Globalización y democracia

 

Gabriel Flores

Economista

 

 

Pocas palabras han tenido en las dos últimas décadas tanto éxito en el uso común y académico como la globalización. Popularidad que lleva asociada una inevitable falta de precisión que convierte al concepto en un cajón de sastre que abarca múltiples procesos de muy diferente naturaleza (Flores y Luengo, 2006).

La globalización ha supuesto la intensificación del comercio mundial de bienes y servicios, que se ha multiplicado por 7 desde 1980. Y ha generado un fenómeno de enorme relevancia que distingue y define la actual ola globalizadora: la extrema movilidad internacional del capital. En 2008, el comercio mundial de bienes y servicios rondaba los 14 billones de dólares al año, cifra muy inferior a unos flujos financieros que suponían algo más de 3 billones al día. Las operaciones financieras se han independizado del comercio, animadas por una lógica especulativa en la que predominan las operaciones a corto y muy corto plazo. Esa financiarización ha facilitado que los grandes grupos empresariales desarrollen sus procesos productivos en largas cadenas de valor, desconecten los espacios de producción de los mercados de venta y deslocalicen sus beneficios fuera de los territorios de los Estados en los que desarrollan su producción.

La globalización ha proporcionado una ventaja crucial a las empresas multinacionales en dos cuestiones muy importantes. Por un lado, en la pugna por distribuir la renta generada y negociar salarios y condiciones de trabajo, limitando las posibilidades del diálogo social y la negociación colectiva. Por otro, al debilitar sustancialmente el poder de los Estados para imponer reglas y aplicarlas a los grandes grupos empresariales que, en sentido contrario, refuerzan su influencia en terrenos tan importantes como impulsar reformas del mercado de trabajo, desregular mercados y operaciones financieras, recortar gasto público o privatizar la actividad económica rentable que realiza el sector público. Supone, en consecuencia, una reducción de las opciones que puede elegir la ciudadanía y, por tanto, el debilitamiento de la democracia. No puede extrañar que la globalización haya generado propuestas y corrientes antiglobalizadoras, tanto a diestra como a siniestra.

La inquietud de buena parte de la sociedad ante la globalización y sus efectos se ha manifestado en el último año con rotundidad. Desde el referéndum del Brexit hasta el ascenso electoral de Le Pen en las últimas presidenciales francesas, pasando por el acceso a la Casa Blanca de Trump. La apuesta neoproteccionista y antiglobalizadora de derechas o extrema derecha carga sus argumentos con tintas xenófobas que centran sus críticas en la inmigración y en los peligros que supone para la seguridad y la identidad nacional. Curiosamente, la prédica antiglobalizadora de las derechas se despreocupa del más importante componente de la actual globalización, el auge de las operaciones financieras y las restricciones democráticas que su desregulación ha impuesto.

En el extremo opuesto del arco político hay también posiciones antiglobalizadoras de la izquierda anti-sistema cargadas de principios que centran su agitación en defender la abrogación y sustitución del capitalismo. Pocas veces se encuentra en sus discursos una clara diferencia entre las críticas frontales de carácter político o ético al sistema capitalista y las propuestas tácticas a corto plazo destinadas a controlar el funcionamiento de la globalización o tratar de impedir sus efectos destructivos.

Las propuestas para democratizar la globalización

Al margen de disyuntivas simplificadoras a favor o en contra de la globalización se pueden hallar múltiples críticas progresistas de la actual ola globalizadora, que se considera causante de una intolerable desigualdad social y una excesiva transferencia de soberanía a organismos supranacionales que reducen los márgenes de maniobra de los Estados y la capacidad de elección a los ciudadanos. Corrientes de izquierdas que abogan por mantener los beneficios que puede generar la liberalización comercial y, al tiempo, por moderar la mundialización con un proteccionismo razonable (Montebourg, 2011). Defienden así una desglobalización que preconiza la puesta en pie de reglas financieras, destinadas a penalizar los movimientos de capital a corto plazo para limitar contagios desestabilizadores, y normas que aseguren que la competencia se produzca entre países con sistemas sociales similares, para que no ejerza una presión a la baja sobre los sistemas de protección social y medioambiental existentes (Sapir, 2011). Su objetivo es impedir una presión competitiva insostenible sobre los países con mayores niveles de protección social y ecológica por parte de economías que, pese a tener similares niveles de productividad del trabajo, no cumplan obligaciones parecidas en materia de protección social y medioambiental.

