Ligados a la Tierra

 

Zaida Llamas Álvarez
Fundacinó Cerezales Antonino y Cinia

 

 

 

Conozco a muchas personas que trabajan en el medio rural español y en otros contextos geográficos, pero sin duda conozco aún a más que desearían poder hacerlo y a las que no les resulta posible, en la actualidad, encontrar espacios laborales en este marco, donde poder aplicar todos sus conocimientos, responsabilidad y habilidades.

Hace 10 años que comencé a desempeñar mi labor dentro de una institución cultural en la montaña de León y mi campo de conocimiento está ligado a la historia del arte y la gestión cultural. Para ser trabajadora de una institución cultural situada en una región con una densidad de población de 9,2hab/km2, como es la que me acoge, es necesario aprender a desmontar numerosos tópicos impuestos y cristalizados con el paso del tiempo para hacer espacio real a propósito como los que la Unión Europea recogía hace no demasiado en su Declaración de Cork 2.0 (2016), entre los que se proclamaba la necesidad de “una vida mejor en el medio rural”.

Cada día, entre los vecindarios de este territorio, percibimos la energía que vuelcan todas las personas que lo pueblan en hacer realidad ese aserto que se esfuerza en repetir la UE, en construir espacios de vida colectivos que respeten la diversidad de quienes los habitan, sin embargo aún está lejos y las diferencias entre lo que ello implica en unos u otros lugares son radicales. Nuestro día a día en la labor educativa y cultural, desde el equipo del que formo parte, trata de detectar niveles de relación entre todo lo que nos rodea, que ayuden a consolidar esos espacios de vida de los que somos huéspedes antes que anfitriones, donde caben ciencias y saberes, humanos y no humanos, costumbres y formas de poblar inéditas que comienzan a formar parte de este tejido.

Por todo esto nos gustaría que la atención puesta sobre quienes estamos ligados a estos medios rurales, y en toda la diversidad que los enriquecen, no sea un eslogan pasajero más, un modo de renovar y blanquear ese viejo ghetto que todos conocimos, de seguir marcando distancias con aquello que para muchas personas e instituciones continúa siendo lo inhóspito, lo periférico o, directamente, lo “insostenible”. Es imprescindible lograr un reconocimiento consciente, colectivo y a largo plazo de la interdependencia vital, ecológica y, por supuesto, laboral, que nos une a quienes estamos unidos de todas las maneras posibles no a una tierra sino a la Tierra –vidas earthbound, como sostienen pensadores de la talla de Bruno Latour o Donna Haraway–, confinados a un mismo planeta.

En ese contexto no es posible dejar de lado el papel que desempeñan cada día los grupos históricamente más frágiles e invisibles: mujeres, infancia, minorías de distinto signo o colectivos informales y formales como polos que aglutinan y hacen evolucionar gran parte de la vida a la que nos referimos. Grupos humanos que contribuyen de manera decisiva a la articulación del territorio y que somos dependientes de servicios e infraestructuras en desaparición u objeto de especulación bajo criterios de rentabilidad: transportes, colegios, consultorios médicos, vías, redes de telecomunicaciones, abastecimientos eléctricos…
Directamente e indirectamente, todos esos servicios suponen savia nueva e injertos, también desde el plano laboral, llamados a equilibrar los flujos de trabajadores, residentes y población flotante que decrecen o desaparecen en otros ángulos.

Los programas culturales que abordan posibilidades de transformación a largo plazo, así como sus diferentes tipos de agencias y agentes son un sector mal identificado cuando no caricaturizado e infravalorado en sus capacidades para aportar perspectiva y energías para mejorar la compresión de lo que suponen los medios rurales. Dichos programas suelen quedar amalgamados y sepultados al fondo de discursos y estrategias que priman lo inmediato y cuantitativo por encima de lo cualitativo. Mi trabajo se desempeña a través de una rara avis en este lugar: una institución de raíz privada, vinculada a prácticas culturales contemporáneas, creada por personas que tuvieron que emigrar en busca de futuro. Colaborar con artistas plásticos o de cualquier tipo de lenguajes, músicos, cineastas, investigadores y otros agentes que son portadores de saberes indispensables para poder considerar escenarios de futuro, me sitúa ante todo tipo de casuística, contingencias laborales en riesgo de precarizarse y escenarios que urge corregir. En ello volcamos buena parte de nuestra actividad, construyendo espacios de relación laboral dignos y articulados contractualmente. Un lugar así me permite comprobar que resta mucho por hacer, que la demanda de mayor presencia tanto privada como pública en estos lugares es una reivindicación constante y justa, y que esta solo será posible si hacemos que la frase que une mejores espacios de colaboración con legislaciones sensibles y actualizadas para quienes habitan en los medios rurales deje de ser otro tópico, ya casi inaudible, por desmontar.

Marzo de 2020