Un rojo incorregible, con una tendencia habitual a la impertinencia. Una nota sobre Josep Fontana

 

José Babiano

Doctor en Historia Contemporánea y especialista en Historia del Trabajo y de la Emigración, dirige en la Fundación 1º de Mayo el Archivo de Historia del Trabajo y es coordinador técnico del Centro de Documentación de la Emigración Española (CDEE)

 

Josep Fontana nunca escribió sus memorias o una autobiografía. Sin embargo, en los años finales de su vida a menudo fue interpelado –bien mediante entrevistas o a través de artículos que le fueron requeridos[1]– sobre su trayectoria como historiador y su compromiso social. Ambos aspectos de su vida estuvieron muy entrelazados entre sí, en la medida en que se consideró un historiador marxista, un militante sin partido que pensaba que su trabajo profesional constituía el mejor modo de influir en la sociedad, aunque fuera modestamente.

Vayamos por partes. Cuando Fontana se refería a la historia marxista lo hacía de un modo muy amplio y abierto. Por ejemplo:

Ser «un historiador marxista» consiste, en mi opinión, en participar en un amplio campo intelectual que va más allá de las codificaciones más o menos dogmáticas que forman lo que algunos entienden por «marxismo», para seguir el método que Marx proponía en 1879, cuatro años antes de su muerte, de «observar el curso actual de los acontecimientos hasta que lleguen a su maduración antes de poder ‘consumirlos productivamente’»[2].

O también:

Que yo sepa no hay ningún canon historiográfico establecido por Marx, sino una variedad de tendencias y corrientes (…). Si hablamos de Hobsbawm, de Thompson, de Renahit Guha, de Chris Wickham o de McCormick, hablamos de métodos y visiones distintos, pero que tienen en común la voluntad de aportar una mirada crítica al saber académico construido para legitimar el orden establecido y la conciencia del significado de las contradicciones de clase en la historia[3].

Como puede verse, se trata de indicaciones muy sumarias, que giran en torno a las clases y a la idea del antagonismo entre ellas. Indicaciones, al fin y al cabo, muy distantes de lo que pueda constituir una ortodoxia.

Como historiador, Fontana abordó tres grandes temas de investigación a través de innumerables libros y artículos académicos. Por un lado estudió la crisis del Antiguo Régimen y la aparición del Liberalismo en España, con títulos como La quiebra de la monarquía absoluta (1814-1820) o La crisis del Antiguo Régimen. La transición del feudalismo al capitalismo fue, de este modo, una esfera de interés compartida con los historiadores marxistas británicos –véanse los casos de Rodney Hilton o Christopher Hill-, con quienes tuvo una estrecha conexión a partir de una estancia como profesor visitante en Liverpool en la segunda mitad de los años cincuenta.

Su segundo ámbito de investigación no fue otro que el siglo XX, con libros como Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945 o El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914. Probablemente sea la temática más conocida por el público en el siglo XXI, si nos atenemos al número de ediciones de ambos títulos. Por último, Fontana se interesó por la reflexión metodológica y teórica. En este ámbito escribió Historia. Análisis del pasado y proyecto social, así como su Introducción al estudio de la historia y La Historia de los hombres.

Pero más allá de sus estudios, Fontana estuvo profesionalmente preocupado por dos cuestiones. En primer lugar, por hacer que el conocimiento histórico rebasara los límites de los círculos académicos, llegando así a sectores amplios de la ciudadanía. Se trataba de que ésta lograra “pensar históricamente”. Pensar históricamente nos permite afrontar el presente colectivo inspirándonos en dilemas del pasado que planteaban cuestiones análogas a las que hoy se suscitan. Con ello Fontana iba un paso más allá de la mera pedagogía o de la didáctica de la Historia; es decir, mostraba su faceta como historiador crítico y militante.

Por último a Fontana le debemos una gran labor de difusión en castellano de la historiografía marxista británica, principalmente a través de la editorial Crítica. En efecto, allí donde aparecieron las grandes obras de historiadores tan influyentes en la segunda mitad del siglo XX como E.P. Thompson y su La formación de la clase obrera en Inglaterra, o Eric Hobsbawm, autor de dos volúmenes de ensayos sobre los trabajadores y el mundo del trabajo, además de una excepcional trilogía sobre la historia de la sociedad –europea, aclárese- del siglo XIX.

En cuanto a su condición militante, hay que recordar que ingresó en el PSUC en 1957, participando activamente en su comité de intelectuales, lo que le llevó a ser expulsado de la universidad franquista. Ya antes, Vicens Vives, uno de sus maestros, sabía de él que era un rojo incorregible, con una tendencia habitual a la impertinencia[4]. Veinte años después, justo en el momento de mayor efervescencia política y social abandonó el partido, pensando que éste abandonaba a su vez la lucha por los objetivos que le habían atraído al comunismo catalán. Independientemente de aquella adscripción orgánica y precisamente por ser rojo e impertinente le tuvimos siempre como aliado de la causa de los trabajadores y las trabajadoras ¡Brindemos por ello!

[1] Véase la extensa entrevista realizada por José GÓMEZ ALÉN en Nuestra Bandera, nº 237, septiembre 2017, pp 128-161, así como su propio artículo, Josep FONTANA: «La formación de un historiador marxista», Nuestra Historia, nº 5, 2018, pp. 11-13. Remitimos a ambos textos para lo dicho en esta nota.

[2] Josep FONTANA: «La formación de un historiador…, p. 11.

[3] Entrevista…, p. 153.

[4] Ibídem, p. 135.

Febrero de 2019