Corporativismo y Justicia Social

 

Carmen Martínez Perza

Jueza de lo Penal

 

 

El corporativismo hunde sus raíces en la tradicional agrupación de trabajadores por gremios, si bien su desarrollo más moderno, en Europa y España, fue en las primeras décadas del Siglo XX como reacción frente al Estado liberal puro, de corte individualista, en una época sumida en una profunda crisis tras la I Guerra Mundial. Señala Eduardo Aunós, jurista que llegó a ser Ministro con Miguel Primo de Rivera y presidió en Ginebra la XIII Conferencia Internacional de Trabajo “El estado corporativo significa, frente al antiguo Estado individualista, nacido de la revolución francesa, la posibilidad de un nuevo tipo de estado, que no quiere darlo todo al individuo, ni reconocerle como único factor capaz de decidir sobre sus destinos, sino que pretende que el individuo actúe concentrando su actividad dentro de los cuerpos especializados y representativos de su categoría de trabajo, y que estos cuerpos vayan a confluir en la organización y ordenación del Estado. En el juego de estos términos: individuo, corporación, Estado, estriba toda la arquitectura del Estado corporativo”[1]

A pesar de todos los embates sufridos por parte, principalmente, del fascismo y del marxismo, aquel Estado liberal tradicional no desapareció completamente. Por el contrario, supo ir dando los pasos necesarios en cada momento mostrando una capacidad de adaptación inimaginable. Superado el fascismo, con el movimiento obrero y las tesis marxistas y socialistas, el Estado liberal fue dotando a las ciudadanas y ciudadanos de derechos sociales (derechos sindicales, derecho a la educación, derecho a la salud, derecho a la vivienda), más allá de los derechos individuales tradicionales como el derecho a la libertad o a la propiedad, llegando a lo que se llamó Estado social o Estado del Bienestar, que se desarrolló tras la II Guerra Mundial. El movimiento obrero, las luchas sindicales, fueron determinantes en la construcción de un modelo de Estado que, más allá de las libertades y derechos tradicionales, consciente de las desigualdades sociales generadas por el capitalismo, perseguía la igualdad efectiva de todas las personas y otorgaba al Estado la responsabilidad de propiciarlo a través de intervenciones públicas.  Como en otras ocasiones, el Estado español  no siguió exactamente el mismo ritmo, pues el hecho de que la democracia actual no naciera hasta la Constitución de 1978 fue para este asunto de la máxima trascendencia.

Pero el Estado del Bienestar, a partir de la crisis del petróleo, a partir de la década de los 80, entró en un profundo declive, situación que se ha ido acrecentando con los graves problemas de desempleo de las sociedades occidentales (especialmente grave en España), con el fin de la era del fordismo, con la crisis económica de 2008 y con la presente crisis causada por la pandemia del COVID 19. Hasta tal punto el Estado de Bienestar ha retrocedido, que son numerosas las voces que afirman que ha desaparecido, cediendo para dar paso al Estado neoliberal actual sustentado en las corrientes más individualistas. No podemos negar que este proceso ha sido dominado en el mundo occidental por un pequeño número de corporaciones internacionales o grandes capitalistas, que han visto despejado su camino por la inmovilidad de las clases trabajadoras (en las que se incluyen las personas en desempleo).

Construimos un mundo atomizado, cada individuo se mueve dentro de su espacio de interés y se agrupa con sus iguales, persiguiendo privilegios sobre las demás personas y grupos, que se viven como competidores. En la última década han aumentado preocupantemente las desigualdades en España, con un gran incremento de las personas en situación de pobreza, mientras que los más ricos han visto aumentada ostensiblemente sus fortunas. Sin embargo, las luchas sociales ya no son luchas colectivas-comunitarias imbuidas por la conciencia de clase y la solidaridad, son luchas colectivas corporativas embadurnadas de individualismo con un sustrato egoísta. Una especie de “para salir a flote, no me importa si el resto se hunde”. Esto sucede en todos los ámbitos profesionales y laborales, quedando los grupos más débiles a la intemperie. Es muy significativo lo que ocurre, por ejemplo, en el ámbito del funcionariado: los sectores de la educación, la sanidad, el sistema penitenciario, la administración de Justicia… realizan luchas sectoriales sin mirar, normalmente, más allá de su visera.

El corporativismo nunca se marchó completamente del Estado español, ahí están los sindicatos sectoriales o los colegios profesionales, pero en los últimos tiempos está volviendo con fuerza. La soledad con la que cada cual está abordando la pandemia, el enclaustramiento en el que nos estamos acostumbrando a vivir, la reducción de los espacios vitales más allá de las redes sociales, son el mejor caldo de cultivo para ello. En definitiva, las luchas sindicales en mayúsculas corren el riesgo de ir quedando en el olvido y se está mermando el poder de negociación de la clase trabajadora. Por el contrario, se está abonando el terreno para que continúen empeorando las condiciones laborales y el desempleo frente a un poder económico en manos de cada vez menos personas.

El modelo económico y social capitalista neoliberal tiene tal capacidad de adaptación que es capaz de convertir las amenazas en fortalezas. Estamos construyendo un modelo atomizado, sin pretensiones de solidaridad con el otro, sin conciencia de clase. El corporativismo, una de las corrientes que en su día nació con vocación de constituirse en alternativa al capitalismo liberal individualista y al comunismo, que fue adoptada por el fascismo, finalmente se ha convertido en sostén del sistema neoliberal actual.

Se precisan reflexiones profundas en el seno de los sindicatos de clase y una toma de conciencia de hacia dónde conduce el camino emprendido y de los horizontes buscados. Poner frenos a la acción corporativa fomentando planeamientos más globales es el único camino que tiene el mundo del trabajo para marcar su propia agenda dirigida a la Justicia social.

[1] AUNÓS, E., El estado Corporativo. 1928, pág.15

Mayo de 2021