Trabajar por la Europa social

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Ricard Bellera

Secretario de Internacional, Migraciones y Cooperación de CCOO Catalunya

 

 

 

Hay buenas razones para entender que la crisis en la que seguimos inmersos no es de carácter coyuntural sino estructural. Lo que hemos vivido desde el año 2008 no tiene solución cambiando las reglas, ni poniendo tiritas públicas en las heridas del modelo neoliberal. La crisis es sistémica y certifica el agotamiento y perversión de una ortodoxia económica que es profundamente contraria a nuestros valores democráticos y sociales. La cultura del riesgo, de la incertidumbre y de la dependencia, esta manera de hacer que nutre la codicia y genera beneficios al precio de la corrupción política, de la pérdida de cohesión social y de la destrucción del medio ambiente, está condenada. Puede languidecer durante unos años y degenerar hasta derrumbe en sí misma. Puede dar pie a autoritarismos más o menos atroces, o puede, de nosotros depende, ser transformada en un modelo que conlleve mayor estabilidad y capacidad para incidir en aquellos problemas reales que nos afectan y nos amenazan de manera inminente. Hay dos realidades que tienen un papel importante a jugar en esta transformación. Desgraciadamente la crisis las ha debilitado, pero tienen un valor estratégico clave para superar la injusticia y la desigualdad. Hablamos del sindicalismo y de Europa.

A pesar de los pronósticos interesados ​​de la política española, catalana o europea, las señales de una supuesta recuperación no tienen una base real. La bajada del precio del petróleo, la devaluación del euro y las facilidades de liquidez mediante la expansión cuantitativa (quantitative easing) promovida por el BCE, pueden oxigenar temporalmente el tejido empresarial y económico, pero no pueden arreglar el déficit estructural que le es congénito, también en el plano económico y financiero, al modelo neoliberal. Al igual que en el caso del Plan Juncker, la recuperación es poco más que una ficción alimentada por el marketing institucional y la sonrisa agradecida del capital privado que se beneficia, pero al final del día no pondrá fin ni a la creciente desigualdad social , ni tampoco a la pérdida de legitimidad de nuestra democracia. El modelo neoliberal se ha hecho omnipresente. Se ha trasladado hasta el punto de materializarse en la arquitectura institucional de la Unión Europea. Se ha convertido en parte de su “anatomía” y marca profundamente su funcionamiento. La gobernanza económica certifica esta transformación neoliberal de Europa que tiene por clave de bóveda una moneda común que se ha convertido el tótem del proyecto común.

Los problemas estructurales de Europa nacen en Maastricht, pero se han pronunciado aún más con el Tratado de Lisboa y con la estrategia 2020. La coordinación presupuestaria que introduce el Semestre Europeo amplía la falta de fundamento democrático y de transparencia que caracteriza el funcionamiento e interacción de los tres principales actores europeos; el Parlamento, el Consejo y la Comisión Europea. Se suma así al déficit en la definición del papel y en el control político sobre el Banco Central Europeo que se ha convertido en el artífice, no sólo monetario, sino también económico, de un drama social protagonizado por una moneda sin país. Este modelo expone a los estados a la ‘confianza’ de los mercados, o, mejor dicho, los vende, porque son éstos los que establecen los intereses a los que se tienen que endeudarse cuando, faltos de moneda propia, deben ‘ganar ‘con reformas estructurales y privatizaciones su ‘credibilidad’. Ante esta situación, incluso economistas de herencia liberal como Paul de Grauwe no ven más que dos alternativas: O hay una autoridad europea legitimada por el Parlamento y con competencias presupuestarias, o más tarde o más temprano la moneda común desaparecerá.

