La lucha por la protección: las clases populares en la era de la globalización

 

Mario Rios

Politólogo

 

 

El crash económico de 2008 ha provocado grandes transformaciones sociales y, como consecuencia, una profunda alteración de los sistemas políticos en la gran mayoría de países a ambos lados del Atlántico. A día de hoy, las democracias occidentales se encuentran en una crisis existencial de gran magnitud: el ascenso de la desigualdad económica y social, provocado por una cada vez más alta concentración de la riqueza en una élite económica y financiera global que ha secuestrado las instituciones políticas para su propio beneficio, ha provocado una gran precarización de los derechos sociales y laborales y ha sustraído a la ciudadanía la capacidad de decidir sobre los asuntos públicos que nos afectan en nuestro día a día. La democracia liberal se está vaciando de su contenido político y social transformándose en un simple mecanismo formal de selección de élites.

El resultado de todos estos cambios ha sido un aumento espectacular de la fragmentación social, una fuerte pérdida de bienestar material, un fuerte debilitamiento en la confianza en las instituciones públicas y en la política mainstream, una creciente ansiedad económica en muchos sectores de la población ante las inseguridades materiales y una creciente sensación de incertidumbre ante lo que nos depara el futuro. Esta falta de estabilidad social y de legitimidad política está afectando negativamente a nuestras democracias.

La ventana de oportunidad abierta por este deterioro fruto del crash económico de la globalización neoliberal y de su gestión ha sido aprovechada por una ola de formaciones políticas que se están extendiendo por Europa. Estas formaciones se erigen en representantes del pueblo y, criticando la clase política tradicional, prometen a las clases populares protección ante la pérdida de bienestar social, el deterioro de las condiciones de vida y laborales, la incertidumbre económica y los cambios tecnológicos que afectarán a su posición laboral. Las formaciones políticas que hacen bandera de esta protección son conocidas como la nueva derecha nacionalista y populista.

La nueva derecha nacionalista y populista ha aprovechado el vacío político dejado por las formaciones políticas tradicionales y por la izquierda que ha hecho que amplias capas de la población se sintieran despreciadas en el juego político tradicional. Ante esta percepción, las clases populares que le han dado la espalda a la izquierda y se han lanzado en brazos de estas fuerzas políticas que blandiendo la bandera del repliegue nacional ofrecen una solución a sus problemas económicos reales y percibidos. Para ello, estas nuevas derechas nacionalistas abogan por un ideario basado en medidas nacionalistas, xenófobas, racistas, proteccionistas y aislacionistas que se materializan en un repliegue nacionalista, una defensa del welfare chauvinismo basado en un falso aumento de la protección social para los ciudadanos originarios del país, y una apuesta por el Estado-nación westfaliano rompiendo así con cualquier cooperación o colaboración entre estados.

Las consecuencias de este programa político suponen un fuerte deterioro de la democracia liberal y de los derechos civiles y políticos que de ella emanan, un ataque a la cohesión de nuestras sociedades plurales con la criminalización de la inmigración o del Islam, y un cuestionamiento del orden liberal existente, lo que podría conducir a una espiral de alta conflictividad entre Estados. Las últimas elecciones en Austria o Países Bajos, así como el Brexit y el papel activo que tuvo el UKIP tanto en la celebración del referéndum y la campaña del Leave o las presidenciales francesas, nos muestran cómo estos actores políticos situados están en condiciones no sólo de marcar la agenda, sino de ser opciones electorales competitivas provocando nefandas consecuencias. La amenaza es real.

Ante esta situación, la izquierda, tan social como política, debe combatir esta línea política basada en un repliegue nacionalista que nos lleve a defender sociedades más cerradas y excluyentes. En un momento en que nuestras sociedades cada vez son más plurales y diversas y en que los retos de futuro son cada vez más globales, las izquierdas deben apostar claramente por ser la corriente política que garantice una alternativa basada en la defensa de sociedades justas, abiertas y libres, que garantizan bienestar material a sus ciudadanos, y que crean vínculos institucionales, culturales, económicos y políticos para vivir en fraternidad. Deben garantizar el contenido social de la democracia.

Para garantizar la preservación de estos valores, los sindicatos de masas son una pieza fundamental. Como fuerza social vertebradora de grandes sectores del mundo del trabajo deben asumir parte de esta tarea con el objetivo de revertir la tendencia actual que hace que en muchos países, una parte nada despreciable de los apoyos a los partidos de la nueva derecha nacionalista como el FN o el FPÖ vengan de la clase trabajadora y de los sectores más pauperizados de nuestras sociedad. Los sindicatos deben ser la punta de lanza en el combate para redirigir el conflicto redistributivo tras la implosión del consenso neoliberal. Mientras que la nueva derecha nacionalista y populista pretende horizontalizar este conflicto enfrentando al último contra el penúltimo en una guerra de banderas donde la redistribución de la riqueza pasa desapercibida, los sindicatos deben redirigir este conflicto hacia una mayor verticalidad, es decir , debe recuperar una versión actualizada de la lucha de clases en la que la unidad de los de abajo (clase trabajadora, precarios, jóvenes, pensionistas, etc.) es más necesaria que nunca para hacer frente a la desigualdad, la pobreza, la precariedad y la exclusión que las élites económicas y financieras nos llevan. Los sindicatos han de ofrecer una alternativa social que vele por la protección social, el bienestar material y el fortalecimiento de las condiciones de vida de la mayoría social que ve como la inseguridad, la incertidumbre, la precariedad y la pobreza avanzan sin freno. Si no lo hacen, otros aprovecharán la ocasión. El futuro de nuestras democracias está en juego.

Barcelona, 24 de Mayo de 2017