“Esto no va con nosotros”; ¿o quizá sí?

 

Marc Andreu Acebal

Periodista e historiador. Director del Centre d’Estudis i Recerca Sindicals (CERES) de CCOO de Catalunya

 

 

“Si alguien de mi sección hiciera huelga, yo lo colgaba de los huevos”. Pronunciado por un jefe intermedio con tics autoritarios y ambiciones de medrar profesionalmente, el comentario podría ser atemporal, incluso inventado, y serviría para muchos ámbitos. Pero la frase es real, textual, puede fecharse hace poco más de una década y debe ubicarse en la redacción de un importante medio de comunicación tan solo pocas horas antes de que expirase el plazo de negociación de un ERE y de que se iniciase, al filo de la medianoche, una huelga convocada por el comité de empresa con amplio apoyo de la asamblea de trabajadores y trabajadoras.

Al final nadie fue colgado porque no hubo huelga, sino acuerdo in extremis, y se pactaron despidos e indemnizaciones. Aunque ello no impidió que algunos trabajadores que se fueron a la calle tuvieran que pasar por gabinetes jurídicos y tribunales para conseguir cobrar lo que les correspondía y era justo pero la empresa escatimaba. El acuerdo de esa medianoche tampoco evitó, poco después y en años sucesivos, nuevos ERE, más rebajas salariales y pérdidas de condiciones laborales, cambios de propiedad y reconversiones diversas en ese medio de comunicación. Uno entre tantos -y entre tantas empresas de ese y de otros sectores- que se emborracharon en los años 90. Y que, aparte de modernizarse en lo tecnológico, no supieron ver que el verdadero efecto 2000 vendría con casi una década de retraso pero no en forma de cambio de dígito o de siglo, sino de gran crisis económica y de nuevos paradigmas y relaciones en el mundo del trabajo.

Ese medio de comunicación y sus trabajadores, como en tantas otras empresas, experimentaban con la informatización y la digitalización creyéndose ajenos o inmunes a los avatares productivos y a los cambios e inclemencias sociales de la globalización, primero, y de la crisis económica, después. En definitiva, estaban muy distantes de la realidad tanto del mundo del trabajo como de las relaciones sociales e intereses de propiedad intrínsecas al sistema capitalista. Dicho así suena muy abstracto, teórico o incluso ideológico, pero ello se concretaba cada día en las noticias de ese medio, de línea editorial teóricamente progresista y con probada capacidad de incidencia política aunque sin demasiado interés, tiempo ni espacio para cubrir informaciones sobre conflictos laborales. Y no digamos ya para incidir en ellos en favor de la clase trabajadora.

“Esto no va con nosotros”, pensaban en general los periodistas, un gremio como tantos otros propenso al corporativismo. De hecho, nada lo ilustra mejor que la convocatoria de una reunión de sección sindical de CCOO en el marco del conflicto laboral mencionado. Pese a lo delicado del momento, y a que fueron convocados por correo electrónico todos los afiliados y afiliadas de esa empresa del sector de la comunicación, a la cita acudieron sobre todo trabajadores de talleres y de las áreas de administración e informática, por solo un par de redactores. No es que fueran legión los periodistas con carnet sindical, pero haberlos, los había. De los solamente dos que respondieron, uno estaba en situación de prejubilación y el otro era más joven. Y también algo más ingenuo: creía que entre sus compañeros con pasado combativo y con afilado discurso crítico, bien fuera al elaborar piezas informativas o bien en tertulias (de radiotelevisión o de máquina de café, tanto monta, monta tanto), habría más conciencia de clase. Pero nada de eso.

Ver a un presidente de comité de empresa acabar mandato para convertir-se al poco en subdirector y, más tarde, escalar hacia abajo con sueldo menguado por los recortes y sus circunstancias no deja de ser chocante. Y ver al jefe de tics autoritarios y con huevos para cortar huevos de huelguistas ascender también, en este caso hacia arriba, en ese y otros medios, gracias a sus supuestas credenciales progresistas, no deja de sorprender. Del mismo modo que tener que explicar a colegas de profesión por qué un afiliado a un sindicato tiene asesoramiento legal gratuito de su organización mientras que un trabajador que no lo está puede ser asesorado con la misma eficacia pero debe pagar por el servicio recibido, como lo haría en cualquier bufete de abogados, demuestra que queda mucha pedagogía por hacer. Incluso entre quienes se supone que saben un poco de todo y se dedican a explicar las cosas y a informar a los demás. En definitiva, todo ello da mucho que pensar sobre el gremio de los periodistas y sobre el corporativismo gremial en general que demasiadas veces impera en el mundo del trabajo.

