Hegemonía y subalternidad

 

Javier Aristu

Ha sido profesor de Literatura. Autor del libro El oficio de resistir. Miradas de la izquierda andaluza durante los años sesenta (Comares). En la actualidad coordina el blog de opinión En Campo Abierto y la revista digital de pensamiento Pasos a la Izquierda

 

En 1966 Juan Goytisolo escribía en su prólogo al libro El furgón de cola: «mientras en los últimos años la estructura económica de nuestra sociedad se transforma rápidamente y la conciencia individual y social refleja las consecuencias del cambio, el término “España” mantiene entre los intelectuales su inalterable claroscuro». El narrador debatía contra una visión desenfocada, despuntada, del país que, en cierto modo venía reproduciéndose desde finales del siglo XIX y que giraba en torno a una visión más idealista o metafísica de España que a una perspectiva justa y acertada de sus nudos sociales. Goytisolo apostaba claramente en aquel texto por reconocer y certificar los cambios estructurales en una economía y una sociedad como la española que caminaba resueltamente hacia un modelo industrial y neocapitalista. Frente a esta realidad, una buena parte de la «intelectualidad» seguía pensando en una España inexistente o almacenada en algún lugar del propio yo del intelectual. Como sabemos, buena parte de la trayectoria de la oposición democrática española de aquella década, de sus errores, fracasos y deficiencias, está precisamente ahí, en el desajuste entre la realidad y la conciencia de la misma.

En el fondo, tal debate no expresaba sino el estado de la cuestión del problema de la hegemonía, de la capacidad de persuasión de unas ideas o de otras, en aquella sociedad española sometida, contradictoriamente, a una dictadura política y a unos potentes cambios sociales. Si se me permite hacer una primera recapitulación creo que la experiencia de aquellos cortos pero intensos años sesenta muestran la incapacidad de buena parte de la intelectualidad española por ajustarse y entender lo que estaba pasando en los hondos procesos sociales en curso. De esa cierta incapacidad o limitación por entender lo que estaba pasando se deducía, consecuentemente, una imposibilidad por saber actuar frente a aquella opresión política, social y cultural. Podríamos hacernos, incluso, la molesta pregunta: ¿No es acaso cierto que la gente normal, el español medio, iba por un lado y el intelectual de izquierdas, o al menos antifranquista, caminaba por otra vereda? A algunos, nos dice Goytisolo, «les seguía doliendo España», pero, a la postre, España se estaba transformando.

Una salvedad: solo algunos, procedentes de cierto movimiento social que por aquellos años comenzaba a adquirir velocidad se enteraban de lo que estaba pasando. Los hombres y mujeres de aquellas comisiones obreras sabían lo que estaba pasando, o al menos sabían más que muchos intelectuales lo que estaba pasando. De esa coincidencia entre proceso real y conciencia o conocimiento de este surge el acierto de una línea estratégica donde se mezclaba, de forma muy inteligente, la reivindicación concreta ligada al puesto de trabajo y la demanda global de una salida democrática y antifranquista.

2020 tiene poco que ver con 1966. El medio siglo trascurrido ha cambiado la realidad española, los marcos de relaciones de los españoles y los instrumentos con que se desarrollan los procesos de hegemonía, pero nos queda todavía la molesta pregunta que hacíamos antes: ¿Es posible que hoy se esté produciendo algo parecido? ¿No puede ser que la gente vaya por un lado, por la vereda de sus propios y reales intereses y el intelectual progresista, o de izquierdas, siga por una senda divergente reclamando o dictando consignas que no se acompasan con la realidad de los hechos? El momento actual, marcado por la pandemia y por una crisis histórica desconocida en décadas no se parece nada a los años del crecimiento económico, consumismo e impulso industrial de los años a los que se refiere Goytisolo. Pero sí puede ser metáfora de aquella dicotomía a la que se refirió el novelista catalán.

Los procesos de hegemonía por parte de una clase subalterna son posibles si antes se ponen en marcha, por parte de esa clase, adecuados procesos de conocimiento de la realidad, de captura de esos nudos y problemas que son los que caracterizan la vida concreta de la gente y dan forma a la específica morfología, siempre morfología dinámica, de una sociedad. Los actuales procesos productivos, los reales procesos de la vida social, se están dando de manera concreta y con características propias delante de nuestras caras; la vida social está mutando a mucha velocidad y hacia horizontes todavía desconocidos. Tratar de controlarlos o de someterlos a viejos patrones metodológicos o culturales, intentar dominarlos mediante viejos catecismos de una «izquierda industrializada» es tentar al fracaso histórico. Del mismo modo que en 1966 «la gente de comisiones» apostó por nuevos instrumentos y nuevos contenidos culturales a fin de conectar con la realidad social, hoy sus herederos deben seguir ese principio y entrar sin ningún miedo y reparo en el magma difuso pero real en el que estamos inmersos. El sindicalismo de estos años tiene que ser, forzosamente, muy diferente al que era en una estructura y tejido industrial fordista; la economía, ese entramado de intereses y conflictos que penetra en las más pequeñas células de la sociedad, está mutando de forma radical hacia otra fase. El mundo de hoy ya no es igual que el del pasado; leer esos procesos de forma correcta es la primera condición del sindicato para construir un proyecto solvente y dirigente.

Enero de 2021