Flujos de personas y servicios en reservas de la biosfera de montaña ¿pobladores versus ciudadanos?


Natalia Castro
Gestora de la Reserva de la Biosfera de Omaña-Luna

 

 

 

La Cordillera Cantábrica en su cara sur, espacio poblado durante milenios por la raza humana, dibuja un paisaje modelado por una economía de subsistencia, de aprovechamiento de todos los recursos que ofrecía el territorio. Este territorio, hoy en día, ofrece una gran riqueza natural y cultural reconocida por la UNESCO mediante la declaración de siete Reservas de la Biosfera.

En las Reservas de la Biosfera se valora el equilibrio alcanzado entre las poblaciones humanas y el territorio que han habitado durante generaciones y se reconoce su capacidad de actuar como laboratorios de sostenibilidad donde ensayar buenas prácticas que puedan ser extrapolables a otros lugares de similares características.

En los años 60 se inició en esta zona el primer éxodo de pobladores rurales hacia las ciudades y con él llegó el abandono de los usos agrarios y la despoblación; el cambio de los usos del suelo y la función de las montañas en la sociedad tradicional hacen que estos espacios sean hoy islas de biodiversidad en precario equilibrio ya que una de sus especies clave, el ser humano, está a punto de desaparecer del ecosistema.

El modelo económico que creó los paisajes que hoy definen estos territorios de montaña prácticamente ha desaparecido en manos de una economía de escala que marca nuevas reglas de relación entre los seres humanos, nuevas maneras de habitar los territorios y nuevos flujos de recursos y servicios desde los espacios rurales hacia las grandes urbes.

El gran problema que está asfixiando a los territorios despoblados en la actualidad se presenta cuando criterios económicos de rentabilidad y eficiencia se aplican también a los servicios básicos que mantienen el contrato social, privando a los escasos pobladores de sanidad, educación, abastecimiento de agua y alimentos, infraestructuras, comunicación….

En un rural diseminado y escasamente poblado el coste de ofrecer los mismos servicios a los pobladores, habitantes de estos mundos rurales, que a los ciudadanos, los que habitan las ciudades, supone un coste por individuo mucho más elevado bajo criterios de economía clásica. La rentabilidad política (escaso número de votos) y la económica, están empujando a empresas y administraciones a retirar sus esfuerzos de estos espacios.

Pero, ¿Qué ocurre si dejamos de hablar de economía clásica y pasamos a hablar de economía ambiental? ¿Qué ocurre si introducimos el concepto de servicios ecosistémicos?

La comunidad científica es unánime en cuanto a la pérdida de biodiversidad en el planeta y el deterioro de los ecosistemas. La buena salud de los ecosistemas es imprescindible para garantizar el bienestar de pobladores y ciudadanos y para mantener el sistema económico ya que el ser humano siempre ha dependido y dependerá de los bienes y servicios de los ecosistemas en forma de comida, agua, fertilidad del suelo o calidad del aire, entre otros muchos.

Zonas como la Reserva de la Biosfera de Omaña y Luna, con menos de 4 habitantes por km2, aporta esos servicios sin recibir compensación por ello, dándose el caso, por ejemplo, de que en su territorio se ubique el embalse de Luna, bajo cuyas aguas descansan la mitad de los pueblos del Valle de Luna y sus mejores tierras de labor, que permite dar de beber a toda la ciudad de León y hectáreas y hectáreas de regadío en el sur de la provincia, mientras que los pobladores del territorio tienen problemas de abastecimiento de agua ya en la actualidad, dificultades que se prevé se agraven en un futuro cercano.

Desde la económica ambiental, se ve necesario valorar cuantitativamente estos servicios, incluyéndolos en las cuentas que hablan de la eficiencia de invertir en estos territorios. Cada euro de inversión en mantener un mundo rural vivo, con una dinámica demográfica saneada, mejora la provisión de servicios ecosistémicos y por tanto el bienestar de la población, urbana y rural, y el mantenimiento de la propia economía.

Y dando un paso más, hablaríamos de economía basada en los ecosistemas que lleva a cambiar de estrategia en la planificación territorial pasando de los tradicionales modelos de “gestión de recurso” a nuevos enfoques de “gestión ecosistémica”, asumiendo principios éticos de sostenibilidad y equidad. Dicho en otras palabras, incluir intangibles y decidir y establecer previamente las líneas rojas que no pueden traspasarse, asumiendo la prioridad de respetar los derechos de todos los habitantes del estado y de las generaciones futuras.

Como sociedad no podemos permitirnos esta confrontación CIUDADANOS VERSUS POBLADORES: que los unos generen crecimiento económico a expensas e insertos en unos servicios ecosistémicos que mantienen los otros, que van perdiendo cada día más derechos que sustentan el contrato social por no cumplir los criterios de eficiencia de la lógica económica.
Se perfila como solución la integración de este concepto de servicios ecosistémicos no solo en el pago directo por los mismos, sino con criterios de economía basada en los ecosistemas, incluyendo la valoración de intangibles y asumiendo la prioridad de respetar los derechos de todos los habitantes del estado y de las generaciones futuras.

Marzo de 2020