EL FUTURO DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA: VALORES, PERSONAS Y RELACIONES

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Quim Brugué

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la UAB

 

 

 

Después de una larga y relativamente tranquila trayectoria, la administración pública de los estados liberales occidentales ha sido objeto de intensos debates y polémicas. Ante las primeras manifestaciones de la crisis del estado de bienestar, se reaccionó culpabilizando a la administración pública. Esta, según los argumentos dominantes durante los años ochenta, se había convertido en un lastre insoportable para el desarrollo económico y social. Una especie de parásito que chupaba la energía de una sociedad abrumada por la lentitud, la rigidez, la ineficiencia y los costos de las instituciones públicas.

Ante este diagnóstico, la receta para salvar el estado de bienestar pasaba por modernizar la administración pública y, para ello, era necesario replicar aquellas técnicas y aquellos estilos de gestión que se habían desarrollado en el sector privado. Bajo este paraguas nacía la llamada Nueva Gestión Pública. Este paradigma, en palabras de un reputado académico británico, “otorgaba un rol apocalíptico a la gestión”; es decir, proponía despolitizar y desburocratizar la administración en beneficio de una gerencialización que, amparada en la aplicación de criterios profesionales, prometía no sólo mejorar el funcionamiento de la administración sino, más ambicioso aún, salvar el estado de bienestar .

Durante al menos dos décadas, la Nueva Gestión Pública ha orientado el discurso y las prácticas dominantes en los procesos de modernización de las administraciones públicas occidentales. Sus resultados, sin embargo, han sido menos “apocalípticos” de lo que se podía esperar. Ciertamente, sería absurdo negarlo, este paradigma ha supuesto mejoras de carácter eficientista en la prestación de determinados servicios públicos. Pero también parece obvio que su promesa de salvar el estado de bienestar no se ha cumplido. Hemos mejorado algunos servicios públicos, efectivamente; pero las administraciones siguen sin desarrollar las políticas públicas adecuadas para retomar el rumbo del desarrollo social. Es decir, mejoramos la tramitación de ayudas sociales y la gestión universitaria, pero ni la política social es capaz de construir una comunidad cohesionada ni la política universitaria responde a las expectativas que depositamos en la educación superior.

Y es precisamente en este punto donde hoy se abre el debate sobre las perspectivas de la administración pública. Una administración tradicional que lleva décadas agotada y unos procesos de modernización que se han mostrado insuficientes. Un debate que, en mi opinión, podemos sintetizar a partir de dos escenarios de futuro: el escenario de la renuncia y el escenario de la transformación.

En primer lugar, disponemos de indicios que nos permitirían anticipar que el doble fracaso de la administración tradicional y de la Nueva Gestión Pública, enmarcada en un contexto de intensa crisis económica y social, podría llevarnos a un progresivo declive del papel de la administración pública. Estaríamos renunciando tanto a defender su contenido como a modernizar sus formas. Este escenario de la renuncia encontraría poca resistencia tanto entre los políticos (incapaces de abordar transformaciones que reclaman miradas a largo plazo) como entre la propia ciudadanía (que ya ha asumido las deficiencias estructurales de las desacreditadas instituciones públicas). Un escenario que, además, despierta el interés de determinados sectores privados que ven en el vacío que está dejando la administración una oportunidad de negocio. Un escenario que, en definitiva, podríamos interpretar como la rendición de un sector público que reconocería su impotencia a la hora de gobernar la sociedad.

En segundo lugar, a pesar de las dificultades de argumentar a favor de las instituciones públicas en momentos de tanto descrédito, algunos todavía defienden lo que hemos llamado el escenario de la transformación. Un escenario que, por decirlo de manera breve, no se fija sólo en cómo mejorar la eficiencia de los servicios públicos sino que concentra su atención en cómo diseñar e implementar políticas públicas inteligentes. Es decir, un escenario que entiende que más allá de mejorar la tramitación de las ayudas sociales, el reto es disponer de una política de cohesión social que reduzca las actuales tendencias a la polarización y la exclusión. Como ya se puede intuir, el problema es que para pasar de la eficiencia a la inteligencia no basta con mirarse en el sector privado y profesionalizar el funcionamiento administrativo. Hay que poner a las organizaciones a pensar, y eso choca en una larga tradición que las considera como simples máquinas operativas a las que hay que exigir hombro pero a las que no se les pide cerebro. En este segundo escenario de la transformación, por tanto, no nos referimos a una mejora del funcionamiento de la administración sino a una auténtica revolución.

Las revoluciones son excepcionales y difíciles de desplegar, pero a menudo también son inevitables. Ante el escenario de la renuncia, el escenario de la transformación parece inevitable si confiamos en la posibilidad de recuperar, al menos a medio plazo, la capacidad de construir nuestras sociedades -de gobernar sus contradicciones en función de determinados principios orientadores. Para ello, sin embargo, tendremos que poner el énfasis en tres aspectos: los valores, las personas y las relaciones. Los valores sustantivos deben sustituir las referencias instrumentales a la eficiencia, ya que de otra manera la administración pública acaba convirtiéndose prescindible. Las personas deben ser más importantes que los procesos y, por tanto, necesitamos revertir el desprestigio de los empleados púbicos y recuperar la confianza en su capacidad para tomar decisiones -incluso para equivocarse y aprender de estos errores-. Y necesitamos articular una administración donde las relaciones (colaboradoras) sustituyan las especializaciones (segmentadoras), pues sólo con esfuerzos conjuntos se genera la inteligencia necesaria para responder a las complejidades de la sociedad actual.

Cada uno de estos tres aspectos reclama todavía de un periodo, probablemente largo, de pruebas, errores y aprendizajes. Son tres ideas que ahora sólo dejamos apuntadas, pero que alimentan un fructífero debate sobre el futuro de la administración pública. Un futuro que no solucionaremos ni con un plan de modernización ni con el esfuerzo de una legislatura, sino que sólo construiremos desde la convicción y la paciencia. Por cierto, como siempre se han hecho transformaciones más profundas.

Lunes, 20 de junio de 2016