La cultura es un arma cargada de futuro

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Paco Rodríguez de Lecea

Escritor i Ex secretario de Organización de CCOO Catalunya

 

 

 

  1. Trabajo, cultura y libertad

Cuando vivíamos en este país sometidos a la dictadura de Franco, y un telón de acero separaba el llamado “mundo libre” del llamado “socialismo real”, el Partido Comunista de España difundió en un manifiesto-programa la propuesta de una alianza estratégica de las «fuerzas del trabajo y de la cultura». Nada más oportuno. En el imaginario de las fuerzas de progreso, trabajo y cultura siempre han estado unidos de forma indisoluble, siempre han caminado en la misma dirección.

No se trata de un hecho evidente, sin embargo. Hay una corriente de fondo conservadora, que arranca de la Roma del imperio y seguramente tiene raíces incluso más antiguas, según la cual el trabajo embrutece y la cultura redime. Para esta forma de pensar, la cultura nace del ocio, es una especie de lujo añadido a vidas humanas liberadas de la servidumbre del trabajo. Así se acuñó como ideal de vida el ocio “inteligente”, otium cum dignitate.

Cuando desde una perspectiva de izquierda hablamos de cultura, no pensamos en un entretenimiento ocioso sino en una forma de conocimiento superior, el poso fértil depositado por el trabajo incesante de muchas generaciones: la ciencia, la comprensión del mundo, las técnicas para transformarlo.

En ese sentido, trabajo y cultura son dos conceptos que se complementan y se necesitan recíprocamente: no hay cultura sin trabajo, no hay trabajo sin cultura.

La coincidencia de los dos representa un ideal de vida. Un hermoso texto de Karl Marx describe lo que sería una sociedad sin propiedad privada, ni clases sociales, ni Estado, en la que el trabajo no iría ligado a una especialidad ni a un salario, y la cultura no respondería a una ideología de dominación: «Cualquiera puede realizarse en una rama que él desea, la sociedad regula la producción general y en consecuencia hace posible para mí hacer una cosa hoy y otra mañana, cazar en la madrugada, pescar en la tarde, criar ganado al anochecer, hacer teoría crítica tras la cena, exactamente como mi mente decida, sin llegar a ser nunca cazador, marinero, pastor o crítico.»

Llamémoslo utopía, pero no lo descartemos de entrada. Lo que se describe en ese texto es un vértice, un punto en el cual coinciden y se armonizan trabajo, cultura y libertad, de modo que la humanidad se reencuentra y se reconcilia consigo misma en la plenitud de sus potencialidades, sin servidumbre de ningún tipo, sin explotación.

  1. Reivindicación de la cultura

Lo cierto, de regreso ya de la utopía, es que el mundo del trabajo y el de la cultura han vivido un largo proceso de extrañamiento en las sociedades tecnológicamente avanzadas. Buena parte de culpa la tuvo el ingeniero F. W. Taylor (1856-1915), cuya propuesta de una “organización científica del trabajo” hizo fortuna hasta el punto de ser considerada, tanto desde la derecha como desde la izquierda, como un planteamiento “objetivo” y “neutral” superador de los conflictos en el terreno de las relaciones laborales.

El punto de partida de Taylor fue la superación de la falta de eficiencia que observaba en la organización del trabajo en la fábrica: herramientas inadecuadas o mala utilización de las mismas, tiempos muertos, mala sincronización de tareas, etc. Para remediar estos defectos, propuso la realización de estudios científicos de las máquinas, los métodos y los tiempos. En el nuevo esquema, el obrero debía adaptarse a las indicaciones de los técnicos responsables, pero también algo más: desaprender lo que su experiencia le había enseñado, por estar dicha experiencia viciada de origen. El cerebro del obrero tenía que ser una “tabla rasa” que retuviera únicamente los métodos inculcados por el estamento técnico para mejorar la producción. Las preocupaciones de otro tipo (familiares, religiosas, culturales, políticas) eran sólo estorbos para el buen funcionamiento del sistema. Taylor sostuvo que un obrero manual nunca alcanzaría la eficacia que era capaz de desplegar un mono amaestrado.

