REPENSANDO

 

Maite Ojer y Blasi

Directora y pedagoga escénica

 

 

 

“Repensar”… decimos desde las calles; “Repensar” proponen los sindicatos; “repensar” manifiestan los partidos políticos de todos los colores…. Repensar los carteles, los buzones, los paquetes de tabaco…

Me detengo un instante y me doy cuenta de que es una sola palabra, una sola palabra utilizada en contextos diferentes que le confieren significados tan oceánicamente distantes que siento vértigo. Voy a la fuente:

Repensar1 v. tr. [LC] Volver a pensar. 2 intr. pron. [LC] Mudar de intención después de haber reflexionado sobre algo. 3 intr. pron. [LC] repensarse  Cambiar de opinión… dice el Diccionario de la Lengua Catalana

¿Qué quiero volver a pensar? ¿Cuál es la intención que quiero mudar después de haber reflexionado sobre repensar?

Simone Weil afirma que las palabras, así definidas, de manera aséptica, pierden su mayúscula. Desde el diccionario no son bandera. Pero, decía la pensadora francesa, con análisis precisas de las palabras utilizadas se pueden salvar vidas ya que la sola fuerza bruta no puede vencer las ideas, a no ser que esta pulsión vaya acompañada de palabras y conceptos, por baja calidad que tengan. Ningún pensamiento no es demasiado mediocre para esta función de aliado de la carne….

En el año 2007 del siglo XXI dejamos de especular sobre la posible existencia de una crisis económica de alcance mundial, es decir, los países que consideramos que se fundamentan en economías “desarrolladas” y, como podemos suponer, neoliberales. Había que repensar la realidad.

En el año 2010 del siglo XXI empezamos a especular sobre la posibilidad de que el capitalismo sea un paradigma económico agotado. Nos dio tanto espanto que hicimos aplazar el acto de repensar mientras las subidas del IVA nos iban estrangulando las posibilidades de “bon vivant” que habíamos obtenido desde los 90.

En el año 2016 del siglo XXI se nos cae la cara de vergüenza ante la gestión de la crisis humanitaria que representa la nefasta y asesina gestión europea de los éxodos humanos provocados por los conflictos armados que el mundo “civilizado” ha generado en pro de una economía saneada, mientras indígenas de la talla de José Mújica nos dicen que mientras gobiernen los mercados la humanidad está en peligro, que hay que repensar el sistema político porque nos han secuestrado la democracia.

A cada uno de estos hitos históricos les corresponde cientos de palabras, razones, argumentaciones, motivos, consideraciones y yo, hoy, mientras escucho el Plan Jesu de Webber sólo quiero volver a pensar.

Hace unos años, bastantes, creía firmemente que las personas que nos dedicábamos profesionalmente a cultivar los diferentes lenguajes artísticos teníamos una posibilidad de denuncia, de pensar y entender que incluso nuestro trabajo debía ser considerado fruto de un contexto político y, por tanto, el pensamiento crítico nos podría dar luz para no callar ante aquellas cuestiones que consideráramos denunciables, preocupantes, injustas… Pero, no nos engañemos, nosotros también callamos durante un tiempo. Sí, callamos el tiempo justo y necesario para que el sistema se fortaleciera hasta el momento exacto en el que tuviera la medida justa para volvernos a situar al margen de la marginalidad… que es donde nos quiere.

Ahora, con los circuitos oficiales limitados, muchas salas de exhibición cerradas y convertidas las programaciones que quedan en extorsionadoras de artistas ofreciendo acuerdos económicos que superan de largo la explotación, los escenarios mostrando siempre las mismas caras y las mujeres lidiando con la invisibilidad de siempre pero que ahora se escribe con mayúscula, el arte más rebelde vuelve a la calle. La verdad es que no creo que las artistas hayamos vuelto a las trincheras de manera masiva por convicción … y lo siento. Me hubiera encantado que así fuera y que un grito liberador sonara, como en las películas épicas, cuando un ejército de artistas y performers, pincel, espátula, ordenador, cámara, espacio escénico y demás trastos en mano, levantáramos el puño para declamar al mismo tiempo: “a Dios pongo por testigo que no volveremos a pasar hambre…” la verdad es que a esas alturas de la película ya se nos había olvidado que teníamos hambre y ahora, claro, no tenemos qué comer.

