Tú, en que recortarías antes, en educación o en sanidad?

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Arga Sentís

Concejala del Ayuntamiento de Tarragona

 

 

 

¿Os suena la pregunta? A mí me la han hecho varias veces. La he oído también en encuentros de amigos y, una vez formulada, comienza una discusión entre los partidarios de recortar primero en educación (¿que puede haber más importante que la salud?) O los que creen que la educación no se puede tocar, que es la base de la sociedad y que cualquier otra cosa antes que recortarla.

Unos y otros defienden su postura con convicción, con argumentos. Quizás incluso son capaces de llegar a un acuerdo: no se puede recortar ni en sanidad ni en educación, la sanidad y la educación son derechos, que recorten en otras cosas, cosas que no sean fundamentales, que realmente sean prescindibles… y entre las cosas prescindibles, ya sea explícitamente, ya sea porque se olvidan de incluirla entre las imprescindibles, está la cultura.

De entrada, el hecho mismo de que se pueda hacer esta pregunta, que te propongan “elegir” qué es recortable, ya es todo un síntoma, porque que se haya aceptado como inevitable la lógica de los recortes está evidenciando que el neoliberalismo, los partidarios en recortar gasto público, han conseguido la hegemonía cultural, y sus valores y explicaciones, que responden a sus intereses, se han convertido en la norma universal que fija las condiciones a partir de las cuales se articula el pensamiento.

Pero más allá de esta cuestión de fondo, creo que plantea también otros temas, para empezar, qué entendemos por cultura.

Todos sabemos a qué nos referimos cuando hablamos de sanidad o de educación (aunque no compartimos propuestas políticas) y es a partir de este concepto claro que sabemos lo que nos jugamos y los que reivindicamos una sociedad de personas iguales defendemos la sanidad y la educación como derechos, sin matices y, por tanto, la necesidad de políticas públicas que los garanticen.

En cambio, tendremos que reconocer que definir cultura es mucho más complicado, porque el concepto tiene muchas acepciones y lecturas que se prestan a interpretaciones subjetivas y malentendidos, y a partir de estas definiciones extensas es muy difícil acotar el objeto de intervención de las políticas culturales y su justificación.

Todos sabemos lo que perdemos cuando cierran una planta de hospital o suprimen programas de educación, pero es más difícil ser conscientes de qué dejamos de tener cuando una biblioteca se queda sin presupuesto o cuando el IVA cultural se sube al 21%. Algo falla y algo habremos hecho mal. Y es que a menudo la política cultural ha sido un instrumento de propaganda o una construcción de la élite para el consumo de una minoría, y muchos discursos que la reivindican insisten en su papel instrumental (cultura como instrumento económico, que lo es, cultura como instrumento para muchas cosas) y no en lo básico, esencial. Para empezar, de qué estamos hablando, de qué concepto de cultura de entre todas las definiciones posibles. Reivindicar la cultura como fuente de libertad, expresión y creación, la cultura como derecho. Derecho al conocimiento, al desarrollo pleno de las potencialidades de cada uno. Derecho a participar, crear y disfrutar de la cultura. Un derecho que implica la necesidad de políticas públicas para garantizarlo. Y cultura como instrumento, sí, de muchas cosas, pero en primer lugar de emancipación personal, imprescindible para conquistar espacios de libertad, para construir un discurso crítico que permita ejercer plenamente la ciudadanía, que es justamente lo contrario de cultura instrumentalizada.

Habrá que hacer memoria y recordar el papel que aquí mismo, en nuestro país, tuvieron los ateneos populares para el empoderamiento de las clases trabajadoras y para la extensión de las ideas de progreso social. Por eso justamente ahora, en un contexto de crisis, es más necesario que nunca defender la centralidad de la cultura y articular unas políticas culturales que superen el vacío y el enfoque mercantilista y errático que las han caracterizado los últimos tiempos, unas políticas culturales que garanticen el acceso a la cultura y faciliten la creación. Porque la cultura es un derecho. Y porque crea ciudadanos con capacidad de interpretar, de criticar, de intervenir y transformar, capaces de disputar la hegemonía cultural y hacer que la pregunta con la que comenzaba sea impensable, porque los derechos no se pueden recortar, ninguno.

Lunes, 5 de Octubre de 2015