Relato ganador 2017

SUCESO

 

 

Raúl Clavero Blázquez

 

 

1.- Lo que no sucederá

Mateo mira por la ventana. Al otro lado, en un cielo sin luna, tímidamente se desata una de las primeras lluvias del nuevo septiembre. En el antiguo silencio, sólo mecido por el diapasón de los neumáticos, se introduce también ahora la melodía de las gotas, un modesto traqueteo que empapa despacio la autovía, que cae, acariciándolas, sobre las hojas de los árboles lejanos, o sobre las corazas brillantes de los otros coches. Mateo casi puede sentir el agua sobre la piel. Cierra los ojos y le asalta a la memoria el olor de la tierra húmeda, y recuerda a Claudia en la hierba, recuerda su sonrisa, y aquel extraño, delicioso, y perpetuo sabor a regaliz de sus labios. Qué habrá sido de ella, debería escribirle un correo, piensa, y abre de nuevo los ojos, y mira el horizonte velado por esa lluvia de gotas pequeñas y delicadas, como las manos de Claudia. Mateo no sabe que nunca más hablará con su novia de instituto. No sabe, no puede saberlo, que para él ésta ha de ser la última lluvia.

Seis butacas por detrás del asiento de Mateo, Cristina repasa mentalmente los apuntes de fonética. Es la única asignatura que le falta para terminar la carrera, y ya la ha suspendido tres veces. En seis días hay convocatoria extraordinaria de un examen que Cristina no aprobará. No irá, por tanto, a la fiesta de Sandra, y no discutirá con Jandro. No romperá con él. No se marchará una temporada a Londres, ni encontrará trabajo como documentalista en Bristol. No conocerá a Richard. No tendrá hijos, no tendrá nietos. No compondrá, sentada en su mecedora, bajo la luz adecuada y con una taza de té entre sus manos, la estampa perfecta de la placidez. No será llorada en otro idioma, pero las lágrimas en su nombre serán abundantes y televisadas.

En la última fila Úrsula se masajea las sienes. La discusión con su hija ha sido absurda. Durante todo el fin de semana había logrado reprimir sus ganas de corregirla, pero justo antes de coger el taxi hacia la estación de autobuses no pudo aguantarlo más y le dijo que no era bueno regar tan a menudo las plantas. A partir de ahí, con esa mínima excusa, se desencadenó una espiral de reproches y rencores acumulados. Aunque sabe que no toda la culpa es suya, Úrsula necesita disculparse. No puede llegar así a casa, enfadada otra vez. No. Tiene que hablar con Marta. Recuperar la paz. Mira la hora en el móvil. “Es muy tarde“, se lamenta, “quizá sea mejor esperar a mañana, hablaremos con más calma“, concluye. En pocos minutos Úrsula se arrepentirá profundamente de no haber hecho esa llamada.

En el resto del vehículo doce personas sueñan y seis intentan dormir. Entre los despiertos, Ricardo (que ya no se jubilará, ni volverá a mirar, sin que su mujer lo sepa, fotografías de hombres desnudos) será el primero en darse cuenta de la tragedia. Morirá antes de la tercera vuelta de campana, cuando una varilla se desprenda de su reposabrazos y se le clave limpiamente entre las costillas, perforándole el pulmón. En el aliento final, sin saber por qué, se acordará del parque en el que jugaba en su infancia y del miedo inexplicable que le provocaba siempre aquel columpio rojo.

2.- Lo que sucede

Va con retraso. Damián ha parado un par de veces más de las previstas, pero el café no logra solucionar nada. Los párpados le pesan. Se abofetea. El sarampión del niño apenas le ha dejado descansar. La bolsa de hielo en su espalda ha comenzado a licuarse. No puede encender la radio. Bosteza. Ésta es la peor de las lluvias, preferiría un temporal, una tormenta eléctrica, tan furiosa que le impidiese dormir o que le diera la excusa perfecta para detenerse. Bosteza. Recompone la postura sobre el asiento. Bosteza. Las estelas de los faros en el otro carril parecen dibujar pentagramas fugaces. De pronto hay una curva. Sin poder evitarlo Damián ha cerrado los ojos durante varios segundos. La rueda delantera izquierda roza levemente el pretil central. Las traseras patinan, arañando el asfalto con un chillido de bestia salvaje. Y aunque Damián cree, por un momento, que ha salvado la maniobra, una furgoneta no logra frenar a tiempo y embiste el lateral del autocar. Un grito. El sopor desaparece repentinamente “¿Qué pasa?” dice alguien. Damián trata de rectificar la dirección. Gira bruscamente. Izquierda. Derecha. Izquierda. Y basta un pequeño obstáculo, una señal de tráfico, una piedra, tm bordillo, para que diez toneladas de metal a cien kilómetros por hora se venzan sin oposición, como un edificio en ruinas, hacia un costado. Después una vuelta en el aire. Dos. Tres. Cuatro. y diez metros de caída hacia lo más profundo de este valle en el que, hasta el amanecer, seguirá lloviendo.

3.- Lo que ha sucedido

Damián, recostado en la silla, con las piernas estiradas, y la cabeza hundida entre los hombros, arranca con las uñas la pintura gris de la mesa. De pie, en el otro extremo del despacho, un hombre sudoroso mete y saca papeles de un archivador.

Ya sabes cuál es la situación.

Lo único que sé – gruñe Damián, levantando la mirada -, es que estamos haciendo tumos de catorce y quince horas.

¿Y qué quieres? No podemos contratar a más gente, ¿es que no lo comprendéis? No hay dinero ¡No hay dinero, joder! y la culpa es vuestra.

¿Qué?

Que la culpa es vuestra. Si los más antiguos hubierais aceptado el recorte de los sueldos ahora las cosas serían distintas ¿Que hacéis catorce horas? Ya os hemos explicado cientos de veces cómo manipular los tacógrafos, así que no me vengas con historias.

E! hombre sudoroso se acerca y se sienta al ordenador, en el lado en penumbra del cuarto. El sol comienza a declinar en el horizonte. Varias nubes dispersas empañan este septiembre que nace. Damián se cruza de brazos.

Fernando, lo peor no es que nos estemos saltando la ley.

¿Ah no?

No, lo peor es que cualquier día va a ocurrir una desgracia.

¿Es una amenaza?

Es la realidad, Fernando.

En los sesenta años de esta empresa nunca hemos tenido un accidente grave, ¿entiendes? Nunca ¿Una desgracia? Por tu propio bien, Damián, encárgate de que eso jamás suceda.