Financiarización del sistema económico y democratización

 

Sergi Cutillas

Economista y miembro del Grupo Impulsor de Un País En Comú

 

 

Las finanzas son una manera clásica y capitalista de hacer beneficios, basada en el préstamo de dinero a cambio de un interés. Éstas se rigen por el principio más básico del capitalismo, invertir un dinero para finalmente recibir más dinero. Esta forma de consecución de beneficios tiene milenios de antigüedad, dado que ya tenía lugar en Babilonia, la Grecia antigua o la Roma imperial, por lo que es muy anterior al capitalismo.

El capitalismo ha pasado por diversas épocas, las cuales han dado lugar a nuevas épocas a través de grandes crisis económicas. El capitalismo industrial manufacturero de mediana escala del siglo XIX protagonista en Gran Bretaña necesitaba de las finanzas para proveerse de crédito que facilitara el funcionamiento de su actividad de compraventa, inversión y de producción. Para este primer sistema industrial capitalista las finanzas eran indispensables pero suponían una parte pequeña y aún poco sofisticada de la economía. Este tipo de finanzas son las que conocieron economistas políticos como Smith, Ricardo y Marx, lo que explica que sus análisis de las finanzas sean insuficientes para entender el momento actual.

La Larga Depresión, que tuvo lugar en el último cuarto del siglo XIX en Gran Bretaña, pero que afectó a todas las economías industrializadas, desplazó la hegemonía industrial de Gran Bretaña a Estados Unidos y Alemania. En este nuevo ciclo el sistema de producción adquirió mayor escala, y se caracterizó por la aparición de la industria pesada y la emergencia de los grandes monopolios. La nueva economía de los “barones ladrones” y sus monopolios necesitaba de grandes cantidades de capital para desarrollar sus actividades, por lo que las finanzas debían ser también de escala equivalente, dando lugar a la aparición de los gigantes financieros. A partir de ese momento los bancos se organizaron en sociedades anónimas que pusieron en marcha distintas actividades que fueron más allá de prestar para el funcionamiento normal de la industria, participando por ejemplo de forma masiva en los mercados de capitales -invirtiendo por su cuenta o facilitando la participación de otras empresas en éstos- realizando transacciones financieras internacionales, etc. Este fenómeno debe considerarse la aparición de las “altas finanzas”. A través de estas nuevas actividades, a menudo fueron estas mismas compañías financieras las que adquirieron un poder de control sobre el sector industrial y comercial. La nueva normalidad, en la que los bancos sistematizaron la consecución de beneficios a través de la participación en los mercados de capitales -como las bolsas- generó todo tipo de burbujas. Este tipo de capitalismo era ya muy diferente al que estudiaron Smith, Ricardo y Marx. En este nuevo capitalismo las finanzas tomaron un rol principal, y conocidos teóricos de este nuevo ciclo como Hilferding o Lenin afirmaron que éstas eran esenciales en la expansión imperial en un capitalismo dedicado a dividir el mundo, que se apoderaba de los estados, los hacía competir, los militarizaba y finalmente los hacía entrar en guerra, como sucedió con las dos guerras mundiales. Esta fue la primera ascensión de las finanzas, la cual finaliza con la orgía especulativa que llevó al crash del 29.

Su consecuencia fue la Gran Depresión de la década de 1930, en la que la economía mundial dejó de funcionar y el mercado mundial se dividió en partes que no comerciaban entre ellas. A consecuencia de ello, la política devino también conflictiva e inestable, con la aparición de los diferentes movimientos fascistas y el régimen soviético en Eurasia. Durante esta crisis, las finanzas se encogieron y empezaron a ser puestas bajo control. Se introdujeron leyes como Glass-Steagall y sus homólogas en distintas partes del mundo, las cuales establecían límites en las actividades que los bancos podían realizar, imponían cuotas al crédito y topes a los tipos de interés. También se establecieron políticas de controles de capitales. Franklin Delano Roosevelt, presidente de los EEUU, temiendo un levantamiento de un movimiento socialista emergente en los EEUU, y comprendiendo la gravedad y el caos generado por el colapso capitalista en el mundo, entendió que para salvar el sistema capitalista debía hacer concesiones sociales que no se habían realizado hasta ese momento, estas concesiones se llevaron a cabo de forma parecida en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, dado el miedo al auge del socialismo en Europa Occidental. Volviendo a las finanzas, es necesario aclarar que el punto más determinante en la puesta bajo control de las finanzas fue la Segunda Guerra Mundial, en la que las finanzas fueron puestas al total servicio del estado federal para financiar la guerra tanto de los aliados como de los propios EEUU.