Así pues, salvo este breve lapso de tiempo en el que, en España, las artistas teníamos sueldo, el resto de tiempo que conozco de manera vívida o por referencia literaria o cinematográfica, estaríamos hablando de la bohemia con o sin glamour. Por decirlo de alguna manera, parece que la independencia de las artistas es directamente proporcional a su falta de recursos para sostenerse… Alguien, en algún momento, tendrá que decir que esta consideración es absolutamente errónea y peligrosa. Las artistas también comemos y pagamos impuestos, si nos dejan hacerlo.

El año 2007 fue un año de lamentos y desconcierto en la profesión, porque entonces parecía que era profesión. Los ayuntamientos dilataban los pagos de las facturas en plazos ilimitados sin previo aviso. Incluso cerraban programaciones sin tener recursos… cuestión que las compañías contratadas no sabían hasta mucho más tarde. Continuaban pagando el IVA de facturas emitidas, por supuesto.

El aumento del IVA acabó de rematar la jugada y dejó al descubierto la falta de recursos reales y la precaria generación de público para sostener una estructura totalmente ficticia, hecha desde arriba, sin raíz.

Nadie, sin embargo, dijo nada y justo ahora se empieza a hablar del tema. Quien más recibió, por supuesto y como siempre, las mujeres.

Fue entonces que una palabra volvió a tener sentido: la indigencia.

Según el DIEC, es decir, el diccionario del Instituto de Estudios Catalanes podríamos decir que

indigencia. f. [LC] [SO] Condición de indigente. Vivir en la indigencia.

indigente adj. y m. y f. [LC] [SO] Falto de las cosas más necesarias en la vida.

Y como este artículo quiere ser una posibilidad de repensar…

¿Podríamos considerar que las artistas nos hemos convertido en indigentes porque no tenemos las cosas más necesarias en la vida? Ciertamente, en su mayoría no tenemos trabajo y, en muchos casos, a consecuencia del silencio, perdimos la voz.

Vuelvo a recuperar Simone Weil para centrar el discurso en las necesidades radicales. Pueden ser físicas, es decir, aquéllas que permiten la vida como el pan y el abrigo; y pueden ser del alma, es decir, aquéllas que permiten la vida como la dignidad y la posibilidad de asumir la propia responsabilidad hacia las necesidades del otro. Desde este punto de vista, la indigencia es un término que va más allá de la falta de recursos materiales, a los que no quiero quitar un ápice de importancia, faltaría más. Indigencia se convierte en un término bastante apropiado para repensarlo.

Hanna Arentd ponía en tela de juicio la valía de los derechos de las personas al considerar que si eran algo que necesitaba de la observación del otro, es decir, si se debían otorgar desde fuera, son papel mojado. No tengo ninguna duda al respecto y se me ponen los pelos de punta cada vez que oigo a alguien hablar o gritar sobre la necesidad de “devolver, dar, visibilizar…..” la dignidad de las personas. Disculpadme por considerar que la dignidad nos es inherente y no verla y/o actuar en su contra, es un acto criminal.

Sea como sea, estos derechos que no necesitan de la definición externa muy a menudo no se hacen efectivos. Sólo son una realidad en una parte tan exigua de la población mundial que debemos considerarlos una excepción. La cosa fatal, ¿verdad?

Hablaba de esto que nos pasó a la gente de la cultura… de pronto volvimos a ser indigentes con todos los pormenores. No tenemos recursos, trabajo, público… no nos tenemos entre nosotros y no tenemos una masa poblacional que llame la importancia de las artes y las artistas. Parece que nos hemos quedado solas, indigentes.

La situación es complicada y el tiempo mucho. Algunas optaron por cambiar de realidad, otras por guarecerse en frases sobre la excepcionalidad de la situación y otras, nos hemos quedado pensando que esto era previsible, que hay que repensar.

Ahora consulto libros sobre historia de la humanidad, hablo con especialistas de diferentes materias, leo prensa oficial y alternativa, leo más publicaciones en facebook de las que quisiera, miro documentales en la televisión y todos los que me pasan las amistades peligrosas y las que no lo son tanto… y sólo una idea medio nublada aparece en la mente.

El capitalismo, lo dicen las filas ecofeministas, es un sistema asesino basado en una definición de persona fantasmagórica. Es decir, que no es real. El capitalismo nos habla de la potencia del individuo separado de la comunidad, aislado, y eso me asusta. Afirma que su éxito depende de la depredación que sea capaz de llevar a cabo. Es la era de la conquista. De hecho, incluso la libertad la define desde una mirada territorial: “mi libertad empieza donde termina la tuya” o lo que es lo mismo “si quiero aumentar mi libertad he de conquistar tu espacio”.