Probablemente nunca se llegó en ninguna fábrica del mundo al extremo imaginado por el ingeniero. Se trata de otra utopía, simétrica y contradictoria a la formulada por Marx: un trabajo abstracto, absolutamente deshumanizado. Pero el enorme impulso dado por el maquinismo a la producción masiva de bienes colocó sus teorías en un pedestal del que difícilmente podía apeárselas. Más riqueza, susceptible de una distribución mejor, y por tanto de mejores salarios. En la recién nacida Unión Soviética, un Lenin preocupado por el atraso tecnológico del país creyó adecuado implantar las concepciones de Taylor como motor de una industrialización acelerada, y sustituyó el “cerebro vacío” del obrero taylorista por una construcción ideológica basada en el sacrificio personal en aras de un bien colectivo, con gratificación aplazada hasta un porvenir radiante.

Pero el mal es el mismo en los dos contextos: el trabajador es “vaciado” de sus saberes y extrañado de su trabajo hasta el punto de perder, en cierto modo, su condición humana: es un ser demediado, un mecanismo engranado en una rutina productiva organizada al milímetro y al segundo. Su vida laboral ha dejado de pertenecerle. Sólo puede considerar vida propia la que se desarrolla fuera del puesto de trabajo.

Bruno Trentin, que fue secretario general de la FIOM y de la CGIL italianas, ha sido seguramente el crítico más consecuente y tenaz, en nuestros días, de ese desgarramiento íntimo entre el mundo del trabajo y de la cultura, entre la vida laboral y la vida personal. En un libro fundamental para otear las perspectivas de nuestro tiempo, La ciudad del trabajo (hay traducción castellana de José Luis López Bulla que puede consultarse online o bien en papel, en edición de la Fundación Primero de Mayo), Trentin reivindica con fuerza la reinserción de la cultura en el pluriverso del trabajo y, en paralelo, la necesidad de la extensión de la democracia a todo el sistema de las relaciones laborales, en el que rige hasta el momento de forma indiscutida el principio de la subordinación.

Hay una oportunidad, sostiene Trentin, de cambiar para mejor la condición trabajadora con la sustitución del modelo fabril fordista por un nuevo paradigma productivo basado en las nuevas y potentes tecnologías de la información y las comunicaciones. La conexión entre cultura y trabajo no es hoy un resultado deseable pero prescindible en último término, sino una exigencia creciente en un contexto que reclama del trabajador mayor criterio, más iniciativa, y más flexibilidad y polivalencia. Sin embargo, la respuesta que se está dando desde los estamentos empresariales no va por ese camino, sino por el de acentuar la taylorización también de los técnicos a medida que continúa el desguace de la fábrica fordista.

  1. Qué cultura

¿A qué cultura en el trabajo se está refiriendo Trentin? No a la erudición, ni a una cultura de salón, sino a la conciencia por parte del trabajador de lo que está haciendo, de la finalidad última de su actividad, de las correlaciones y repercusiones que tiene, y en definitiva del lugar y la dignidad que le corresponden en el mundo. Cultura en primer lugar como conocimiento y como técnica; pero no sólo eso, porque el hombre es poliédrico y no unidimensional, y por tanto ha de desarrollarse en direcciones diversas. Una iniciativa que Trentin nunca pudo concretar fue el establecimiento por ley de un crédito de 150 horas anuales a cada trabajador para finalidades personales de formación. No necesariamente formación técnica; su idea era dar libertad completa para desarrollar las propias cualidades. «Si un obrero quiere tocar el violonchelo, ¡adelante con el violonchelo!»

Plantea Trentin como objetivo una cultura y una educación libre y democrática, concebida para las personas. Las diferencias con lo que se estila por estas latitudes pueden apreciarse con facilidad en el siguiente texto del Anteproyecto de la LOCME (2012), texto que fue finalmente suprimido sin dejar por ello de ser el norte de determinadas políticas públicas: «La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y las cotas de prosperidad de un país; su nivel educativo determina su capacidad para competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a trabajos de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global.»

Elitismo, clasismo, subordinación de las personas a las conveniencias de la macroeconomía. Las elevadas tasas del IVA a los productos culturales, el desprecio por el pensamiento libre y el amordazamiento de las posturas críticas completan la  nefasta política cultural promovida por el actual gobierno. La reivindicación de instrumentos que promuevan y faciliten el florecimiento de una cultura de signo distinto, libre, democrática y crítica, es por consiguiente indispensable para el progreso de una alternativa eficaz a la política actual.

La cultura está hoy en la línea del frente de batalla de la política. Parafraseando a Gabriel Celaya, es un arma cargada de futuro.

Lunes, 5 de Octubre de 2015