y las derrotas de esos procesos revolucionarios.

Por lo tanto, en estos debates, la noción de hegemonía ha sido un elemento clave, pues hace referencia a la estrategia que debe seguir el proletariado para cambiar el sistema. El concepto de hegemonía, no tiene nada que ver con una mera expansión de la democracia parlamentaria o a una larga marcha por las instituciones.

Antes y ahora se define el concepto de hegemonía del capital como el consenso mediante el cual las élites económicas y políticas ejercen el poder en la dirección de la sociedad. Este consenso hace viable la dominación de clase sin la violencia como único dispositivo.

Si echamos un vistazo a las distintos países, podemos constatar que existen ideas dominantes en las actuales sociedades,  sobre la política económica,  el sector público,  la democracia y sus instituciones, la sanidad, la educación,  la lucha contra la pobreza y la desigualdad,  el papel de lo público,  la colaboración público- privada, etcétera. Estas ideas de alguna manera,  cuentan con el asentimiento de casi todas las personas, (intelectuales,  escritores,  distintas organizaciones sociales y políticas, medios de comunicación,…) y tienen su espacio y su lugar.

Al contrario,  gozan de escaso espacio en todos los aspectos,  quienes  defienden una posición crítica frente a la sociedad capitalista y enarbolan la necesidad del cambio profundo del sistema. Este es el caso de los grupos dominados o subalternos cuando se constituyen políticamente.

La hegemonía  se constituye algo así como una norma no escrita, que define los límites de lo posible para que  las acciones  que los distintos colectivos y organizaciones, desarrollan, sean  para ser considerados sensatos y confiados, aunque este reconocimiento venga de los adversarios. Esta norma no escrita se ha venido a llamar asimismo sentido común de época. Con esto no se dice nada nuevo, pues ya Marx señaló que la ideas dominantes en una sociedad no son otras que la de las clases dominantes.

Hablar  hoy  de la idea de hegemonía es importante, después de años de políticas austeritarias, privatizaciones, recortes, y crecimiento brutal de las desigualdades. La pandemia ha dejado al descubierto el fracaso de la globalización capitalista neoliberal y  el modelo económico productivo, medioambiental  que ha generado.

Las políticas neoliberales siguen existiendo, aunque se hayan suspendido temporalmente,  y las élites no han renunciado a ellas. Para ellos la nueva normalidad es la política anterior a la crisis, no quieren aceptar que estamos ante un cambio profundo de alcance mundial, como no se ha conocido anteriormente. Muchas cosas van a cambiar, para bien o para mal. Que el cambio sea favorable a la mayoría social, va a depender de muchos factores, pero sobre todo de la correlación de fuerzas que el mundo del trabajo sepa construir, proponiendo alternativas  y resituando prioridades que beneficien a la mayoría de la sociedad.

Hoy  resulta una ilusión cambiar el poder, sin una conquista previa de la hegemonía, es decir sin la afirmación del papel de los trabajadoras y trabajadores conscientes, capaz no solo de defender los intereses corporativos de un sector en particular, sino de aportar una propuesta de conjunto a una crisis global, que sirva para cambiar, de verdad el actual sistema social.

Construir la hegemonía exige una política de alianzas sociales,  acentuar el perfil sociopolítico,  y generar consciencia de que el conflicto entre capital y trabajo va más allá del centro de trabajo y del sector. Esto exige, articular relaciones  con una pléyade de movimientos sociales y organizaciones muy diversas, para  introducir  la perspectiva  de un cambio social emancipatorio.

Como escribía Gramsci, el concepto de hegemonía es un principio de reunión de fuerzas en la lucha de clases, que no implica la jerarquización ni tampoco la subordinación  de los movimientos sociales a la centralidad proletaria. Se trata de concebir la unidad dentro de la pluralidad.

Estamos ante una oportunidad histórica para construir otro modelo económico, productivo, inclusive, sostenible, cooperativo. Un modelo distinto al lavado de cara verde y digital, que expresa la nueva normalidad y encarnen las élites económicas y políticas.

Construir un nuevo país, en una nueva Europa, va a depender de generar una hegemonía favorable a las fuerzas del trabajo con nuestra acción sindical global.

Enero de 2021