La nueva fase del capitalismo que emergió en la posguerra es un sistema en el que los bancos estaban ya bajo control estatal. Este control de las finanzas, que se ha llamado “represión financiera”, produce el periodo más extraordinario de la historia del capitalismo, caracterizado por el consumo de masas que se respaldaba en nuevos métodos de producción también de masas. En este período, la economía pasó a estar dominada por grandes grupos industriales transnacionales, que paulatinamente fueron creciendo e internacionalizando su actividad y poco a poco fueron eludiendo el control de las regulaciones estatales, las cuales, paralelamente, se veían atacadas desde la política a partir de los años 70s.

El ciclo dorado del capitalismo entró en crisis esa década, conduciendo nuevamente a la transformación de las economías desarrolladas. El nuevo ciclo, en el que vivimos actualmente, se caracteriza por el dominio de las relaciones financieras respecto al resto de relaciones económicas, tanto en la esfera de la producción como de la circulación. En él, las regulaciones financieras han desaparecido poco a poco y el capital circula libremente por la mayor parte del globo. Esta es, podríamos decir, la segunda ascensión de las finanzas, después del interludio de 30 años provocados por la Gran Depresión y la Guerra Fría.

En estos años, los grandes negocios se han transformado. Las grandes corporaciones adquirieron capacidad de financiar sus inversiones a través de la retención de sus propios beneficios, y a través de la participación en los mercados de capitales. Dada esta  enorme y nueva disponibilidad de liquidez y efectivo, las grandes empresas iniciaron nuevamente su participación en los mercados financieros en busca de beneficios financieros en diferentes formas. Estas transformaciones financieras transformaron a su vez las organizaciones, alterando los incentivos y así las prácticas inversoras, los horizontes estratégicos -se centran ahora en el corto plazo-, las relaciones entre accionistas y gestores, las jerarquías, las retribuciones, etc. El sector productivo, podríamos decir, pues, baila cada vez más al son de la música de los mercados financieros. Los bancos, a su vez, se transformaron, relacionándose con la economía de una forma diferente, participando de nuevo en actividades de inversión en los mercados de capitales, lo cual llevó a que las finanzas iniciaran un proceso de crecimiento extraordinario. Quizás el mejor ejemplo de este crecimiento sea el de los mercados de derivados, los cuales condujeron a la actual crisis global, y que casi no existían a finales de los años setenta. Actualmente, superan la mareante cifra de 1.000 billones de dólares -el PIB mundial se situaba en 74 billones de dólares en 2015- de saldo en valor asegurado –cabe aclarar que eso no significa que ese dinero haya cambiado de manos- tomando en cuenta los derivados contratados de forma bilateral –over the counter– y los comerciados en mercados organizados. El volumen de las transacciones de los mercados de derivados es de aproximadamente 12,5 billones de dólares diarios. Estas transacciones están suscritas en más de un 90 % por entidades y agentes financieros, por lo que, mientras que en teoría los derivados actúan como seguros para la economía productiva, menos del 10 % están en manos de agentes no financieros. Los agentes que componen estos mercados son entre 10 y 15 bancos, que concentran en sus manos un poder oligopolístico colosal y peligroso en el sector financiero, con el que ejercen una enorme influencia tanto económica como política en nuestras sociedades.

Este cambio ha venido acompañado de un cambio político ideológico, en el que una nueva ideología llamada neoliberalismo, que defiende las bondades del mercado y de la globalización, ha promovido no solo la liberalización de las finanzas, sino también de los mercados laborales y de la economía en general. Dentro de esta dinámica, se llevan a cabo privatizaciones del patrimonio público y común, además de producirse ataques al estado del bienestar y al mundo de trabajo, que se traducen en reducciones de salarios y de prestaciones sociales, forzando a la población a depender cada vez más de las finanzas para proveerse de servicios básicos que antes proveía el sector público o que podían adquirir cuando los salarios eran mayores. Todo ello aumenta la desigualdad y deteriora la cohesión social y la convivencia en casi todo el mundo. Estos cambios, paradójicamente, no hubieran sido posibles sin la intervención contundente del estado en la economía, que ha facilitado el cambio institucional, legal y económico que ha dado forma al período de la segunda ascensión de las finanzas, ni tampoco sin el liderazgo de gobiernos de centro-izquierda.

