Las nuevas realidades de la comunicación: un difícil reto para la izquierda

 

Héctor Maravall

Ex-Consejero del Consejo de RTVE en representación de CCOO

Abogado Laboralista

 

 

No es fácil pronunciarse desde la izquierda sobre el modelo de medios de comunicación que queremos. Por tres razones básicas: los acelerados cambios tecnológicos, el proceso de globalización y buena parte de las personas menores de 40 años prescinden de utilizar, al menos de forma habitual, los medios de comunicación tradicionales. Las redes sociales son mucho más seguidas que cualquier televisión, radio y no digamos prensa escrita. Por ello las posiciones de los progresistas a la hora de diseñar su modelo de medio de comunicación están cada día más desfasadas.

Los medios de comunicación tradicionales están sufriendo una intensa transformación en su relación con la ciudadanía. De las tres funciones que se atribuyen a los medios: informar, incrementar la formación y entretener, los dos primeros van a quedar cada vez más reducidos a unas minorías, más politizadas o interesadas en la vida pública, más cultas y con mayor disponibilidad de tiempo libre. Y el entretenimiento, por el contrario, interesara fundamentalmente a los sectores populares menos formados y cultos.

Por otra parte, los generadores de información cada vez más no van a ser periodistas o profesionales de la información, ni tampoco editorialistas, ni por supuesto los dueños de los medios de comunicación tradicionales, sino una amplísima y capilar multitud dispersa por todo el planeta, que produce y reproduce información o cualquier género de comunicación, por supuesto sin garantías de veracidad o rigor. A su vez la ciudadanía cada vez va a tener más dificultades para priorizar y asimilar la avalancha de información y comunicación disponible en la red.

La experiencia banal de you tube, el discutible rigor de Wikipedia, el fracaso en la contención de la inmensa red de pornografía o las dificultades para evitar prácticas de acoso, con sus evidentes diferencias, son ejemplos muy significativos de esa nueva realidad, que, dicho sea de paso, llega hasta las aldeas de África, la altiplanicie andina o el delta del Mekong.

Por tanto, las posibilidades de diseñar y sobre todo hacer cumplir un marco legal garantista de los derechos, deberes, principios y valores democráticos, desde los poderes públicos es de una enorme dificultad.

Los instrumentos tradicionales de influencia de los poderes públicos en los medios de comunicación, desde la censura, la financiación explícita o encubierta, las presiones políticas a los propietarios o directamente a través de los propios medios públicos, no es operativa o lo es de forma limitada en las redes sociales. No hay más que ver la imposibilidad hasta la fecha de controlar las formas de comunicación y adoctrinamiento que utilizan las minorías extremistas y terroristas o las dificultades de una dictadura como la existente en China para evitar el tráfico de noticias críticas.

¿Quiere decir todo lo anterior que nos tenemos que resignar a la decadencia de los medios tradicionales y a la creciente hegemonía de las redes y a abandonar la presencia de unos medios de comunicación responsables e identificados con los valores del progreso social, la solidaridad, la democracia, la cultura y el entretenimiento de calidad? ¿Debemos olvidar el objetivo de servicio público de los medios de comunicación tradicionales? Por supuesto que no, pero siendo muy conscientes del marco real en el que nos movemos y en el que nos vamos a mover en el futuro.

Intentando profundizar en esa dirección, tenemos dos magníficos ejemplos en España del papel e influencia de dos modelos de medios de comunicación en las tres últimas décadas. La televisión basura o al menos sensacionalista y populista que llegó de la mano de las cadenas privadas y la breve, pero fructífera, etapa de una RTVE alejada de las garras de los intereses partidistas.

En mi opinión la paulatina derechización de la sociedad española desde principios de los años 90 del siglo pasado tiene bastante que ver con la influencia de las cadenas privadas que en la inmensa mayoría de su programación han fomentado una perversa ideología reaccionaria de la frivolidad, el cotilleo, el sensacionalismo, el individualismo, la condena de la política y de los políticos, la invisibilidad de los sindicatos, los científicos, los intelectuales, las ONGS solidarias, etc. El que en los últimos procesos electorales haya triunfado un partido político tan desgastado y corrupto como el PP tiene mucho que ver con el papel de banalización de la vida pública que han desempeñado los medios audiovisuales.

Es significativo que los únicos programas de contenido político que aún quedan en las principales cadenas privadas, “Al rojo vivo”, “Salvados”, “El objetivo”, “La sexta noche”, aun con diferencias notables entre ellos, bordeen continuamente la demagogia, la frivolidad, la superficialidad, la banalidad. De tal forma que el único programa de perfil político que queda en España, no manipulado gubernativamente y con una evidente dignidad e identificación con los valores democráticos, es “El intermedio”, un programa inicialmente de humor, que de forma creciente ha ido asumiendo un nítido contenido político, de manera que hoy día es el sustitutivo del “telediario” para mucha gente de ideas progresistas.

Es evidente que la lucha legal contra ese tipo de medios de comunicación privados es muy difícil, por no decir que imposible, incluso en países con solidas tradiciones democráticas.

La alternativa solo puede ser unos medios de comunicación públicos que sean un modelo claramente alternativo. Las dos únicas referencias que tenemos en nuestro país han sido la RTVE en la etapa presidida por Pilar Miró y sobre todo el periodo 2007-2011. El nuevo modelo de RTVE impulsado por el primer gobierno de Rodríguez Zapatero partía de un equilibrio político y social en la configuración de su órgano máximo de dirección, el Consejo de Administración, y una exigencia de muy cualificada mayoría parlamentaria en la designación de su Presidencia, además de un sistema de financiación que garantizaba una razonable, aunque limitada financiación.

RTVE en esos años mantuvo altos niveles de calidad y dignidad en su programación, compatible con su función de entretenimiento, una amplia independencia política en los contenidos de sus servicios informativos, un respeto al pluralismo de la sociedad española; todo ello se tradujo en una sensible recuperación de la audiencia y en el liderazgo en los programas informativos.

El triunfo del PP y su inmediata reforma legal, arrasó con ese modelo de RTVE, hundiendo como inevitable consecuencia su credibilidad y audiencia.

Sabemos por tanto cuales son las exigencias para disponer de un medio de comunicación social, que cumpla esa función de servicio público y que sea garantía de pluralidad, calidad y audiencia. La reciente reforma legislativa recupera una parte, aunque no toda, del modelo del 2006. Algo es algo, esperemos que no se haya llegado demasiado tarde. De todas formas está por ver la influencia que pueda tener ese renovada RTVE en un ámbito hoy dominado por los medios privados y ante el inexorable predominio de las redes sociales.

No es un panorama halagüeño ni hay recetas mágicas, en todo caso los progresistas tenemos que profundizar cuanto antes en diseñar alternativas al respecto.

Madrid, 18 de Octubre de 2017