Territorios vaciados, zonas de conflicto social i ecológico


Llorenç Planagumà i Guàrdia
Centre per a la Sostenibilitat Territorial
Sant Privat d’en Bas

 

 

 

En la España rural como en la mayor parte de las regiones rurales del mundo existe una dinámica social de emigración a ciudades causando un vaciado y envejecimiento de la población, paralelamente se dan frecuentemente conflictos ecológicos por la disputa distributiva respecto los recursos naturales entre diferentes actores que pueden ir des de la implantación de grandes infraestructuras en zonas naturales o agrícolas, la captación de agua para las ciudades, recursos mineros, etc… Sin población estos conflictos se diluyen beneficiando frecuentemente a grandes empresas y sus lobbies de interés. La ausencia de conflictos genera una peligrosa pérdida de biodiversidad y de suelos agrarios necesarios para las generaciones futuras. Las protestas de la población se tiene que visualizar en positivo aunque sigue predominando una visión negativa del conflicto que ofrece ciertos obstáculos a la implementación de procesos consensuales, por ejemplo: la creencia de la inherente enemistad entre administraciones y plataformas. Pero sin conflicto tendríamos actualmente zonas devastadas a causa de un urbanismo sin control, la construcción de infraestructuras sin sentido o la extracción de minerales o áridos en zonas de elevado interés ecológico i/o paisajístico. Conservar el territorio también es que no cierren escuelas i que se mantenga la población con los servicios que el estado del bienestar ofrece en otros lugares más poblados. Servicios que en los barrios obreros no han sido regalados y solo cabe recordar las luchas por el transporte público, el agua, la urbanización de las calles, etc, que se dieron durante los años 70. Por eso la importancia de las movilizaciones sociales en estos territorios, sea en contra de la construcción de un pantano o reivindicando la mejora de una línea de ferrocarril. Pero también se tiene que pensar a largo plazo y buscar soluciones para recuperar población y el acceso a servicios básicos. El camino a seguir es complejo y difícil reconocerlo pero sí que hay una serie de principios que indican la dirección para mantener con vida la ruralidad y avanzarse a los conflictos que están por venir.

Poner en valor los servicios ecosistémicos. Servicios que ofrecen los ecosistemas a la sociedad y que mejoran la salud, la economía y la calidad de vida de las personas. Estos ecosistemas se encuentran en su mayoría en la España vaciada y son ejemplos de ello las cabeceras de los ríos, la formación de suelos, la regulación del clima por parte de los bosques, la polinización, etc. Si no somos capaces de conservarlos, su degradación conduce a perjuicios significativos en el bienestar humano. Estos servicios se tienen que poner en el centro de las políticas y dotar de recursos y herramientas a los territorios para su conservación y mejora.

Los contratos agrarios en la agricultura de montaña. El mosaico agrícola y muchas veces agroforestal que muchas zonas de España existía y se está perdiendo genera una triple problemática, la pérdida de biodiversidad y cultural y el peligro delante de grandes incendios cada vez más frecuentes con el cambio climático. La Política Agraria Europea no ha ayudado a mantener este tipo de agricultura (al contrario) y actualmente no pueden competir con precios de mercado respecto zonas llanas y de agricultura intensiva. Por eso y por el valor que hacen a la sociedad manteniendo tierras de cultivo que a veces ni maquinaria puede entrar es necesario establecer compensaciones para las explotaciones agro-ganaderas por su contribución a la recuperación y al mantenimiento del paisaje rural tradicional de alto valor ambiental y cultural (como los muros y cabañas de pared seca que se encuentran en muchos márgenes).

La participación de la población en la toma de decisiones en la construcción de infraestructuras. La construcción de vías para trenes de alta velocidad, líneas de alta tensión, autovías, presas y otras infraestructuras ocupan territorio y eso lleva a la perdida de terrenos agrícolas, espacios naturales y a su fragmentación. Estas infraestructuras se deben justificar bien su necesidad y para eso se debe integrar en su diseño y planificación a población del territorio afectada, no solo se debe tomar la decisión desde un despacho.

Una de las infraestructuras que se tiene que poner especial atención por su importancia en la lucha contra el cambio climático son las referentes a la energía renovable como los huertos solares o los parques eólicos. Para la transición energética su instalación es clave pero esto no es excusa para no planificar y tener en cuenta que se van a instalar en zonas rurales y por tanto ocupar un espacio agrícola o natural que también es de gran valor. Solo con la participación de los actores del territorio va a ser posible sino van a aparecer conflictos sociales en contra o lo que es peor abusos de grandes empresas energéticas a municipios poco poblados aprovechando su debilidad.

Un espacio natural protegido o una asociación es mucho más rentable que ampliar una carretera. Durante casi todo el siglo XX progreso se equiparaba con la construcción de una carretera. Esta premisa ya no es cierta si es que nunca lo fue, mejorar la infraestructura no va a vacunar un territorio contra su despoblación. Progreso y por lo tanto mejorar las condiciones materiales de la gente que vive en un pueblo es crear un Parque Natural que aporta valor añadido y multiplica por nueve cada euro que se invierte en el territorio, es también apoyar a una asociación cultural o ecologista que acabará dinamizando el territorio. En el siglo XXI los recursos públicos a invertir tienen que tener otras finalidades que el cemento i el asfalto.

Como conclusión para revertir las dinámicas del siglo XX que nos han llevado a que los trabajadores y trabajadoras se desplacen del campo a la ciudad creyendo que así mejoraba sus condiciones de vida no se puede seguir haciendo lo mismo, son necesarias nuevas políticas para estos retos. La ciudad tiene que reconocer a las zonas rurales como lugares llenos de vida y cultura y el campo reconocer a las ciudades como aliados para romper las dinámicas neoliberales de la globalización que han llevado a quitar el valor añadido que tiene la proximidad. Solo de esta manera se podrá encarar una alianza campo–ciudad para así mantener sanos los servicios ecosistémicos tan necesarios para el metabolismo de una ciudad y que algunos de los nietos de los y las trabajadoras que se fueron a la ciudad vuelvan al campo.

Marzo de 2020