La cultura como horizonte del trabajo libre

 

Paco Rodríguez de Lecea

Escritor y Ex secretario de Organización de CCOO Cataluña

 

DEDICATORIA:

En recuerdo y homenaje a Javier Aristu

 

Uno. La revolución deberá empezar por el lenguaje. La derecha neoliberal hegemónica ha dado un sentido muy determinado (y sesgado) a conceptos tales como trabajo, cultura, política, valor, bienestar, historia, progreso. Desde la izquierda, algunos aceptan la tergiversación siquiera sea para confrontarse a ella, y todo se vuelve un lío porque, con los significados que les atribuyen las derechas, todo ese conglomerado señala una dirección única, dogmática, sin alternativas (TINA). La alternativa solo emerge cuando los conceptos se resitúan en función de otras realidades y se da vuelo dialéctico al pensamiento. Resulta entonces que no estamos en el final de la historia, como nos dicen, sino más bien en el principio de “otra” historia; y que tampoco existe ninguna clave mágica para la solución de los problemas, sino que es preciso esforzarse una y otra vez en analizar a fondo lo nuevo, y en ensayar soluciones innovadoras.

Dos. Se producen equívocos cuando la derecha política y económica se sirve del lenguaje común para  expresar cosas distintas, retorcer los conceptos y señalar direcciones únicas sin una justificación suficiente. Una de las maneras de constatarlo consiste en volver a situarnos mentalmente en los años 2012-2015. ¿Recuerdan? Zapatero había sido incapaz de manejar la crisis financiera que cayó de pronto sobre nuestras cabezas a partir de la quiebra de Lehman Brothers, y cedió los trastos a Rubalcaba, que sufrió un revolcón considerable en las elecciones anticipadas de 20 de noviembre de 2011. No existía oficialmente Vox, y Ciudadanos era aún una opción exclusivamente catalana. La derecha consagrada, el PP heredero de Fraga y de Aznar, recibió la cantidad de 10,7 millones de votos (44,62% del total) y entró a gobernar con una holgada mayoría de 186 escaños. El PSOE cosechó sus peores resultados en democracia (después, bajaría más aún). Mariano Rajoy preparó una muy amplia y dura desregulación laboral (la llamó “reforma”, ¿ven lo que decía antes de las trampas del lenguaje?), y se arrellanó en su poltrona dispuesto a gobernar en solitario los próximos mil años, imponiendo el programa máximo del neoliberalismo mediante el rodillo de su mayoría absoluta en el Congreso.

En el año 2015, Rajoy anunció que iba a crear 20 millones de empleos en tres años, para sacar a España de forma definitiva de una crisis que, en cualquier caso, daba ya por superada.

No se trataba, sin embargo, de 20 millones de puestos de trabajo, en el sentido que todos dábamos antes a ese concepto. Cada puesto de trabajo, en efecto, podía dar lugar a dos, tres, siete… empleos sucesivos para la misma tarea específica. Empleos, casi no hace falta puntualizarlo, precarios, mal pagados y desprovistos de prevención y de asistencia social.

La propuesta de Rajoy (no fue la única en Europa, en aquellos años) daba una vuelta de tuerca a la economía clásica. El beneficio de la empresa dejaba de residir en el resultado (mercancía o servicio) de su actividad, y se extraía en cambio del proceso mismo, mediante la utilización abusiva de una fuerza de trabajo muy barata y fácilmente sustituible. La calidad del producto dejó de tener importancia. Ahora el empresario manejaba, no un “ejército de reserva” para abaratar la mano de obra, sino toda la mano de obra disponible, como reserva de sí misma. No había titulares en el terreno de juego y suplentes en el banquillo, sino un carrusel interminable de entradas y salidas continuas en la “alineación”, para eludir las normas legales sobre las cotizaciones. Todos los contratos pasaron a ser “a prueba”, todos temporales, y el plazo de vigencia indicado para cada prestación se fue acortando, en término medio, hasta desfigurar por completo el concepto histórico de trabajo. Así, se llegó a afirmar que en la economía moderna el trabajo había desaparecido. Por cierto, se cargó la culpa de tal hecho sobre las espaldas de la robótica.

Tres. Vale la pena examinar la relación entre ese trabajo “sin cualidades”, que promovió el PP gobernante y que sigue siendo el paradigma ideal que manejan tanto Casado como la FAES, y el concepto de cultura que abanderaba la derecha entonces, y que tampoco ha cambiado. Yo mismo resumí en junio de 2015 los diferentes planos de la política cultural del PP, como sigue1:

1) Degradación de la educación pública a través de recortes drásticos en los presupuestos, combinada con la promoción, a través de incentivos varios, de colegios y universidades privados, confesionales, de pago y elitistas, de modo que aseguren no más libertad, sino más ideología basada en la perpetuación de las desigualdades de renta y de cultura.

2) Enfeudamiento de la información, a fin de asegurar la docilidad de los medios masivos (los mass media) a los intereses, las indicaciones y las sugerencias de los centros neurálgicos del poder económico.

3) Recorte de las subvenciones e imposición de tipos altos de IVA a los productos, las manifestaciones y los espectáculos relacionados con el arte y la literatura, lo cual propicia que el terreno artístico se convierta en coto prácticamente exclusivo de la élite del dinero, y responda en todo a sus criterios y categorías valorativas. Tal cosa como un arte popular libre y crítico ni se financia ni se concibe.

Cuatro. En el paradigma neoliberal la relación interna entre trabajo y cultura es inexistente. El “trabajo” se concibe como una actividad heterodirigida, realizada siempre a un ritmo frenético, y carente tanto de lógica interna como de finalidad. La “fuerza de trabajo” se convierte en un fondo anónimo de actividad descualificada e indiferenciada, mecánica y rutinaria.

