Josep Fontana y la enseñanza de la Historia. Notas para una introducción

 

José Gómez Alén

Historiador, Fundación de Investigaciones Marxistas

 

 

Finalizando el pasado mes de agosto, conocíamos el fallecimiento de Josep Fontana y una sucesión de obituarios y notas necrológicas, con la espontaneidad e  inmediatez que demandaba la noticia, se aproximaban a la obra del historiador catalán. Los medios de comunicación recogían textos de historiadores que, desde diversas comunidades autónomas, abordaban las líneas de trabajo transitadas por el profesor Fontana durante los últimos sesenta años. En unos casos se destacaba su aportación a la renovación historiográfica española del siglo XIX desde su libro La quiebra de la monarquía absoluta. En otros la atención se fijaba en la amplitud temática abarcada en sus obras sobre el siglo XX y la crisis de la primera década del siglo XXI o apuntaban  rasgos analíticos sobre sus aportaciones a la teoría de la Historia y su participación en debates historiográficos diversos. Alguno también mediaba en cierta polémica desencadenada por la utilización que el nacionalismo catalán o español había realizado de la posición del profesor Fontana que, en el fragor de las confrontaciones políticas del presente, se había tergiversado.

Otros destacaron su papel como editor al frente de las secciones de historia de Ariel primero o de Crítica después. Su trabajo en el campo editorial contribuyó a la renovación de nuestro conocimiento historiográfico familiarizándonos desde los años sesenta del siglo XX, con la obra de Pierre Vilar, A. Soboul, la de británicos como E.P Thompson, E. Hobsbawm, R. Hilton o M. Berg y la de autores tan diversos como Lubrinskaya, M. Kossok o Ranahit Guha. Una labor, siempre reconocida que complementaría con el apoyo a los jóvenes historiadores que iniciaban sus carreras profesionales a comienzos de los años setenta. Los más de 150 prólogos realizados son una evidencia incontestable de ese trabajo editorial. No ha sido pocos, también, los que se refirieron a su sentido de la amistad o a la enorme generosidad con que atendió a alumnos y profesores ante cualquier demanda de información o sugerencias, algo que personalmente puedo testimoniar en numerosas ocasiones a lo largo de más de dos décadas. Todos estos aspectos fueron igualmente recordados en el Congreso Pensar con Marx Hoy, (Universidad Complutense de Madrid) en el que la sección de historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas dedicó una sesión de homenaje para rememorar los rasgos esenciales de la obra de Josep Fontana, algo que tendrá continuidad en la revista Nuestra Historia.

La magnitud de su obra a buen seguro merecerá en algún momento un estudio global, que hoy aún está por hacer, pero mientras llega podemos apuntar algunas notas sobre un aspecto menos conocido y apenas destacado en el ámbito académico. Reconocido como maestro de historiadores, fue al mismo tiempo, también para muchos, un maestro de profesores. Su permanente preocupación por la renovación de la enseñanza de la Historia y su sentido del compromiso con esta tarea tenía que ver con las primeras ideas que influyeron en su forma de entender la historia. Pierre Vilar, uno de sus maestros, le dio, ya en 1957, algunas pautas sobre el valor de la historia que enseña a “pensar históricamente”. También en la temprana lectura de Gramsci encontró otra parte del hilo conductor de su concepción de la historia “nuestra disciplina se refiere a los hombres…, a todos los hombres del mundo en cuanto se unen entre sí en sociedad y trabajan, luchan y se mejoran a sí mismos”.