Pasar del gremio al sindicato es lo que históricamente hizo fuerte a la clase trabajadora. Lo resumen múltiples ejemplos, desde la famosa revuelta de los tejedores de Silesia de 1844 -con poema dedicado por Heinrich Heine y libreto teatral del premio Nobel, hijo y nieto de obreros textiles alemanes, Gerhart Hauptmann- a la efectiva reorganización de la CNT en el Congreso de Sants de 1918, con la creación del sindicato único o de industria en sustitución de las agrupaciones de ramo u oficio. Y a pesar de esta modernización clave para el sindicalismo, que entre otros beneficios llevó aparejada la posibilidad de sortear algunos de los vicios del corporativismo, tampoco se puede afirmar que la organización gremial o corporativa fuera intrínsecamente mala en origen.

De hecho, hay historiadores -empezando por Josep Fontana en su muy recomendable libro póstumo Capitalismo y democracia (1756-1848). Cómo empezó este engaño (Crítica / Edicions 62, 2019)- que defienden que, en los albores de la revolución industrial, fue precisamente la destrucción de la organización gremial del mundo del trabajo heredada de la Edad Media y del mercantilismo de la Edad Moderna la que posibilitó, al menos en parte, la desregulación de unas relaciones sociales y de producción que es intrínseca, junto a la esclavitud y a la usura o especulación financiera, al sistema de acumulación y explotación capitalista. Sacando lecciones de la experiencia inglesa de los siglos XVIII y XIX, Fontana explica que la expropiación capitalista y fabril de las tareas de los trabajadores de oficio que constituían la parte esencial de la fuerza del trabajo al inicio de la Revolución industrial “se vio facilitada por la ayuda de los gobiernos que, para favorecer los intereses de los empresarios capitalistas, dificultaron la expansión de la producción doméstica y de la pequeña manufactura”.

Un aspecto esencial de aquel proceso, precisa Fontana, “fue la prohibición de las Trade Unions, las asociaciones de miembros de cada oficio, que fijaban las reglas del trabajo y del aprendizaje, a la vez que los salarios y los precios justos, de acuerdo con las viejas tradiciones de los oficios”. No es casual que luego, y todavía hoy, en el mundo anglosajón los sindicatos se designaran con la denominación (pongamos que gremial) de Trade Unions. Autores como Charles F. Sabel y Jonathan Zeitlin sostienen que no todas las vías del progreso industrial pasaban necesariamente por la fábrica. Proponen, en consecuencia y en palabras de Fontana, “abandonar el viejo relato que contraponía un antiguo régimen de control gremial y producción manual doméstica con una modernidad marcada por la libertad del mercado, la mecanización y la fábrica”.

Sea como fuere, el paradigma fabril se impuso a lo largo del siglo XIX y el fordismo lo perfeccionó en el siglo XX. Con lo que seguramente no contaba inicialmente el capitalismo es que, cuando el sindicalismo sustituyó al gremialismo como agregador y articulador de demandas, reivindicaciones, relaciones y luchas laborales, el sistema se viera amenazado en su libre albedrío. O, para ser más precisos, amenazado en su cuenta de beneficios, y siempre a costa de la explotación de la clase trabajadora (y de los recursos naturales del planeta, aunque la gravedad de ello tardaría más en generar conciencia crítica). La respuesta del capitalismo fue, cuando así le convino, aparcar el liberalismo que le daba cobertura ideológica para apoyar a otros ismos menos compatibles con la democracia y que, curiosamente, llevaban en cartera la imposición de un corporativismo moderno que no era ya gremial, sino de corte mucho más individualista o gregario, acepciones aparentemente contrapuestas pero que en según qué contextos sociales se complementan bien.