Con el fracaso social de sus políticas económicas, el proyecto europeo ha optado sin embargo, por volcarse en una huida hacia delante sin precedentes. Si consideramos las propuestas de ‘mejor regulación’ (Better regulation) o el programa REFIT por la adecuación y eficacia de la legislación, que reducen la iniciativa y función legislativa de la Comisión, vemos que la crisis de Europa afecta incluso a su ‘Ejecutivo’ que parece batirse en retirada. Los esfuerzos ingentes para concluir a cualquier precio el Tratado Transatlántico para el Comercio y la Inversión (TTIP) con los EEUU, son una prueba fehaciente de esta huida hacia delante. Europa no tiene problemas con su balanza comercial (a diferencia de los EEUU) y tiene de dónde sacar el dinero que necesita para invertir, recuperar el pulso económico y reforzar su modelo social. El billón de Euros anuales que se evaden, se defraudan o eluden cada año en la Unión, daría para 30 Planes Juncker sin palancas ni garantías para la inversión privada. Pero lamentablemente, a estas alturas, la competencia fiscal a la baja y el dumping social y laboral, siguen siendo la médula ósea de la consolidación de esta Unión Europea al servicio del capital financiero y de las transnacionales.

Se hace patente que no es tanto que el modelo esté en crisis, sino que el modelo es la crisis permanente. Su ubicuidad global (la evolución en China o en Brasil son buena prueba), su naturaleza polimórfica, con facetas que atraviesan todos los ámbitos, ya sea el económico, político, ecológico o social, y su resistencia pertinaz al cambio, la convierten en una amenaza sin precedentes. Y Europa se ha inmerso de lleno en esta crisis global. Su modelo social, hasta hace poco un referente a nivel mundial, se está malgastando el precio de adaptarse a una globalización que, bien visto, es poco más que un argumento de autoridad para subordinar la democracia al dictado de los mercados. Al ser las propias instituciones europeas las responsables de esta deriva, la Unión es percibida cada vez más por la ciudadanía como una amenaza. Lo vemos en cada nuevo proceso electoral. Ante la laxitud y pérdida de orientación ideológica de una socialdemocracia europea que es tomada de un pragmatismo que a menudo incluso supera el de la democracia cristiana, la extrema derecha se hace con el discurso social y lo lleva al ámbito del compromiso patriótico, alimentando una tendencia a la renacionalización de Europa que es profundamente preocupante.

Se ha visto con la reacción ante la emergencia migratoria reciente que ha supuesto el retorno a la Europa de las fronteras y del alambre militar. Las carencias en la política de vecindad y en el desarrollo de una verdadera política internacional, otro factor constitutivo de un ente político global siempre vacilante y a la deriva, pasan factura. La Unión parece haber perdido con su modelo social y su vocación transformadora su razón de ser. La tendencia actual es un retorno al pasado que conlleva amargas reminiscencias de tiempo demasiado recientes y no aporta ninguna alternativa. No existe otro camino adelante que el triunfo de la justicia y la cohesión social como elementos centrales del proyecto europeo. Esto no será posible si no se recupera la centralidad del trabajo como elemento de redistribución de las rentas y como fundamento de la sostenibilidad de este modelo social que debe dar certeza y procurar bienestar a las personas. Esta debería ser, junto con la mejora de la calidad democrática, la máxima prioridad para recuperar la razón de ser del proyecto europeo, y es aquí donde también los sindicatos tenemos una responsabilidad que es relevante.

Hacerle frente supone para el trabajo organizado en Europa superar dos retos, uno de carácter externo y otro interno que la crisis ha hecho evidentes. Por un lado los esfuerzos para detener las políticas de austeridad, a pesar de las fuertes movilizaciones en los países afectados, se han estrellado contra la intransigencia de los gobiernos que han entendido el conflicto social como un pulso que se tenía que ganar a cualquier precio. A nivel político se ha hecho evidente que ya no son operativas las alianzas tradicionales con la socialdemocracia, pero tampoco ha sido posible confluir con plena fuerza con los movimientos sociales que se articulan en el marco del que se llama la ‘nueva política’. Ni el diálogo social ni tampoco la negociación colectiva, con una patronal que ha renunciado a defender su autonomía y se ha dejado anular por unos gobiernos obsesionados con devaluar el papel de los interlocutores sociales, han podido articular la respuesta a un contexto socioeconómico que requería de un fuerte consenso. Si la interlocución ha fallado a nivel de los estados, tampoco se ha podido activar a nivel europeo. Aquí se ha hecho más evidente la complejidad de la coordinación de la respuesta sindical a las políticas europeas en el marco de una crisis con países ‘ganadores’ y ‘perdedores’.