El contendido profundo de estas ideas explica el interés de Fontana por la renovación de la enseñanza de la historia y por el tipo de historia que podíamos enseñar. La responsabilidad del historiador y del profesor de historia lleva a su compromiso con su función social y como él señalaba “debemos de tratar de estimular a pensar históricamente para entender mejor los problemas de su tiempo y su entorno… investigar es importante pero comunicar lo es igualmente o más”. Ese es un compromiso que para el profesor Fontana era “una forma de estar en el mundo y luchar con las armas de mi oficio contra todas aquellas cosas que impiden que se realice una sociedad donde exista la mayor igualdad posible dentro de la mayor libertad posible”. Estas ideas formaron un corpus de pensamiento que Fontana no solo aplicó a su propia práctica docente sino que trató siempre de difundirlas en el ámbito donde se iniciaba la formación de la conciencia ciudadana, en la enseñanza media.

Y pronto, a comienzos de los años setenta, proporcionó a los jóvenes profesores un libro que sirvió de guía programática para el futuro de algunas generaciones de profesores. La Historia, hoy apenas cuenta entre la bibliografía del historiador catalán, aunque su importancia ha sido resaltada por historiadores como José Luis Martín, Carlos Martínez Shaw o quien estas palabras escribe. Aquel volumen nos ofrecía una sistematización del desarrollo histórico muy alejada de los caminos tradicionales que entonces predominaban en España y que asumirlas era también asumir unas propuestas historiográficas subversivas como algunos comprobamos en diferentes momentos. Fontana introducía conceptos como división social del trabajo, estratificación y conciencia social, geopolítica, modos de producción y otros que coherentemente transitaban por las 143 páginas del libro amparados en oportunas referencias a Marx y Engels; Gramsci; E.P. Thompson, Pierre Vilar; W. Kula, E. Labrousse, L. Febvre, M. Bloch, J. Bernal o Gordon Childe. El libro se iniciaba con una  entrevista a E. H. Carr, en la que ponía en boca del historiador británico respuestas sobre el materialismo histórico y otros temas y ponía punto final al volumen con un vocabulario y una selección de  lecturas recomendadas.

El libro y los artículos que le siguieron o el posterior Historia. Análisis del pasado y proyecto social, fueron faros que iluminaron la renovación de la enseñanza de la historia, que se plasmaría en los colectivos que entorno a ideas como las desgranadas por Fontana fueron emergiendo en toda España durante las décadas de los setenta y ochenta. No podemos mencionarlos todos pero grupos como Germanías; 13-16 o Cronos entre otros que incorporamos aquellas propuestas historiográficas en nuestro trabajo didáctico, tenían parte de su origen en aquel primer libro sobre la historia.

Durante los últimos cincuenta años, la preocupación de Fontana por la enseñanza de la historia fue constante y siempre en contacto con los profesores. Lo mismo participaba en jornadas de renovación pedagógica en Cataluña, el País Valenciano, Extremadura o Galicia, que contribuía con artículos en la prensa diaria, en revistas como Cuadernos de Pedagogía o allí donde se requería su presencia y sus reflexiones. Se había convertido, casi sin saberlo, en una referencia para varias generaciones de profesores y nunca dejó de atender una llamada de este sector. El mismo, como director del Institut Jaume Vicens Vives, promovió un seminario de historia para profesores de enseñanza secundaria donde impartiría conferencias y charlas mientras la salud se lo permitió.

Josep Fontana siempre defendió la importancia de nuestra disciplina dentro del sistema educativo por “su capacidad para formar una conciencia crítica y por aportar herramientas para construir el futuro”. Al final de su vida, después de sesenta años dedicados a la historia, el trabajo como profesor y las actividades orientadas al profesorado de enseñanza media, eran una de las tareas que más satisfacciones le habían proporcionado, y así lo reconocía en una última entrevista “me siento orgulloso de haber sembrado una idea, de haber estimulado a alguien a pensar por su cuenta, que es lo que explica que esta idea siga viva en la actualidad. Eso debe ser lo mejor que me ha pasado en este terreno…”[1].

[1] Josep Fontana i Lázaro, Entrevista, introducción y notas, José Gómez Alén en Nuestra Historia, nº 3, 2017, Fundación de Investigaciones Marxistas.

Febrero de 2019