Otros autores y corrientes políticas apuestan por un cambio de gobernanza de los procesos de globalización. Sus propuestas se encaminan hacia la construcción de organismos mundiales que garanticen una gobernanza global (Lavallée y Siroën, 2006) o, en sentido opuesto, hacia un mayor equilibrio entre globalización y democracia que rebaje la intensidad de la mundialización para hacerla compatible con niveles suficientes de autonomía nacional (Rodrik, 2012).

En la primera de estas respuestas democratizadoras destinadas a embridar la globalización, a la que podríamos denominar mundialista, la recuperación de la capacidad de decisión democrática de la ciudadanía se lograría con la creación de un Parlamento mundial elegido, de forma directa o indirecta, por sufragio universal. Tal iniciativa presenta dos grandes problemas: primero, su realización se antoja imposible en un plazo razonable; segundo, en caso de ser factible a medio o largo plazo, no aseguraría un tratamiento específico de los problemas existentes en cada país ni una mejora de la calidad democrática de la representación política o, menos aún, del control ciudadano sobre representantes globales. Es una opción lógica pero irrealizable que tiene el interés de señalar los lazos contradictorios entre globalización y democracia.

Existe también una aproximación más cauta al problema de la democratización que considera que la promoción de instituciones y normas globales (una gobernanza mundial) ayudaría muy poco a resolver los problemas que genera la globalización. El autor que con mayor agudeza ha reflexionado sobre este tipo de propuestas que apuntan a un nuevo modelo de globalización es Dani Rodrik. En su opinión, en lugar de empeñarse en continuar aplicando normas que promuevan una hiperglobalización, habría que construir otro modelo normativo dirigido prioritariamente a mejorar la democracia y los procesos de toma de decisiones nacionales. Por encima del impulso del comercio o las inversiones están los requerimientos de una democracia digna de tal nombre en la que la ciudadanía pueda valorar diferentes opciones y decidir. Porque no se trata de salvar la actual globalización sino de reconducirla o revertirla hasta niveles socialmente aceptables que la sustenten porque la ciudadanía percibe sus ventajas. Su objetivo sería mantener una economía global razonablemente abierta que permita socializar y repartir con más equidad que ahora las ventajas que supone el comercio internacional, sin condicionar o forzar la voluntad de Estados y ciudadanía. Los fallos o errores que acompañan a los procesos de deliberación y decisión nacionales en materia de política económica no se deben intentar corregir imponiendo soluciones tecnocráticas globales, sino mejorando el debate público y la toma democrática de decisiones en cada país.

Se trataría de adoptar un modelo de mundialización que, en lugar de orientarse a impulsar la globalización a toda costa, con el consiguiente empobrecimiento del debate ciudadano, procurara mejorar la democracia y la calidad de los procesos deliberativos y decisorios nacionales y supraestatales. Para ello, habría que consensuar y promover normas y requisitos procedimentales destinados a mejorar la transparencia de las decisiones, la representatividad de los órganos decisorios, la rendición de cuentas a la ciudadanía y un mayor uso de prácticas y evidencias científicas en la toma de decisiones.

El debate continúa, pero hay ya muchos mimbres para desarrollar una propuesta viable y eficaz de democratización de la globalización. Propuesta que también tendría que concretarse en un programa de cambio de políticas e instituciones en la desgastada, más amenazante que protectora e insostenible hiperglobalización que existe en la eurozona y la Unión Europea.

 

Bibliografía:

FLORES, G. y LUENGO, F. (2006), “Globalización, comercio y modernización productiva”, Ediciones Akal, Madrid.  

LAVALLÉE, E. y SIROËN, J-M. (2006), Mondialisation et gouvernance, Idées, n°145, p. 27-33.  http://www.educ-revues.fr/ID/AffichageDocument.aspx?iddoc=35285

MONTEBOURG, A. (2011), “¡Votad la desglobalización!”, Ediciones Paidós, Barcelona.

RODRIK, D. (2012), “La paradoja de la globalización”, Antoni Bosch Editor, Barcelona.

SAPIR, J. (2011), “La Démondialisation”, Le Seuil, París.