Urbanismo y seguridad ciudadana

 

Dolors Clavell

Abogada especialista en derecho administrativo

 

 

El entorno físico afecta las relaciones entre personas y genera sentimientos de pertenencia y de no pertenencia, incluso de miedo. Por eso se estudia si es posible prevenir problemas de delincuencia -o de percepción de la misma- a partir del diseño del espacio de nuestras ciudades.

Fijémonos que las ciudades se han dotado siempre de mecanismos defensivos, desde las murallas que se construyeron hasta el siglo XIX a las rejas que rodean muchos barrios actuales. Cuando la ciudad burguesa destruyó la ciudad medieval eliminando las murallas que lo habían protegido, lo hizo entre otras causas para enfrentar los problemas de higiene y enfermedades, facilitar la movilidad y permitir mayor densidad de población. Pero esta actuación hizo más porosas las fronteras entre espacio público y privado y, por lo tanto, provocó nuevas inseguridades vinculadas en los espacios públicos como lugares de mayor diversidad, tolerancia y reconocimiento del otro.

Más adelante la ciudad contemporánea (ideas Le Corbusier) se construyó a partir de la planificación y la estandarización, del orden y el aislamiento frente a todo aquello inesperado, no planificado, casual, que generaba ansiedad y pérdida de estatus.

Las ideas planificadoras fueron fuertemente cuestionadas por los defensores de la vida comunitaria, y el principal exponente de este planteamiento fue Jane Jacobs, una mujer que teorizó el urbanismo a mediados del S.XX desde una perspectiva feminista y progresista. Ella planteó que la racionalidad excesiva en el diseño urbano era contraria a la misma idea de ciudad, pues suponía un rechazo a las personas, sus relaciones y su complejidad. Desde la perspectiva seguritaria, seguramente Jacobs fue la primera al articular una propuesta que todavía hoy tiene vigencia y evoluciona: El espacio público es seguro si hay gente, y más si hay otra gente que desde las ventanas y escaparates ve el espacio público. Se puede prevenir el delito a partir de la intervención comunitaria y la construcción de barrios habitables, sin vallas, con bajos permeables, comercios abiertos y un control informal entre el dentro y fuera (los ojos en la calle). También se defiende una buena iluminación, que proporciona una sensación de control y seguridad a las personas que transitan por la noche.

Más adelante apareció la “teoría de las ventanas rotas” según la cual las conductas incívicas son contagiosas y a la vez provocan la expulsión de las personas cívicas del espacio. Se defiende que el desorden en el espacio provoca delito, y por lo tanto hay que buscar el orden para evitarlo. A partir de aquí se impulsan acciones de “tolerancia cero” y control férreo del espacio público, también de esfuerzo por la corresponsabilización de las personas residentes, que tienen que ser agentes de este control. La deriva de estas teorías ha supuesto la justificación de la sanción a pequeñas infracciones y actos incívicos pero no delictivos.

En este contexto emergió la metodología llamada en inglés CPTED (Crime Prevention Through Enrironmental Design), que se basa fundamentalmente en la teoría que el delincuente escoge racionalmente su acción y, por lo tanto, el urbanismo preventivo tiene que ser una herramienta de intervención para evitar la presencia del potencial perpetrador del delito, o bien eliminar la presencia del objetivo deseado, o bien vigilar formalmente o informalmente que no se cometa el delito, o bien entorpecer esta acción poniendo obstáculos en el espacio donde se puede cometer el delito. Con este enfoque se sistematiza un complejo conjunto de propuestas y categorías de actuación, como la introducción de la idea de propiedad del espacio, la eliminación de lugares que no son de nadie, o la vigilancia por parte de los residentes o de forma mecánica (cámaras). Pero hoy ya se habla del CPTED de segunda generación, dirigido a complementar la perspectiva del urbanismo preventivo con aspectos más sociales y el estudio de contextos sociológicos.

Los diversos enfoques que hemos resumido brevemente cuentan con experiencias interesantes y otras no tanto, y no existen datos concluyentes de su éxito. Se ha demostrado que sólo con más luz en el espacio público a menudo no se resuelven los problemas de inseguridad (si hay luz pero no hay gente, también tenemos miedo); o que una excesiva afluencia de personas puede llegar a ser un espacio para el delito, como sería el caso de las aglomeraciones al metro o en determinados calles; o que la represión policial genera nuevos conflictos. Por lo tanto, la realidad no facilita planteamientos rígidos en este tema.

Podríamos concluir pues que pensar en el diseño urbano como mecanismo para potenciar la seguridad de un entorno es adecuado, que el trabajo conjunto entre especialistas en diseño y planificación y los expertos en delincuencia puede dar sus frutos. Pero a la vez hay que ver que resulta muy difícil extender unas pautas de actuación exitosas y útiles en todas partes y en toda circunstancia. Somos complejos y no hay recetas objetivamente eficientes.

¿Esto significa que la ciudad de hoy está condenada a no encontrar salidas? A pesar de que algunos observadores así lo razonan, otros plantean vías de superación. Richard Sennet, por ejemplo, recuperando a Jane Jacobs, defiende que el espacio público tiene que incentivar el encuentro, el descubrimiento, la innovación, y levanta la bandera de la complejidad, la diversidad y la disonancia. La ciudad abierta sería la ciudad democrática en un sentido físico, donde se pueda practicar la ciudadanía y la participación, construir pasillos entre el “dentro y fuera”, entre el “ellos y nosotros”, y reclamar el espacio público como espacio político.

Nuestra conclusión es que el debate sobre el rol del espacio como conformador de seguridad continúa siendo muy abierto y de alguna forma poco explorado desde el punto de vista práctico. Apostamos por una incentivación de las políticas urbanas basadas en la cohesión social, la mezcla y la generosidad en cuanto a los usos del espacio. No podemos olvidar que el urbanismo va ligado al espacio y a su aspecto, a la realidad física y a la forma urbana, pero que también regula los usos del suelo y, por lo tanto, incide en formas de utilización de este espacio. La seguridad tendría que ser una consecuencia de la aplicación de estos principios, pero no el parámetro central a partir del cual crear nuestras experiencias urbanas.

Podéis encontrar conocimiento sobre la materia leyendo, entre otros, a: Zimbardo, Saskia Sassen, Richard Sennet o David Harvey.

Miércoles, 14 de Febrero de 2018