Esta característica no afecta solamente al trabajo físico, sino también al técnico y administrativo. Un “nuevo taylorismo” desgaja del trabajo la cultura del propio trabajo, y convierte la reflexión consciente del trabajador sobre su tarea en una serie compleja de automatismos colocados bajo control cibernético. Se exige del estamento técnico una participación inteligente y una autonomía de decisión, pero al mismo tiempo se fragmenta y se limita su “campo de visión”, de modo que dependa en todo de las indicaciones de los estamentos superiores y de las curvas de eficiencia diseñadas mediante algoritmos que se mantienen en secreto, como un privilegio exclusivo de la altísima dirección.

Cinco. En la visión de la derecha, trabajo y cultura son realidades, no solo distintas, sino contradictorias. Donde hay trabajo, no hay cultura; donde impera la cultura, el trabajo es un término remoto. Se reproduce así un esquema clásico de la Roma antigua: trabajo servil versus cultura señorial como otio cum dignitate.

Pero, en una época en la que llevan mucho tiempo publicadas y oficialmente vigentes las cartas y declaraciones de derechos del hombre y del ciudadano, esa neoconcepción neoliberal de una prestación laboral heterodirigida “pura”, en la que la cultura de trabajo que el operario vuelca en su tarea tiene un valor igual a cero, no corresponde al nivel político y económico alcanzado por la humanidad; antes bien, es de naturaleza rigurosamente ideológica, y está presidida por una lógica burda de dominación arbitraria y de una desigualdad de oportunidades impuesta e irreversible.

En una concepción de izquierda, por el contrario, cultura y trabajo son el haz y el envés de la misma realidad. El trabajo es praxis; la cultura, en tanto que conjunto de saberes acumulados a partir de la praxis, indica un “deber ser”, una dirección de avance hacia un futuro potencialmente mejor.

En el tándem formado por los dos conceptos, queda implícito en todo auténtico pensamiento de izquierda un tercer concepto, que es el de “libertad”. La cultura implica siempre libertad, y el trabajo tiene sentido y valor (valor de uso y valor de cambio también) en la medida en que es consciente y libremente asumido. Los propietarios marran el tiro cuando dirigen sus esfuerzos a hegemonizar la cultura como un patrimonio valioso, y degradar de forma simultánea el trabajo, que es un ingrediente necesario de esa misma cultura que quieren separar del contexto mundano, social, para ensalzarla como una variable autónoma2.

Seis. La cultura entendida como inseparable del trabajo humano, útil a la sociedad, cargada de futuro al modo que Gabriel Celaya reivindicaba de la poesía3, es, por supuesto, “materia sindical”, y debe ser objeto de debate interno por cuanto el sindicato, hoy, no se conforma con ser una organización subalterna encaminada a amortiguar las fricciones entre capital y trabajo a través de una concertación predominantemente salarial.

En un paradigma más antiguo, el sindicato jugaba un papel de apoyo táctico al partido político de la clase obrera. Era este, el “príncipe moderno” en formulación de Antonio Gramsci, el que desempeñaba en exclusiva un papel activo, y protagonizaba la función de organizar y representar, tanto en la calle como en las instituciones, a la sociedad de la que recibía el voto.

Ese reparto de tareas en la izquierda no sirve ya. El partido político ha evolucionado y perdido su vocación prometeica; y el sindicato no puede limitarse a tareas ancilares ni a reivindicaciones meramente económicas. La autonomía sindical se alza frente a la autonomía política4. Las dos exploran el mismo territorio, sin exclusiones ni compartimientos estancos. El sindicato necesita una base cultural propia para abrirse en un mundo de un gran espesor, sin dar palos de ciego. No le bastan los “préstamos culturales” desde el partido. Lo que no sabes por ti mismo, no lo sabes, como dice Bertolt Brecht en un poema dedicado a un obrero al que anima a hacerse preguntas y hacerlas a otros.

Siete. Quizá conviene en este momento precisar algo más la definición de “cultura”, dado que todo lo que recibe el nombre de cultura, así en bloque, es un cajón de sastre excesivamente grande para debatirlo en reuniones sindicales. En un sentido más preciso, se trataría en primer lugar de la cultura relativa al propio trabajo, eso que Trentin describía a Togliatti en el texto linkado en la nota 4 al pie de este artículo. Y en segundo lugar, desde un punto de vista más general, sería algo que el sindicalista y filósofo italiano Riccardo Terzi, a la sazón secretario general de la Federación de Pensionistas de la CGIL, formuló del modo siguiente en una entrevista que le hizo el periodista Salvo Leonardi5: «la capacidad de representar los intereses generales del país, más allá del lenguaje de una ‘corporación’, de un segmento social.»

Ocho. El término cultura vale, pues, como horizonte político general, y no estrictamente de “clase” en el sentido de “parte”. Cultura de dirección, en los dos sentidos de la palabra “dirigir”, que excluyen, ambos, la delegación de la iniciativa política en otras organizaciones o instituciones. Terzi comentaba así a Leonardi la situación de su sindicato, la CGIL: «Su proyecto de autonomía está aún incompleto. No hay autonomía si no hay una investigación que nutra al sindicato de las bases culturales que impidan las instrumentalizaciones políticas y las invasiones de terreno. Ser autónomos quiere decir que se debe tener un soporte teórico para leer la realidad.»

Y en la misma entrevista citada, añadía Terzi: «Son los cambios extraordinarios de nuestro tiempo los que reclaman [del sindicato] una teoría, una visión y una interpretación del mundo.»

 

Notas

Noviembre de 2021