El fascismo en general, y el franquismo en España, fueron en su momento los grandes valedores del corporativismo como articulación del mundo del trabajo y, en definitiva, como antítesis o antídoto del sindicalismo y, en última instancia, como negación del conflicto de clases y de la siempre tensa relación capital-trabajo. Con la excepción de camorristas, de arribistas sin escrúpulos y de los denominados cincopuntistas de la CNT en los años 60 -que a duras penas fueron cuatro gatos-, a nadie engañaron las operaciones de camuflaje semántico que el fascismo intentó en España bajo la etiqueta, primero, del nacionalsindicalismo falangista o, luego, bajo las siglas de la CNS (Confederación Nacional de Sindicatos). No eran otra cosa que la expresión de un verticalismo tan corporativo en lo sindical como lo fue, en lo político, la democracia orgánica del “Estado autoritario y corporativo” franquista, que ni tan siquiera fue original, sino una burda copia del sistema corporativo del fascismo italiano. Las Cortes Españolas, el pseudoparlamento franquista, no se votaban: sus procuradores se elegían a dedo de entre las entidades corporativas por tercios, uno de los cuales llevaba etiqueta sindical. Suerte hubo de que las Comisiones Obreras nacieron para cargarse al verticalismo, desde dentro y fuera, con acción sindical verdadera y una ejemplar lucha sociopolítica por las libertades y la democracia.

Hoy, en pleno siglo XXI, el mundo es otro. Pero así como la ultraderecha ha vuelto, el corporativismo también; incluso le ha precedido como alternativa de encuadramiento de trabajadores que no se reconocen a sí mismos bajo el concepto de clase y, en consecuencia, menosprecian o ni tan siquiera se plantean la opción de sindicarse. Ya se encargan, desde hace mucho tiempo, los detentadores de la hegemonía cultural, vía medios de comunicación y creadores de opinión, de desprestigiar al sindicalismo para dejar el camino expedito al corporativismo. A veces incluso con la colaboración, por acción u omisión, de algunas prácticas u organizaciones sindicales. Se da a veces en la función pública o en grandes empresas y sectores estratégicos, por ejemplo, que son o deberían ser bastión del sindicalismo de clase y confederal pero también son terreno abonado al corporativismo. Y es también, sin ir más lejos, el caso del periodismo que sirve de percha inicial a esta reflexión.

La paradoja es que mientras el individualismo avanza en lo laboral y encuentra en el corporativismo su apoyo o encuadramiento colectivo cuando surgen problemas, este fenómeno no solo afecta a quienes, por posición en el mercado de trabajo, tienen poco o mucho que perder, sino que penetra también entre quienes no tienen nada que perder porque precisamente nada tienen. Ni tan siquiera trabajo, en muchos casos. O apenas trabajo mínimamente digno y en condiciones de ser calificado como tal. Es el caso de los riders o trabajadores y trabajadoras de plataforma, por ejemplo, del que un interesante estudio reciente de CCOO de Catalunya hace una buena radiografía cualitativa. Algunos de estos riders, como sucedió antes o sucede también ahora con otros colectivos, insisten convencidos en reconocerse corporativamente como autónomos -ya ni tan siquiera emprendedores, lo que prueba que el lenguaje, incluso el eufemístico-propagandístico, tiene también sus límites- antes que como trabajadores. Cuando, en realidad, ellos son los nuevos tejedores de Silesia y trabajan o viven sometidos a condiciones de explotación (lo que no excluye la autoexplotación) de las que solo la autoorganización y la acción sindical les puede sacar.

Quizá sea la posesión de una potente herramienta tecnológica como el teléfono móvil y sus aplicaciones -como para otros lo fue quizá antes un coche con licencia de taxi o un camión o furgoneta de transporte, pero nunca una máquina de coser en casa (y aquí el género quizá explique algo)- lo que, a modo de émulo de la vivienda propia que era a su vez taller de producción en los albores del capitalismo, determine para algunas personas cierta mentalidad gremial o corporativa. Ello es así en ausencia no ya de fábrica donde socializarse colectivamente como trabajadores y adquirir conciencia de clase, sino por efecto de un individualismo que hace tiempo que ha calado en muchos ámbitos de la sociedad. Y que, entre sus muchas expresiones, dado que el lenguaje marca impronta y raras veces es inocente, se declina en ese concepto tan manido de emprendeduría (o de start up, en clave más moderna) que tanta fortuna ha hecho pero que ni tan siquiera alcanza al rango de empresario; no digamos ya de capitalista. Eso sí, los emprendedores, aunque trabajen mucho, tampoco son trabajadores al uso, porque casan mejor con la categoría de autónomos a secas, quizá con la esperanza de llegar ni que sea a PYME.

