Los derechos sociales bajo la ideología de un club exclusivo

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Gina Argemir

Economista del Gabinete Técnico Jurídico de CCOO Cataluña

 

 

El nuevo año ha puesto fin a las restricciones al libre movimiento de trabajadores rumanos y búlgaros en el seno de la Unión Europea. Una medida estéril teniendo en cuenta la reacción de algunos Estados miembros dispuestos a limitar derechos como el de residencia o el acceso a servicios públicos por parte de migrantes intraeuropeos. De forma simultánea al levantamiento de las restricciones, el mismo David Cameron iniciaba las primeras reformas “radicales” – las que pretende proponer también para el conjunto de la Unión- con el objetivo de frenar lo que él llama abusos del estado del bienestar. Uno de los sorprendentes argumentos de Cameron es considerar el sistema del bienestar un “club nacional”, al que le parece injusto poder acceder en igualdad de condiciones que los ciudadanos británicos, como si los derechos humanos o de ciudadanía vinieran regulados por los estatutos de un club exclusivo.

Desgraciadamente, Gran Bretaña no es el único país que se ha propuesto impedir el acceso de los trabajadores europeos a los servicios públicos. Con el miedo al desequilibrio presupuestario como coartada, Bélgica el año pasado expulsó 4.812 europeos entre los que se encontraba beneficiarios de ayudas para la integración social, parados receptores de prestaciones, pero también trabajadores empleados a tiempo completo o con contratos especiales de reocupación. Otro caso sonado es el litigio vivido en Alemania, el cual dio lugar, a finales de 2014, una sentencia del Tribunal de Justicia de la UE la que resolvía que el derecho de residencia está condicionado, no sólo a la duración de la estancia en el país, sino también a que la persona económicamente inactiva tenga “recursos suficientes propios”. De esta manera, por lo tanto, ciertos derechos quedan formalmente supeditados a los recursos personales.

Una de nuestras funciones es denunciar constantemente que noticias como éstas se presentan a la ciudadanía en forma de falsa objetividad como exentas de trasfondo ideológico, y darnos cuenta de que a menudo acaban convirtiéndose en una profecía autorrealizada, es decir, que la propia definición de la situación es de hecho la causa de que acabe cumpliéndose. La batalla ideológica y sus argumentos se han mantenido con los cambios de siglo y, en la sociedad actual, la fiebre posmoderna del individualismo no es más que la consolidación ideológica de una determinada visión del mundo.

La historia de la humanidad parece dividir la sociedad en dos, donde una parte -aquella en la que prevalece la competición sobre la cooperación- tiende a perseguir el ejercicio de poder en términos de exclusividad. Recordemos, por ejemplo, como la reforma protestante impulsora del capitalismo y el individualismo adaptó esta visión divisoria originando la doctrina de la doble predestinación. Dentro del marco discursivo de David Cameron, esto equivale a su idea de formar parte de un club exclusivo donde los escogidos, además de disfrutar de riqueza, bienestar y un plus de derechos, tienen la salvación divina garantizada. Por cierto, sobre la exclusividad de unos pocos, tuiteaba recientemente  Vidal-Quadras que: “la opulencia y la extravagancia de una minoría selecta es la condición indispensable para el progreso general”.

Y así como hoy se apela al equilibrio presupuestario como condición para el progreso – no el general sino el progreso financiero que persiguen las élites- hace más de un siglo el impulsor de la desprestigiada teoría del darwinismo social, Herbert Spencer, defendía que lo que hace peligrar el progreso es el esfuerzo de los gobiernos en velar por la supervivencia de los “débiles”. Esta es una etiqueta desenfocada que obvia que los poderosos están donde están, no por ser los más aptos, sino por ser propietarios de recursos y de derechos extraordinarios. Algunos de ellos, además, están donde están por ser los más tramposos y por romper las normas colectivas implícitas en la teoría de juegos que mueve la sociedad. Porque, dicho en términos darwinianos o naturalistas, los ecosistemas en absoluto sobreviven sin colaboración.

Pero volviendo a la actualidad de la Unión Europea, también la sentencia de su Tribunal de Justicia -la que niega derechos a los que no tienen recursos para que no sean una carga para el sistema – desprende un fuerte componente ideológico. Comparte exactamente los principios utilitaristas que argumentaba William G. Sumner, partidario de que caiga el que no produce, o las ideas de Grover Cleveland, para quien el deber de los gobiernos no pasa por intentar aliviar el sufrimiento individual. Sabemos que, para el modelo político individualista, que se sustenta sobre la creencia del egoísmo como principal conducta racional, las capacidades humanas no sólo definen a las personas sino también sus derechos, los cuales se rigen por el principio de la no interferencia, ya sea entre los individuos o entre el individuo y el Estado.

Es fácilmente deducible que, en el modelo ideológico individualista, difícilmente tiene cabida el cumplimiento de los derechos humanos – el derecho universal a un nivel de vida que asegure la salud de todos, el bienestar, el acceso a la atención médica, a los servicios sociales. .. -, derechos que se sustentan sobre la colaboración en la defensa de la dignidad de la vida humana. También parece difícil que así pueda realizarse una Europa con una democracia verdadera y plena donde las instituciones actuales trabajen para conseguir la satisfacción de la ciudadanía y la armonía social. Pero, ante estas dificultades y buscando un futuro más esperanzador, es bueno recordar que nuestra lucha diaria por los derechos sociales trasciende nuestro momento histórico, ya que trata una vez más de la defensa que hacemos la mayoría, los “inclusivos”, de nuestra especial visión del mundo.