Fontana, el facilitador

 

Paola Lo Cascio

Historiadora y politóloga italiana. Se doctoró en Historia Contemporánea por la Universitat de Barcelona y se licenció en Ciencias Políticas en la Universidad de La Sapienza, pasando a ser profesora de ERAM y del Departamento de Historia Contemporánea de la UB

 

La muerte de Josep Fontana ha conmocionado no solo el mundo académico, sino que ha sido vívida como una pérdida por el conjunto de la sociedad. Ello se debe a muchos factores, sin ir más lejos, a su inquebrantable compromiso con la lucha antifranquista como militante del PSUC desde 1957 y hasta 1980. Pero más allá de esto, se debe a la manera en que se planteó y practicó el oficio de historiador.

Nacido en 1931, en una Barcelona que justo acababa de ver la proclamación de la II República del balcón de la Plaza Sant Jaume, sus primeros recuerdos están vinculados a la guerra, y especialmente a los terribles bombardeos a la que fue sometida la capital catalana. Hijo de un librero de viejo, atravesó el túnel de los años 40 practicando una de las actividades que más le caracterizó a lo largo de toda su vida: la lectura. Fue la lectura que le llevó a cursar la carrera de Filosofía y Letras en la Universitat de Barcelona, y, años más tarde a culminar sus estudios doctorales en 1970.

Cuando empezó a investigar a escribir –después de haber podido formarse, en parte clandestinamente, con figuras como Ferran Soldevila, Pierre Vilar y Jaume Vicens Vives–, lo hizo sobre el siglo XIX español y desde la perspectiva de la historia económica. Los libros La quiebra de la monarquía absoluta (Crítica, 1971) y Cambio económico y actitudes políticas en la España del siglo XIX (Ariel, 1983), todavía hoy representan una de las más sofisticadas y completas análisis en torno a los cambios estructurales a partir de los cuales se forjó la que conocemos como España contemporánea. Sólo más tarde –prácticamente al final de su carrera académica, ya en la Universidad Pompeu Fabra, después de haber pasado por las universidades de Barcelona, de Valencia y a la UAB–, se aventuró a analizar el siglo XX. Lo hizo aceptando un reto que sólo pueden aceptar los grandes historiadores: confrontándose con la historia global, lanzándose al análisis de procesos geográfica, cronológica, y temáticamente amplios. De esa tan escasa (al menos en la historiografía española), arriesgada y, a la vez necesaria apuesta, nacen volúmenes importantes como Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945 (pasado y Presente, 2011) o su último ensayo El siglo de la revolución: una historia del mundo de 1914 a 2017 (Crítica, 2017).

Sin embargo, Josep Fontana no pudo, y sobre todo no quiso –afortunadamente-, plantearse el oficio de historiador como una tarea individual, aséptica y, sobre todo, limitada a las paredes de los edificios universitarios. Quizás por su origen de hijo de librero, quizás por si innata curiosidad, seguramente por su compromiso cultural y político, entendió pronto que leer y, sobre todo facilitar que pudieran leer otros a los grandes libros de la historiografía internacional era, a la vez, una tarea imprescindible de su profesión y una forma de contribuir de forma efectiva a la lucha por la democracia (y, dicho sea de paso, por la inteligencia). Tenía un conocimiento de la historiografía internacional que rebasaba y de mucho, el de cualquier otro académico de su contexto y de la mano del amigo inseparable Gonzalo Pontón, introdujo a través de la editorial Crítica el grueso de la historiografía marxista británica a finales de los años 70. Hobsbawm y, sobre todo E.P. Thompson –los dos gigantes de la historiografía británica (y mundial) de la contemporaneidad- llegaron aquí gracias a un Fontana convencido de que la academia y el conjunto de la sociedad en que vivía tenían todo el derecho de estar enterados de los grandes debates historiográficos que se estaban dando en el resto del mundo, como una forma en definitiva de colmar el atraso y el aislamiento en que el régimen había condenado generaciones de españoles. Fontana fue el gran facilitador de la llegada de una historiografía (los citados, pero también Mary Beard, David S. Landes o su maestro Pierre Vilar) que marcaría de manera clara la formación de generaciones de académicos, y que abriría la puerta a la introducción de temas, enfoques, debates y paradigmas de interpretaciones inéditos en el panorama de aquella España que salía del Franquismo. En este sentido, prácticamente nadie de los historiadores que han protagonizado la recuperación de la universidad española después del franquismo puede definirse ajeno a la influencia de Josep Fontana, aunque sea desde posiciones interpretativas e ideológicas lejanas de las suyas.

Febrero de 2019