Todo ello, permitidme, es más viejo que la polca. Nos lo sabemos de memoria pero seguimos allí confiando en una especie de película de terror llamada Estado del Bienestar que se basa, no nos engañemos a estas alturas, en depredar los recursos ajenos a lo suizo o andorrano.

Por eso quiero volver a pensar…

Creo que el estado natural del capitalismo es éste, que necesita la depredación continua, sistemática, con alevosía de todo el mundo que no sean las cuatro manos negras contadas que se enriquecen sin medida en sentidos concretos que nada tienen que ver con la dignidad ni el bien común, a pesar de que utilicen el término. Y para que éstos mantengan la estructura es necesario que el resto estemos en la indigencia… como ya ha demostrado el llamado primer mundo con los de otras divisiones, como ya han demostrado ampliamente regímenes gubernamentales a lo largo de toda la historia. ¿Nos creíamos que no lo haría con nosotros? ¿Creíamos que nos libraríamos de las reglas intrínsecas del capitalismo y de sus consecuencias? ….

Estoy sorprendida, quizá porque por el hecho de pertenecer al privilegiado colectivo de la indigencia siempre he tenido muy claro cuáles eran las reglas de la cosa, del sistema dentro del cual nací y con el que colaboro cada día, a pesar de mi desagrado.

Ahora sé, porque lo veo, que la coherencia interna del capitalismo pasa por que todo el mundo sea indigente. Iba a escribir “con la excepción de los que sacan beneficio” pero no lo tengo muy claro.

Desde esta lógica, que no es cosmológica ni natural por más que la quieran naturalizar, el hecho de pasar hambre, es decir, de no tener nada para comer o ningún lugar para guarecerse es una cuestión de tiempo… como muestran los éxodos humanos del siglo XXI que nos recuerdan cada día que las personas en el siglo XXI somos material fungible, o lo que es lo mismo, “refugiadas”, es decir, decrépitas sombras vertidas a la mendicidad para no perder la vida e intentando bailar en una fiesta macabra organizada por la geopolítica y en la que empresas de todo tipo sobrevuelan el terreno a la espera de los cadáveres más valiosos.

Qué miedo sabernos indigentes, ¿verdad ?

Y no nos engañemos, muchas artistas ya lo veíamos todo esto, pero aprendimos la socorrida frase… “ya, pero sola no puedo y yo también tengo que comer” y sí, de esta sencilla y potentísima letanía resultó, de nuevo, la banalización del mal que nos enseñó Hanna Arendt. Cada una de nosotras intentaba hacer su trabajo lo mejor posible, de forma unidireccional y sin levantar la cabeza no sea que tuviéramos que tener en cuenta lo que estaba provocando nuestro “buen hacer”.

Por lo que hicimos y por lo que callamos sabemos, hoy, que no tenemos lo que merecemos sino el resultado de años de esclavitud del miedo insuflada por millones de lugares y maneras. Y este método tan preciso y demoledor tiene nombres y apellidos… que no son los nuestros.

Así las cosas miro el cielo encendido, vuelvo a escuchar el Pie Jesu que Webber compuso para hablar de infancia huérfana y muerta y pienso… necesito repensar.

Rilke, en su correspondencia con Lou Andréas Salomé, decía que lo que nos cobija es nuestro estar desamparadas. Y tal vez ésta es la cosa… sabernos indigentes para podernos mirar las unas a las otras y vernos en lo que estamos ahora.

Desde este punto de vista, creo, tal vez sería posible la unión que da la fuerza, es decir, recuperar esta frase gastada y repensarla: Indigentes del mundo, unámonos!

Quizás es la hora de sabernos la suerte y reconocernos en las colas de la vergüenza que intentan llegar a Europa como quien abre la puerta del paraíso. A esta vieja Europa protagonista de tantos horrores y de tierra tan quemada que nos hace mutiladas y mutiladoras a la vez. Escenario de crímenes contra la humanidad que acunaba. Sabernos indigentes de un sistema que no hemos elegido pero que perpetuamos cada día.

Quizás hay que despegar este grito desde la indigencia, desde el margen de la marginalidad para reconocernos, para sabernos iguales y unidas, con conciencia de clase, de pertenecer a una urdimbre cada vez más potente y multitudinaria que, cuando menos, nos permitirá repensar los conceptos y, quizás, levantarnos por fin.

Lleida, 13 de Enero de 2017