Cicuta o sales de fruta

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Francesc Pané  

Escritor

 

 

 

Los cabecillas atenienses, cuando ya tuvieron suficiente, enviaron a Sócrates al otro mundo. Pero, ¿de qué estaban hartos, los mandones atenienses? El rumor dice que el sabio “pervertía”  a los jóvenes con sus preguntas sin mucha respuesta. ¿Y en qué pervertía, Sócrates, a aquellos jóvenes atenienses? Una revisión de sus diálogos, transcritos por Platón, no da una respuesta clara (o definitiva) a la pregunta. No, al menos, a los ojos modernos. El caso es que, al parecer, Sócrates seducía a los nobles jóvenes atenienses con platos rebosantes de interrogantes: un manjar indigesto, sin duda. Pero ya se sabe que la juventud debe probarlo todo.

Los cabecillas atenienses no eran tontos. Sabían que somos lo que comemos. Robustecidos por la “escudella”, sus jóvenes hijos podían poner en cuestión asuntos de mucho rigor; preguntarse -aunque fuera por deporte- sobre el estado de cosas que los dioses olímpicos habían establecido desde el inicio de los tiempos y que habían depositado en manos de sus padres; asuntos de los que ellos serían herederos, días a venir.

En Grecia -como en ninguna parte del mundo conocido, de hecho- nadie ignoraba que los dioses se complacían con los cabecillas, a los que -en consecuencia- habían concedido el alimento de los signos de admiración o de exclamación: espadas pulidas de la verdad y del orden. Orden y verdad (¡desde siempre y siempre tan juntos!) Son consecuencia y causa -causa y consecuencia- de la gracia sagrada. No hay duda posible, al respecto. Dicho de otra forma: los interrogantes, que son babosos como los caracoles, provocan dolores de vientre. Sócrates sufría muchos. Y no era cuestión de que los acabaran también sufriendo, por su culpa y debido a la curiosidad natural de la juventud, los hijos de la nobleza.

A los cabecillas atenienses alguien les informó que la cicuta es un remedio definitivo contra los espasmos intestinales. Los cura y evita las ganas de comer nunca más “escudella” de interrogantes.

Pero la muerte de Sócrates no evitó, en el futuro, la seducción de los platos de interrogantes. Ni la cicuta consiguiente, claro. Hasta que se descubrieron las propiedades más amables y menos drásticas del bicarbonato. Éste, vino con la democracia parlamentaria. La “escudella” de interrogantes ya podía ser tolerada aunque fuera consumida en público.

En la modernidad, dioses y cabecillas se nos han convertido en mandamases demócratas de toda la vida. Saben que la democracia puede convertir en frívolas las preguntas más agudas. Y saben que la paz social las aguanta bien, con dosis de NaHCO3. Ellos  -por si acaso- siguen comiendo signos de admiración o de exclamación. Y es que los mandamases no son bobos. No lo han sido nunca, según sabemos.

La versión edulcorada del bicarbonato de sodio, que son las sales de fruta, puede universalizarse si hay excedentes. De hecho, son la más clara transformación de los excedentes. Y la más barata, también. Que el personal se harta de pasteles de interrogantes no provocará ninguna pandemia. Y mientras tanto, los suculentos y exclusivos signos de admiración y de exclamación se servirán -como siempre- en la mesa de los elegidos. Hasta se puede permitir poner -convenientemente tratados con edulcorantes- unos pocos paquetes en los mercados de gourmet; a precios altos, naturalmente. Los signos de admiración satisfacen el hambre de vanidad tan natural entre los muchos que se niegan a comer interrogantes y se alimentan a diario de puntos suspensivos, bastante más digeribles y perfumados de petulancia.

Sin embargo, no siempre es tiempo de vacas gordas. De repente, se derrumba la boca de la mina y se termina la extracción. Pasada la abundancia, las “escudellas” de interrogantes sin remedio bicarbonatados, vuelven a imperar en las casas y en los estómagos.

