El buen maestro: Josep Fontana

 

Angelina Puig i Valls

Doctora en Historia, alumna de Josep Fontana. En febrero de 1991 leyó la tesis doctoral, De Pedro Martínez a Sabadell: la inmigración una realidad no exclusivamente económica (1.920-1.975)

 

Me piden que escriba un artículo sobre Josep Fontana sencillamente porque tuve la suerte de tenerlo como director de tesis (De Pedro Martínez a Sabadell: la inmigració una realitat no exclusivament econòmica. 1920-1976).

A pesar de que en el momento de su deceso se evidenciaron intentos de menospreciar o mejor ignorar a Fontana, es evidente que su prestigio está fuera de duda; por lo que me pregunto, qué puedo aportar que no haya sido ya dicho o escrito.

Sobre su inmensa obra otras personas han tenido y tienen la posibilidad de hablar, de analizarla, de valorarla, de impulsar su conocimiento. Por lo tanto, es cierto que lo que yo puedo decir, lo es en función de haber sido mi director de una tesis de elaboración prolongada, y profesor en varias asignaturas a lo largo de la carrera.

La faceta que más me ha influenciado e impresionado, que me sorprendió en un primer momento, fue la manera exhaustiva y rigurosa como se preparaba todas las clases. La exigencia de calidad para cada lección. Era igual que fuera una asignatura que impartiera desde hacía años. Donde otros se presentarían sin aportar nada nuevo, haciendo una pura repetición, él, por dignidad profesional y por respeto al alumnado, traía las lecciones preparadas como para hacer la conferencia más importante ante el público más selecto. Lo he recordado y, modestamente, lo he tenido siempre en cuenta al preparar cualquier intervención que haya tenido que hacer en mi vida profesional y / o como historiadora.

De Fontana se resalta siempre su capacidad inmensa de lectura, conocedor de todas las novedades, estudios y líneas de investigaciones de cualquier lugar, tan pronto eran publicadas. Su alumnado teníamos la inmensa suerte de ser partícipes de estos conocimientos, pues eran la base de muchas de sus clases. Siempre podíamos saber, gracias a sus afanes, la última línea de investigación, las últimas interpretaciones históricas de los diferentes eventos. Aquella sensación, casi abrumadora, de que lo había leído todo.

Y no sólo nos descubría toda la bibliografía (a menudo traducida del original gracias a su participación en la edición) sino que más de una vez pudimos conocer los mismos historiadores que invitados por él, visitaron Barcelona y la facultad. Y así, nosotros, aprendices de historiadores e historiadoras, sentimos y vimos otros grandes maestros, como Pierre Vilar, Ronald Freser, Manuel Moreno Fraginals y Edward Thompson.

Alto y claro: Un profesor excelente. El buen maestro, que no obstante defendía la necesidad del “trabajo en un oficio en el que siempre somos aprendices y nunca llegamos a maestros (p. 16. El oficio de historiador)”. Así, me había dicho, que mi tesis le había ayudado a comprender mejor el tiempo de la República y desprenderse de tópicos sobre la reforma agraria.

De él querría haber recogido, aunque fuese unas migajas, de este oficio de historiador. Al escribir, para saber transmitir bien y con concisión el resultado de las propias investigaciones. ¡Cuidado con los adjetivos !, me advertía. Pero, sobre todo, para seguirlo en el camino de desenmascarar a los que ostentan el poder en contra de los más débiles. En cualquier momento de la historia. Y a tener conciencia de que la historia no está predeterminada. Que todo podría haber sido diferente. Identificando los momentos en que se ha escogido un atajo sabiendo que había otras alternativas posibles. Y, por qué no se siguió “lo que habría sido mejor, en términos del beneficio colectivo, sino lo que parecía convenir, a corto plazo, a los que tenían la capacidad de persuasión o la fuerza represiva necesarias para decidir” (P .39-40 El oficio de historiador).

En este corto texto he citado dos veces El oficio de historiador, donde se recogen las lecciones de un curso que impartió en 2009 en la Universidad de Girona. Lecciones excepcionales para cualquier persona amante de la historia, donde sobresale por su excelencia la última de ellas: ¿Para qué sirve un historiador? Me embarga una fuerte emoción y gratitud poder disponer de este legado.

Por último, también veo en él a la persona honesta que, desde la inmensa altura profesional, con humildad, se adapta a su tiempo para entenderlo mejor. Hace ya muchos años, yo era una investigadora novel y a la vez una joven feminista que, como tantas en aquella época, ensayábamos, sin modelos a seguir, la manera de romper con el lenguaje patriarcal que tiene al hombre como única medida y modelo universal. Una tarea difícil para intentar no convertir la lectura de un trabajo científico en demasiado pesado. Él, maestro, pero hombre de su tiempo al fin, bautizaba mis esfuerzos con un: ¡collonades (gilipolleces)! Sin embargo, es cierto que su escritura incorpora, una forma de expresión que no deja lugar a dudas y que evidencia el papel de las mujeres y los hombres del periodo estudiado, porque son ellas y ellos quienes conforman la vida y, en consecuencia, la historia.

Barcelona, ​​febrero 2019