¿Hacia otras formas de definir la seguridad?

 

Gemma Galdon Clavell

Doctora en políticas de seguridad y tecnología

 

 

La seguridad (tanto ciudadana como nacional y exterior) se ha convertido en una preocupación evidente de las políticas públicas y en un elemento de importancia creciente en la agenda urbana. Apoyado en el miedo a una amenaza que es global (ISIS) pero que actúa localmente (Nueva York, Madrid, Bruselas, Barcelona…), el discurso securitario entronca también con una progresiva exigencia de control y eliminación de la incertidumbre en la vida en las ciudades. De la reivindicación de la aventura urbana, el descubrimiento, el encuentro del otro, la incertidumbre y la sorpresa como valor positivo, la modernidad líquida (Bauman 2000) parece buscar en las esquinas las certitudes perdidas en la vida personal, en el trabajo, en la política. Mientras muchos teorizaban el potencial del gobierno de la proximidad en términos de representación, responsabilidad y rendición de cuentas, lo que realmente ha ido emergiendo en nuestras ciudades fue la erosión de garantías democráticas y la eliminación de la tolerancia como ingrediente imprescindible de la vida urbana. Ante la emergencia de una seguridad ontológica, ligada a la erosión de la cohesión social y del papel redistributivo de los estados del bienestar, las sociedades i ciudades del siglo XXI tienden a buscar respuestas en las estrategias policiales.

Sin embargo, la seguridad (social, jurídica, vital) fue también una de las grandes conquistas de los movimientos emancipadores de la modernidad. Se reconocía entonces que la falta de seguridad afecta sobre todo a aquellos que menos tienen, a los que no pueden comprarla en el mercado privado. Las presiones actuales para convertirla en moneda de cambio (seguridad versus libertad), en un privilegio (para quién pueda pagarla) o en patrimonio policial y del estado ponen en evidencia la centralidad del concepto en el combate por la democracia, y hacen aún más incomprensible la inexistencia de alternativas y de discursos que desde el compromiso con los derechos reivindiquen una seguridad basada en la igualdad y la cohesión social.

Que el vínculo entre democracia, crisis y seguridad no sea para muchos inmediatamente evidente muestra cuánto se ha ignorado en los últimos 35 años la conceptualización y construcción de la seguridad en democracia. Hoy, sumidos en la crisis que quiere poner fin a los avances sociales y políticos de la posguerra mundial, ese olvido se hace más evidente que nunca –la represión no sorprende porque no se imaginan fuerzas de seguridad no represivas; se culpa a la delincuencia de la inseguridad porque nunca se ha desarrollado un discurso de la seguridad basado en los derechos, la cobertura social y la cohesión; y se sigue pensando que la seguridad es algo ajeno a la salida de la crisis, como si la seguridad material y simbólica no fuera uno de los elementos clave del combate por la igualdad de derechos.

Parece que la permanente excepción justificada por la amenaza terrorista ha acabado de apuntalar una seguridad conservadora, centrada en la prevención de un ‘mal’ que emerge al calor de un choque de civilizaciones y que se difunde a través de los usos impropios del espacio público. En este contexto, derechos y valores que parecían irrenunciables, como la privacidad, la libertad o la equidad pasan hoy a segundo plano y se intercambian por seguridad, con la esperanza de que el sacrificio permita el blindaje de la vida urbana a las inseguridades de la era del ‘terror global’. Con la esperanza de poder volver a agarrarnos a algo sólido. Nos dormimos con Liberté, Égalité, Fraternité y nos levantamos con Securité, Securité, Sécurité.

El problema es que, lejos de aumentar los niveles de seguridad, la obsesión securitaria no parece hacer que la sociedad se sienta más segura. A pesar de la inversión continua en seguridad y del descenso generalizado de las tasas de delincuencia en la mayor parte del mundo occidental durante los últimos 30 años, los sentimientos de inseguridad y la demanda de seguridad no deja de aumentar. Sacrificar la justicia y la igualdad no parece haber aportado más seguridad, con lo que al final nos hemos quedado sin justicia, sin igualdad y sin seguridad. Parecería, pues, que en la búsqueda de la seguridad, hemos estado sacrificando precisamente lo que no deberíamos sacrificar. Los valores que apuntalarían una seguridad humana centrada en las personas y los derechos.

Pero poco parece quedar ya de las buenas intenciones de la ONU, sus intentos de avanzar hacia una ‘seguridad humana’ y de la voluntad de avanzar hacia una comprensión compleja de la inseguridad y el sentimiento de inseguridad, una comprensión que incluya factores y preocupaciones sociales e incorpore el impacto psicológico de las desigualdades y la falta de redes de apoyo públicas fuertes. Una seguridad que entienda que la inseguridad afecta sobre todo a los más vulnerables, y que por lo tanto debe formar parte de todo programa de emancipación basado en la igualdad y la justicia.

¿Existen alternativas? Sólo si parten de una redefinición de la seguridad, la inseguridad y el papel de la seguridad pública en la consolidación de las garantías democráticas y los derechos colectivos. Sólo si entendemos la inseguridad como mucho más que la ausencia de delitos –como el andamio social y legal de las sociedades democráticas. Sólo si los que quieren ser protagonistas del futuro dejan de mirar para otro lado cada vez que alguien recuerda que la utopía no debería ser sólo igualitaria y justa, sino también segura.

Miércoles, 14 de Febrero de 2018