En cualquier caso, que el centro de trabajo tienda en muchos casos a desaparecer -o a deslocalizarse para geolocalizarse en la misma persona que trabaja- bajo la forma de ordenador portátil, de teléfono móvil o incluso de teletrabajo contribuye, sin duda, al individualismo. Y, a la postre, favorece la aparición de corporativismos nuevos o distintos no ya a los de matriz fascista, sino a los que históricamente se han asociado también con ciertas profesiones liberales o determinadas categorías laborales, incluso de la función pública. En estas últimas modalidades, el corporativismo laboral viene en gran parte definido, marcado o facilitado bien por el estatus de prestigio profesional (médicos, abogados, catedráticos, periodistas, trabajadores de banca…) o bien por el grado de estabilidad y blindaje en el puesto de trabajo que funcionarios de todo tipo y condición tienen y que, erróneamente, les puede inducir a pensar que están por encima del resto de trabajadores y trabajadoras. Hasta alcanzar una especie de categoría corporativa que, a estas alturas, poco tiene que ver incluso con la vieja noción de aristocracia obrera o aristocracia del trabajo.

Hay quien empieza a hablar incluso del riesgo de uberización de puestos de trabajo cualificados, algo que hasta ahora era impensable pero que quizá sea una de las consecuencias de la implantación del teletrabajo forzada por la pandemia y de las dificultades de tomar el pulso comunitario y desarrollar la acción colectiva, no exclusivamente sindical, derivadas de la desaparición del centro de trabajo físico. Está por analizar que vuelta de tuerca a estos procesos puede suponer la robotización integral del trabajo, más allá de la que ya está implantada en muchas cadenas de producción. En cambio, se habla poco del riesgo de corporativismo que comporta el hecho de que el teletrabajo solo deje espacio a las relaciones sociolaborales o de compañerismo por vías virtuales, sean a través de los grupos de whatspp o de lo que sea.

Con todo lo bueno que tienen las redes sociales virtuales, si algo difícilmente podrán suplir es el factor humano de las relaciones personales de carne y hueso. Éstas tienen enorme importancia como anticuerpos frente al corporativismo y su estadio inferior que, aunque pueda parecer increíble o contradictorio, es directamente el de la exclusión, por el efecto de aislamiento laboral e incluso psicológico que supone dejar de pertenecer, por el motivo o circunstancia que sea, al gremio o corporación. El sindicalismo tiene el reto de pensar e implementar estrategias que permitan articular a los trabajadores en tanto lo que son, o sea, clase social, y no como órganos cada vez más sueltos o inconexos de un cuerpo indefinido o amorfo que produce no ya bienes, productos, servicios o conocimientos sino, simplemente, beneficios para algún ente o corporación a su vez también muy difícil de definir bajo el concepto clásico de empresa. Y eso vale tanto para una gran multinacional como para una plataforma digital.

Como explicaba recientemente en una entrevista en el digital Crític la profesora de la Universidad Autònoma de Barcelona y especializada en sociología del trabajo y del género Sara Moreno, “el ámbito laboral es uno de los espacios de socialización más importantes e, inevitablemente, el teletrabajo comporta el riesgo de atomización e individualización de las relaciones laborales, una tendencia de fondo muy fuerte que solo se puede contrarrestar a partir de la capacidad de resituarse que tengan los agentes sociales”. La plataformización del trabajo, cualificado o no, que pasa por el interés de la empresa o del capital -que ya hace tiempo que puede no tener rostro y ahora se manifiesta, por ejemplo, bajo la forma de fondos de inversión- de que su trabajador se quede en casa o se convierta en un falso autónomo, lleva a la individualización más absoluta de las relaciones sociolaborales. Y desdibuja cualquier capacidad o estrategia de organización y respuesta colectiva que no sea la de un corporativismo de nuevo cuño en el mundo del trabajo y para nada deseable desde una perspectiva no ya sindical o de izquierdas, sino simplemente humanista y solidaria.

No sirve, pues, esa actitud del “esto no va con nosotros” que los periodistas de antaño (u otros trabajadores de otros sectores) podían adoptar frente a un conflicto laboral porque se creían blindados dentro de un gremio con privilegios corporativos. Las soluciones individuales ante problemas sociales simplemente no existen. Y si la solución colectiva pasa por el corporativismo tampoco es solución verdadera, porque puede satisfacer a unos pocos durante un tiempo pero no a la mayoría y con perspectiva de futuro. Máxime cuando hoy, al igual que en otras épocas, el corporativismo no es para nada solidario y está más al servicio del capital y de la explotación laboral que de la regulación social y la autodefensa de los trabajadores que los gremios de artesanos y oficio pudieron ejercer en los albores del capitalismo, cuando aún no existía el sindicalismo. Reforzar y reinventar éste es lo que toca ahora. Esto sí va con nosotros.

Mayo de 2021