Durante esta fase del capitalismo, la socialdemocracia, así como una importante parte de la izquierda, asume que este proceso de financiarización del capitalismo es irreversible o imposible de regular desde las instituciones democráticas estatales existentes, por lo que ha aceptado la noción propagada por la clase dominante de que es necesario crear nuevas instituciones globales a partir de la fusión de las estatales, para después iniciar el proceso de regulación. En realidad, la intención de la clase dominante financiera es crear estructuras supra-estatales como sistemas tributarios y monetarios, que permitan una mayor movilidad del capital y mayores economías de escala, así como la derogación de las concesiones sociales incorporadas en las constituciones de posguerra.

Aún así, la pervasividad del poder económico en la financiarización hace pensar a muchos que es necesario crear instituciones democráticas supranacionales para llegar a un estado democrático global, ya que argumentan que regular al capital financiero desde las instituciones estatales existentes es difícil o imposible. Sin embargo, esta argumentación está plagada de problemas. El primero es que se atribuye a los estados una escala insuficiente ante los poderes económicos, sin tener en cuenta que cualquier administración estatal de un país como Italia o España tiene mucha más estructura, palancas económicas –si no renuncia a usarlas-, conocimientos, coordinación interna y trabajadores que cualquier burocracia supra-estatal que se pueda generar en el medio plazo. El segundo fallo de tal argumentación es que exagera los problemas económicos y técnicos que, supuestamente, no permiten regular el capital a nivel de los estados, o en ocasiones se sustenta sobre razonamientos falaces que no tienen evidencia empírica que los soporte. En realidad, la evidencia muestra que tales políticas -como el manejo de los tipos de cambio, la reducción de deudas, la implementación de controles de capitales o la introducción de políticas industriales- son perfectamente manejables desde economías de tamaño medio como las de la periferia europea e, incluso, desde economías menores. El tercero, es que las instituciones estatales ya existen, mientras que las instituciones supraestatales, que supuestamente regularán el capital, aún no. Cualquier dificultad técnica a nivel estatal queda empequeñecida comparada con el proyecto de regular las finanzas desde instituciones que, para ser creadas, necesitan de procesos que superen todo tipo de trabas políticas, económicas y culturales arraigadas en las dinámicas capitalistas estatales; cambios que jamás se han dado en la historia en ausencia de conflictos bélicos. y para los que, no solo la historia, sino también la respuesta actual de las ciudadanías en recientes elecciones, nos confirma rotundamente que existen pocas o ninguna posibilidad de ser culminados a través de procesos consensuados.

La estrategia de construcción de super-estados y posterior regulación desde éstos parecería más una estrategia de huida, que a algunos nos parece motivada por el miedo, quizás inconsciente, surgido de la comprensión de que la única forma de reestablecer la democracia en la época de la financiarización pasa por afrontar el conflicto global a escala local y estatal, en el aquí y el ahora. Este conflicto duro y desagradable, que pasa por el enfrentamiento con las clases dominantes, no puede llevarse a cabo poco a poco, o desde la moderación política, dado que requiere de medidas que deben implementarse en un corto periodo de tiempo si un nuevo gobierno transformador quiere sobrevivir, dado que éstas atentan contra el núcleo de los privilegios de quienes gobiernan la economía, que harán todo lo posible para hacer caer a tal fuerza democrática. Estas medidas indispensables en el ámbito financiero para democratizar la sociedad son la socialización y democratización del sistema financiero – y así del crédito-, incluida la banca central y así la política cambiaria –tipo de cambio- y monetaria –tipo de interés-, la reducción de los balances financieros –las deudas públicas y privadas-, así como el establecimiento de estrictas restricciones de la circulación del capital a nivel doméstico y transfronterizo –controles de capitales e impuestos financieros-. Tales medidas estructurales en el ámbito financiero son las que, en ocasiones, se quieren eludir buscando difíciles soluciones fuera de nuestros ámbitos competenciales y soberanos. Y es que en el fondo, desde la caída del muro de Berlín, gran parte de la izquierda ha perdido la confianza de ser suficientemente capaz de poder manejar tal proceso de transformación, o simple y llanamente, ha aceptado, como ya lo hicieron algunos como Mitterrand hace tres décadas y que hoy pagan las consecuencias, que no es posible hacerlo y que el capitalismo con cara amable es el único sistema al que podemos aspirar, y que por tanto, realmente, no hay alternativa. Ante esto cabe afirmar que sí se puede.

 Barcelona, 24 de Mayo de 2017