El camino iniciático del lector de tebeos

 

Javier Pérez Andújar

Periodista y escritor

 

 

Estaba pensando en la parte social del tebeo desde el punto de vista del materialismo dialéctico (ya saben, el hambre de Carpanta, o Petra como la chica de pueblo que tiene que servir), pero al repasar mi historial infantil me he dado cuenta de que soy hijo de un conjuro chamánico. En realidad hice lo que toda mi generación. Empecé sin saberlo con Walt Disney, pasé toda la niñez en Bruguera y a la que me compraron los primeros pantalones largos me puse a leer superhéroes. Entonces los pantalones largos eran los vaqueros azules con el toro de Lois revolviéndose. O quizá eran Lee, o Cimarrón. Desde que empecé a llevarlos me pregunté si dentro de mucho tiempo sería un viejo con tejanos, y estoy descubriendo que no puedo ser otra cosa. Era un chamanismo ortodoxo aquel en el que me había iniciado mediante los tebeos. La triple transformación, cambiar de condición tres veces durante la persecución igual que en los cuentos de hadas. Porque pasando por los cómics del ratón Mickey, y del pato Donald, y del perro Pluto, por las vicisitudes de Anacleto, Sir Tim O’Theo, Pepe Gotera y Otilio, Doña Lío Portapartes, y Rigoberto Picaporte, y por las heroicidades de Thor, Galactus, los Cuatro Fantásticos, Estela Plateada, Spiderman, Magneto y el Doctor Muerte, no hacía sino transformarme en animal, en humano y en semidiós sucesivamente, lo mismo que se crean los héroes en los mitos. Los tebeos fueron de ese modo lo que quedaba del rito iniciático primitivo. Las estrechas habitaciones de los pisos en los bloques habían tomado el relevo de la cabaña en el corazón del bosque, y sentados en el suelo (la cama como un barco amarrado) nos sometíamos a las más viejas alteraciones de la conciencia, las progresivas mutaciones del alma. Viajar de un estado al otro, y al otro, hasta pertenecer definitivamente al mundo.

Es cierto que leídos detrás de aquella ventana que daba a las torres de la luz (a lo lejos tres chimeneas gigantes de hormigón y las vías del tren, al otro lado la autopista, y el repiqueteo de la lluvia en los cristales repitiendo que hay quedarse en casa porque en la calle poco había que buscar esa tarde hecha de barro como el primer hombre de la Creación), quiero decir, que en esos momentos los tebeos cobraban una dimensión neorrealista, y aunque su necesidad de mercado pretendía disimularla, la llevaban en la semilla. Eran tebeos nacidos de dibujantes de origen humilde hablándoles a las clases populares. A los suyos. El ratón Mickey surgió como una criatura pobre igual que tantos otros millones de estadounidenses. Los tiempos en que ve la luz son los de la Gran Depresión y los parajes que frecuenta están en las afueras. Las casas de madera, las vallas de tablones, los caminos de tierra, los descampados. Ni ratón de campo, ni ratón de ciudad. Mickey Mouse es un ratón de suburbio. Del hambre de posguerra de Carpanta, de los arrabales de la ciudad por donde trotan los personajes de Alfons Figueras, de los descampados en los que de repente aparecen la Abuelita Paz, el niño Angelito (pero le llamábamos Gu-gú), o también Rompetechos, de todo este paisaje suburbano también iban fijándose una identificación y un centelleo en mi retina de niño sin gafas (admiraba a los compañeros que las llevaban pues sabía que con ellas veían mejor y parecían más listos). Y Spiderman, que vivía con su tía, también era un chaval de barrio de Nueva York, de la misma zona de Queens en la que creció su creador Stan Lee, del mismo lugar donde salieron los Ramones.

Pero los Ramones, el rock and roll, ya es otra religión, otro animismo. Ya es la ropa talar de los vaqueros asumidos como primera piel. Ahí los tebeos han cambiado de nuevo. Ahora se llaman Totem, Cimoc, 1984 y Zona 84, El Víbora… Y van a fundar una religión sin dios, hecha de ateísmo y escepticismo, porque por enésima vez ha vuelto a desvanecerse todo por lo que lucharon los otros, y nosotros otra vez hemos llegado (o quizá lo hemos construido) a un campo de batalla abandonado, sólo a tiempo para recoger un poco de leyenda y un poco de chatarra, como la madre coraje de Brecht, como cualquiera de sus hijos. En aquel descampado lleno de cadáveres de todo tipo fue donde se desvanecieron mis tebeos. Años después brotarían las novelas gráficas sobre esa misma tierra. Pero esta es otra guerra. Otra religión. Lectura para nuevos creyentes.

Barcelona, 20 de Mayo de 2019