Pero si se ha hecho evidente la necesidad de reforzar aún más la cohesión del movimiento sindical a nivel europeo, una respuesta efectiva a la ofensiva neoliberal requiere además de la intervención reforzada de las organizaciones europeas en la lucha por la igualdad. En la misma medida en que las diferencias entre países suponen un reto añadido a la hora de articular una respuesta única de los trabajadores europeos, la segmentación del mercado de trabajo y la precarización de colectivos laboralmente más vulnerables (jóvenes, mujeres, inmigrantes ) precisan de nuevas estrategias. Disputarle el reparto de la renta al capital precisa de una clase trabajadora cohesionada a nivel europeo, pero también en nuestros mercados laborales nacionales. Los sindicatos aún no han triunfado a la hora de ayudar a estas nuevas categorías de trabajadores a organizarse. El sindicalismo debe negociar políticas económicas diferentes que aseguren trabajo de calidad, más protección y mejores salarios, pero al mismo tiempo ha de iniciar estrategias para organizar el trabajo precarizado e incorporarlo a su lucha.

La renta mínima garantizada y la introducción del salario mínimo en algunos países han sido pasos importantes en esta dirección. Tal como se vio en el XII Congreso de la Confederación Europea de Sindicatos en París, el pasado octubre, el movimiento sindical es perfectamente consciente del reto pendiente y ha puesto la ‘solidaridad’ como eje central de su estrategia. ‘Actuar en solidaridad por el empleo de calidad, los derechos de los trabajadores y una sociedad justa en Europa’ fue precisamente el lema de este congreso que lanzó un mensaje sindical fuerte y único a nivel europeo. Ahora se trata de hacer realidad este mensaje, pasar a la acción y recuperar la iniciativa. Para ello será necesario intervenir desde cada uno de los ámbitos en los que se articula la acción sindical en la Unión y hacerlo de manera coordinada. Es central el trabajo de la CES, que cuenta con un nuevo equipo, pero también el de las Federaciones Europeas y lo que se desarrolla en otros ámbitos. El sindicalismo europeo cuenta con espacios de coordinación e intercambio muy diversos que tienen, todos ellos, un alto valor estratégico, ya sean los Comités de Empresa Europeos, los Consejos Sindicales Interregionales, las relaciones bilaterales o los proyectos transnacionales.

La crisis ha sido una lección importante que ha removido el sindicalismo europeo, pero ha puesto en valor sus recursos y estrategias compartidas. Cuando incluso países como Finlandia, hasta hace poco el alumno aventajado de la Unión, se ven inmersos en la ofensiva de la austeridad y urgidos a actuar, parece evidente que el mensaje llega ya a todos los rincones de Europa. Luchar para recuperar la centralidad del trabajo es luchar por la viabilidad y el futuro del proyecto europeo, pero, al mismo tiempo, la defensa de la Europa social es la principal garantía para recuperar y consolidar un modelo del bienestar, de justicia y de cohesión social, que beneficia al conjunto de la clase trabajadora. Confrontamos hoy retos inmediatos como la digitalización y automatización de los procesos productivos, el expolio de los recursos naturales y del medio ambiente o la creciente desigualdad de las rentas, que exigen que repensemos con urgencia nuestro modelo productivo. No hay ninguna otra fuerza con más legitimidad que el trabajo organizado para definir un nuevo marco de relaciones sociales. Tampoco hay ningún otro actor en el mundo que pueda empezar con más garantías este reto y proyectarlo a nivel global que una Europa por la que debemos continuar luchando.