Los sindicatos en el capitalismo rentista

 

Esteban Hernández

Escritor, periodista y analista político. Jefe de la sección de opinión de El Confidencial

 

 

Es una obviedad, pero se olvida a menudo: los sindicatos dependen del poder con el que cuenten, que es la única baza que les permite no sólo realizar su tarea con la eficacia necesaria, sino el mismo hecho de hallarse en posición de negociar. Los últimos años, o décadas, los sindicatos no han ido perdiendo sólo afiliados o presencia, sino que han perdido poder, y como consecuencia de ese giro cada vez actúan más en posición de repliegue, de conservar lo que puedan como institución, en lugar de ejercer de fuerza que pueda equilibrar las tendencias del capitalismo.

El giro fundamental en el papel que juegan los sindicatos tiene que ver con un capitalismo móvil al que no han podido seguir el ritmo. Al transformar las estructuras, la orientación y la finalidad del sistema económico, fundamentalmente dirigidas hacia los intereses de los grandes accionistas, la relación entre capital y trabajo ha perdido peso. Esta reconversión es esencial entenderla para recomponer la relación de poder, de modo que se puedan oponer fuerzas similares.

El cambio en el sistema se ha producido por arriba, y podemos resumirla del modo siguiente: las empresas se han convertido en una mercancía en sí mismas. Así opera el capital riesgo, los hedge funds, los grandes accionistas, los inversores activistas, entre otros mecanismos de conseguir rentabilidad.  Las empresas no son algo que desarrollar, sino activos de los que extraer rentas, y a las que comprar, vender, endeudar, fusionar, sacar partido de su deuda y varios modos más de generación de capital. Estas lógicas llevan al momento que describe Brett Christopher en ‘Rentier Capitalism’: si la mercancía era la esencia del capital en los análisis marxistas, su correspondencia actual, la clave para comprender los efectos del auge del capitalismo rentista sería el monopolio, ya que proporciona las condiciones en que un activo puede generar mayores ingresos.

Al convertirse el capital rentista en el polo dominante por encima de todos los demás, puede empujar en la dirección que le conviene, operando así una suerte de independización de las condiciones reales de la vida cotidiana y del mismo recorrido de las empresas. Todos los actores involucrados en la vida productiva de una firma quedan supeditados a ese núcleo que irradia las normas y las prácticas. Desde los mismos directivos hasta los proveedores, pasando por trabajadores y clientes, todos quedan sujetos a sus lógicas (si hay una gestión no funcional el capital se marcha de la empresa; si los costes salariales aumentan se deslocaliza; si se externaliza y los precios suben se busca otro proveedor; se ajustan los precios de los mismos proveedores; se suben los precios a los clientes o se rebajan las calidades del producto o servicio, en función de lo cautivo que se halle el mercado). Cada ámbito sufre unas amenazas específicas que son complicadas de frenar.

En ese contexto, cada parte se ha preguntado acerca de cómo detener ese impulso del capitalismo y cómo conservar posiciones. Lo cierto es que trabajadores, clientes y proveedores han tenido escasa fortuna, con algunos éxitos parciales y muchas derrotas generales, y desde el consumo hasta la relación salarial, las condiciones han empeorado. Menores ingresos para la mayoría de los trabajadores, aumento del coste de la vida, precios al alza en sectores básicos, como la energía, la vivienda o el transporte, descenso de calidad en las prestaciones, proveedores con márgenes mucho más estrechos. En el ámbito sindical, se ha hablado de diferencias iniciativas para compensar lo perdido, o de adquirir una dimensión geográficamente mayor ya que frente a un poder global, hace falta un contrapeso global o, al menos, cohesionado dentro de regiones mundiales con características similares. Pero la realidad no ha ido por ese camino.

Pero hay opciones de futuro que trascienden la tarea habitual de los sindicatos. Hasta ahora, la orientación principal tenía que ver con la redistribución de rentas; el problema es que ya quedan menos rentas que repartir, porque estas han girado hacia la parte de arriba de la empresa, y cada vez deben dedicarse mayores cantidades a satisfacer a los inversores. Por eso en la pandemia se han continuado repartiendo dividendos y habrá recompras de acciones; por eso las bolsas han ido bien mientras que la economía de la mayoría de la gente le está yendo mal.

Quizá una de las opciones para que los sindicatos vuelven a tener peso real es ponerse a la altura del capitalismo que debe, al menos, equilibrar. Quizá no tenga que plantearse sólo la redistribución sino que deba ampliar sus horizontes, y pensar en términos de impedir la extracción de rentas.

Alice Martin y Annie Quick en ‘Unions Renewed’ proponen expandir la unidad de negociación más allá del lugar de trabajo, y dirigirse también a las comunidades y ciudadanos que también están siendo explotados por las lógicas rentistas. En este sentido, es evidente que cuando el capitalismo financiarizado ha ampliado su margen de acción y se posiciona para extraer rentas de los distintos participantes en la vida de la empresa, un movimiento inteligente sería reunir a los distintos interesados a partir de acciones comunes. Por así decir, los aspectos productivos deberían tener a todos los interesados reunidos frente a las exigencias financieras, entre otras cosas porque ese es el frente realmente operativo hoy. Estamos en un momento en el que lo financiarizado se está comiendo a los productivo, y fragmentar las resistencias (y generar tensiones entre ellas) implica una pérdida de poder todavía mayor.

Esta perspectiva admite muchas acciones, desde promover la participación obligatoria de los trabajadores en los consejos de administración, generar iniciativas de regulación frente a los distintos actores rentistas, luchar contra sectores desregulados más allá de lo puramente laboral, como ocurre con las tecnológicas, ampliar los ámbitos de actuación y atraer a sectores interesados en la vida de la empresa más allá de los trabajadores,  o pensar en términos estatales para impulsar iniciativas ligadas a la industrialización y al capital productivo (más allá de los cursos de recapacitación o de las ayudas a las empresas para situarse frente a la revolución tecnológica).

Pero sean cuales sean las acciones, debe entenderse que el asunto de fondo es el poder con que se cuenta, y el mundo del trabajo hoy lo tiene escasamente. Del mismo modo que hemos creído en que la democracia política es el mejor régimen de gobierno de una sociedad, la democracia económica debería ser el mejor régimen de gobierno de las empresas, y parte de ella tiene que ver hoy con la redistribución, pero antes de llegar a eso, y como condición de posibilidad, debe eliminar la extracción de rentas. De otro modo, se producirá un doble efecto: habrá mucho menos que repartir, y el poder de los sindicatos seguirá menguando producto de esa nueva orientación del capitalismo.

Enero de 2021