Reflexiones entorno a crisis, cultura y políticas públicas

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Javier Jiménez

Secretario general de la Federación de Servicios a la Ciudadanía de CCOO

 

 

 

“Definición de Cultura según el Diccionario de la RAE:

  1. f. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.
  2. f. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.”

Para enmarcar esta reflexión, lo haré partiendo de la segunda y tercera acepción de la palabra cultura recogidas del diccionario de la RAE. Por lo tanto, el marco cultural constituye la forma de vida de una sociedad, y ese marco cultural es el que le da sentido a los modelos económicos, las estructuras sociales y los sistemas políticos que conforman el todo de la sociedad. 

En el espacio de la cultura así entendida, se produce un cambio, una mutación desde la “modernidad” (las personas se mueven por cálculos racionales que se reflejan en el principio de realidad) hacia la “Postmodernidad” (satisfacción del deseo aquí y ahora y su resultado, una sociedad de clientes-consumidores).

Aunque el término postmodernidad en los últimos años esta siendo renombrado, redefinido por otros tales como, ‘Modernidad líquida’ -Bauman- ; ‘Segunda modernidad’ –Ulrich Beck- o ‘Modernidad tardía’ – Giddens-.

En este proceso complejo pero imparable hasta la fecha, la cultura ya no es signo de crecimiento, superación, conocimiento; “la cultura como progreso ha dejado de ser un discurso que habla de mejorar la vida de todos para convertirse en un discurso de supervivencia personal. No pensamos el progreso en el contexto de elevar nuestro estatus, sino en el de evitar el fracaso” por ello “El progreso ha dejado de ser un discurso que habla de mejorar la vida de todos para convertirse en un discurso de supervivencia personal”[1].

Este enfoque hace que la cultura no se conciba como un medio para satisfacer necesidades sino en crear necesidades nuevas y a la vez garantizar la permanente insatisfacción de las que ya están afianzadas.

Y es aquí donde se impone la idea dominante de que las personas están más allá de sus condiciones sociohistóricas y que el resultado de sus actos es de su única responsabilidad.

La gente ya no consume bienes por sus características materiales sino por los significados que cada consumidor extrae de la posesión de la mercancía, así es como la cultura de la postmodernidad ingresa de lleno en la economía.

La desmercantilización de amplios espacios de las economías occidentales, desvinculaba parcialmente el proceso de reproducción y gestión social de la fuerza del trabajo del puro mercado y, con ello, se reconocía el derecho a participar en un cierto grado de redistribución social mediante la vía del uso de bienes públicos.

El trabajo se convierte en la identidad central y convención identificativa de los Estados sociales contemporáneos. El denominado compromiso histórico o contrato social, identificador entre otros del modelo social europeo, por el que el trabajo se convertía en el centro mismo de la codificación de la ciudadanía.

Desde principios de los años ochenta del siglo pasado hemos conocido una constante y progresiva transformación y debilitamiento de las bases sociales antes citadas, así como de los límites de las formas de gobierno de las demandas y derechos de ciudadanía gestionados primordialmente en el marco del Estado social.

El significado de este devenir se construye desde el conservadurismo político y cultural debido, en su opinión, a la sobrecarga e insostenibilidad del Estado social. El pleno empleo deja de ser el marco de la sociedad del trabajo y con la fragilización estructural de la condición laboral, se llega incluso a invisibilizar el trabajo de calidad, estable y con derechos como relación social prioritaria.

El trabajo por tanto queda como un valor secundario y subsidiario que debe adaptarse a la vez que se propicia la sustitución del Estado del bienestar por un ‘Estado del rendimiento’[2] que somete cualquier concepto de ciudadanía a la competencia mercantil y al permanente ajuste de los dictámenes de una economía globalizada.

El mensaje es que todo podría ser una mercancía o, si todavía no lo es, debería ser tratado como tal. Y en ese papel se reorienta la función de los estados, de forma que los gobiernos se orientan más al Management, a la administración de recursos y/o a la eliminación de barreras que impidan la remercantilización de aquellas áreas que constituían pilares básicos del Estado social y se alejan de la política. Cambian el Gobierno por la gobernanza.

Esta pérdida de posición del Estado social desdibujando su forma ‘sólida’ y transformándola en una forma ‘líquida’ como resultado de la cual, a la manera del líquido (de ahí su denominación), ninguna de las etapas de la vida social o de los cimientos que la sustentan, puede mantener su forma durante un tiempo prolongado.

Las fuerzas que impulsan la transformación gradual del papel de lo público y del estado social en su forma líquida son las mismas que contribuyen a liberar a los mercados de reglas y limitaciones.

La economía de la modernidad líquida, orientada al consumo, se basa en el excedente y el rápido envejecimiento de las ofertas. La sociedad se asemeja más a una sección de una gran superficie comercial, con productos que se ofrecen a personas que se han convertido en clientes, generando una segmentación social y personal entre los que pueden pagarlo y quienes intentan pagarlo, ensanchando así la fractura social y el riesgo de exclusión.

Así, en esta vertiginosa aceleración, dada la velocidad de los cambios, la vida consiste en nuevos comienzos, pero también en abruptos finales. Venimos de la cultura de mártires en la antigüedad, la cultura de héroes en la modernidad, para detenernos hoy en la estación de la cultura de las celebridades, en la postmodernidad o modernidad líquida.

Lo efímero cubre toda consideración temporal y todo queda anticuado casi de inmediato. En una economía en la que el cambio es la única constante, cada vez tiene menos sentido tener y cada vez cobra más importancia poder acceder.

El dinero que circula en el flujo financiero no es dinero que participa del sistema productivo, no circula para obtener beneficios de la inversión en la producción de bienes o servicios, sino que circula para obtener ganancias de la propia circulación, convirtiéndose en el elemento de mayor generación de riqueza de la nueva economía.

Se agolpan por actuar donde consideren que se puede obtener en el menor tiempo posible una rentabilidad extrema y cuando consideran que pudiera existir algún peligro (sea este real o incluso provocado) para sus beneficios, abandonan rápidamente dejando tras de sí crisis dramáticas.

La idea hegemónica de cómo interpretar la sociedad actual es una sociedad que se fragmenta interminablemente, una atomización que tiende a convertirla en una sociedad sin ciudadanos, en definitiva en una no-sociedad.

De esa filosofía participan quienes como alternativa al estado actual de cosas, consideran que el Estado debe prestarle al ciudadano todas las posibilidades para readaptarse a las nuevas necesidades del modelo, pero que cada persona debe ser capaz de cuidar de sí misma.

La continuidad de esta reflexión invita a explorar otros campos conexos: formas de representación y alcance de la democracia, sociedad en red y neutralidad de la misma, nuevas fórmulas de representación y construcción de las decisiones o el papel y desarrollo de las tecnologías de la información, la comunicación y los contenidos (TICC).

Si alguien se ha sobrepuesto a la tentación de no terminar la lectura de este artículo y ha llegado hasta aquí, solo una última reflexión. Es imprescindible pensar y no ser pensados. En términos postmodernos proponemos seguir trabajando para crear nuestro propio discurso, en términos modernos tenemos la necesidad de construir pensamiento crítico, inteligencia colectiva.

[1] Zygmunt Bauman ‘La cultura en el mundo de la modernidad líquida’

[2] Luis Enrique Alfonso. ‘El debate sobre la ciudadanía social’

Lunes, 5 de Octubre de 2015