Cuando llega esta segunda parte del sueño del faraón, las palabras que producen los interrogantes mal digeridos pueden ser duras como las piedras; unas piedras que no construirían pirámides ni templos, pero que hacen ojales en la cabeza. Estas piedras salen de la boca y proclaman un secreto no muy secreto: el faraón no es un dios y sus silos derraman signos de admiración y de exclamación, fruto de los tributos o de la rapiña en tiempos de bonanza. Las palabras-piedra también dicen que estos bienes son del pueblo. Entonces el faraón debe mostrarse indulgente y generoso: entreabrirá las despensas y repartirá un poco de manduca divina. La crisis se ha llevado los excedentes. Pero quien más o quien menos, puede saborear una rebanada de signos de admiración y de exclamación de tarde en tarde. Y siempre habrá recursos para el circo: la diversión distrae. Quizá Sócrates, poco dado a la juerga, preguntaba dónde y cómo era la despensa del Olimpo ateniense…

Tengo la certeza que la humanidad ha avanzado gracias a los excedentes controlados, ésos que han hecho posible la presencia de sales de fruta en todas las cocinas y, en algunas, los signos de admiración y de exclamación: sin grasas, bajos en calorías y edulcorados con estevia natural.

Hasta que llegan las políticas públicas contemporáneas. Democráticas, naturalmente. Con o sin excedentes, la redistribución es ley contra el malestar: distribuir suficiente si hay muchos excedentes, y menos si escasean. Eso sí: ¡la redistribución debe atender tantas necesidades en los tiempos modernos! ¡Tantos aspectos de la vida diaria de la comunidad! Y todavía hay que contar con ahorrar. Y que también de los pocos o muchos recursos, debe quedar un grosor para la acumulación… por si las cosas empeoran, claro. El pensamiento, pues, se retrae; amedrenta. Todo el mundo lo comprende: las vacas se han adelgazado.

Pero incluso en recesión, sin los interrogantes -sin la cultura, quiero decir: ya nos entendemos- las naciones disminuyen, empequeñecen, se pierden, corren el riesgo de ser asimiladas. Y con ellas, aquellos que las dirigen política y económicamente. ¿Volverán los platos de interrogantes?

La cultura, en tiempos de mala suerte, es (sobre todo si no viene avalada, dirigida, asentida por los que saben la verdad y conservan el orden) muy incómoda. Puede ser nociva y todo.

En días de escasez económica (en nuestro país, siempre es también crisis social), el hedor de col hervida de la olla de interrogantes se extiende por todas partes. Hay gritos de los creadores en los certámenes y premios; preguntas y gritos se esparcen por los medios de divulgación, en las revistas inteligentes, en los libros publicados, en los escenarios del teatro y de la música… Tantos interrogantes conforman un flujo demasiado nervioso, demasiado inquieto. Y las respuestas ensayadas montan alternativas que se difunden en exceso; un montón indigesto de producción que se empeña en cambiar la verdad y a disponer un orden nuevo. La criatura se empeña en no aceptar la recesión y a negar que el endurecimiento sea el remedio, mientras la despensa de los cabecillas siga lleno. La criatura puede terminar negando que la democracia representativa y el sistema económico que la sustenta sean un regalo suficiente de libertad. Siempre es así: los espasmos intestinales más críticos aparecen justo cuando hay menos excedentes de signos de admiración y de exclamación a repartir y la gente engulle más “escudella” de interrogantes.

Pero los mandamases saben que el bicarbonato es barato, asequible y bastante inocente. Es la vieja receta conservada en la memoria viva para aquellos que comen puntos suspensivos. Esto es: más IVA a los interrogantes, seccionamiento de recursos públicos para su distribución, desinversión en infraestructuras culinarias de la “escudella” de preguntas, difusión masiva de materiales de distracción: repostería nacional de grasas vanidosos y margarina vegetal televisiva… Y una clara ruptura del flujo económico para la educación, la investigación y la innovación, no sea que.

Y no digas nada, que bastante es mejor un culo de agua bicarbonatada que un trago de cicuta servida en cáliz de plata. Sócrates no lo podía saber. Y, además, era un extremista travestido de tontos. ¡Se lo merecía!

Lunes, 5 de Octubre de 2015