El sindicalismo corporativo: causas para su surgimiento y sus limitaciones en el contexto actual

 

Carlos Gutiérrez Calderón      @AlixDeRojas

Secretario de juventud y nuevas realidades del trabajo de CCOO

 

 

El sindicalismo corporativo tiene indiscutibles razones objetivas que explican su existencia. Los intereses particulares de un determinado colectivo de trabajadores unidos a factores como el estatus profesional, el poder para negociar sus propias condiciones al margen del resto de trabajadores o simplemente al narcisismo de la diferencia, son la condición de posibilidad para su surgimiento. Las prácticas, experiencias organizativas y discursos asociados a esta forma de organización en el mundo del trabajo tienen una larga data. No obstante, las transformaciones en el escenario social y productivo que se han desplegado durante las últimas décadas han promovido su difusión. En nuestros días podemos rastrear esta corporativización en multitud de sectores y empresas, tanto en el sector público como en el privado.

Por su parte, el sindicalismo de interés general es el modelo contrapuesto al corporativismo. Sin abandonar los intereses que son propios de los trabajadores en su empresa o sector o por su profesión, esta forma organizativa aspira a agregarlos, articularlos y representarlos colectivamente. Este es un proceso, cabe señalar, que no está exento de contradicciones y tensiones. El resultado es la configuración de un proyecto de clase y sociopolítico que tiene como horizonte la transformación de la sociedad. Es decir, que no se encierra en el estrecho campo de juego del centro de trabajo y la tabla salarial – sobra decir que es indispensable estar ahí -, sino que aspira a condicionar las políticas públicas y disputar el diseño de la sociedad. La conciencia de clase y derivado de esta la solidaridad entre aquellos que viven de vender su fuerza de trabajo, son los materiales que permiten transmutar a los trabajadores, como si de un fenómeno de alquimia se tratara, desde su preocupación en torno a unos intereses particulares a su movilización por un interés general de clase.

En la actualidad, como señaló Bruno Trentin, la solidaridad de clase ya no es un “presupuesto de ideas unificadoras; ni un valor al cual recurrir a golpe de fe”. El sindicato, señala el que fuera Secretario general de la Confederazione Generale Italiana del Lavoro entre 1988 y 1994, refiriéndose por supuesto al sindicato de clase, tiene que afrontar la “crisis histórica del pacto de solidaridad que existía entre trabajadores” y reconstruir la solidaridad de clase “literalmente desde sus cimientos”. Por tanto, aquello que explicaba y promovía el tránsito de los intereses particulares al interés general de clase empezó a no operar como lo había estado haciendo, había entrado en crisis, teniendo como resultado la desarticulación corporativa del conflicto social inherente a las relaciones sociales de producción entre capital y trabajo. Cabe preguntarse el porqué.

Para indagar en las causas que explican esta situación es inexcusable explorar los cambios productivos y sociales que se han sucedido en las últimas décadas. Y creo que es necesario abarcar el conjunto de causas ya que cada una por sí misma no puede explicar el fenómeno. La evolución hacia una organización del trabajo fragmentada, potenciada por una regulación que ha abierto la puerta a una amplia diversidad de situaciones laborales, ha derivado en un universo del trabajo subordinado cada vez más complejo: parados, desempleados, precarios, etc. Con todo el acierto, y una precisión de cirujano, se señalará que la clase obrera nunca ha sido homogénea, que la heterogeneidad es consustancial a la misma, como describe de forma brillante Selina Todd en su obra “El Pueblo. Auge y declive de la clase obrera”. En efecto, la clase para sí, es decir, el sujeto social consciente de la desigualdad de poder y riqueza que le mantiene subordinado y de sus intereses comunes, no se construye a partir de una situación homogénea en su vinculación al trabajo, que por supuesto ayuda, sino fundamentalmente de la sociabilidad y vínculos comunitarios con sus iguales, a partir de los cuales construye instituciones que la produce y reproduce. La clase obrera, y por tanto la conciencia de sí misma y la solidaridad, es una construcción relacional, cultural y simbólica, como bien subraya el historiador E.P. Thompson en su vasta obra.

El neoliberalismo, que no es simplemente una doctrina económica, ha supuesto la ruptura de los lazos comunitarios y, por tanto, de las redes de solidaridad. En 1987, Margaret Thatcher manifestó que “la sociedad no existe”. De esta manera, situaba en el horizonte lo que iba a ser el objetivo de las políticas públicas que se han ido impulsando en muy diversos planos y que han supuesto la descomposición progresiva de los vínculos y formas de sociabilidad que animaban el nacimiento de la solidaridad y que son el soporte del sindicalismo de clase.

Este proyecto de ingeniería social ha tenido gran éxito. Hemos asumido el proyecto antropológico neoliberal que es profundamente individualista, como pone de manifiesto Ana Iris Simón en su libro “Feria” en el que nos presenta reflexiones políticas de gran calado a partir de los recuerdos de su infancia. Todos salimos a “comprar” a un mercado de identidades diversas, por definición parciales, y hasta cierto punto en competencia, que no promueve los vínculos comunes asociados a la identidad de clase, como así razonó Daniel Bernabé en “La trampa de la diversidad”. O como aquel asesor político en la película “NO”, dirigida por Pablo Larraín, sobre la campaña del plebiscito en Chile de 1988, el cual nos recuerda que vivimos en un sistema aspiracional y en competencia en el que “cualquiera puede ser rico; ojo no todos, cualquiera; no se puede perder cuando todos aspiran a ser ESE cualquiera”.

Este cóctel de individualismo, identidades, competencia y aspiraciones, unido a un proceso en el que el trabajo ha ido perdiendo centralidad en un contexto en el que los mecanismos de intermediación social estable se encuentran en crisis, ha abonado el terreno para una creciente desarticulación corporativa del conflicto social y la pérdida de peso del sindicalismo de clase. Desde esta realidad debemos afrontar los desafíos del presente.

La crisis sanitaria y sus consecuencias socioeconómicas han abierto una etapa de tensiones y disputas por el diseño y la construcción de la España para las próximas décadas. Nos encontramos ante un nuevo punto de inflexión en la historia de nuestro país equiparable a lo que supuso en su momento el Plan de Estabilización, los Pactos de la Moncloa o la entrada en la Unión Europea. En este escenario entran en pugna las fuerzas que quieren profundizar en el modelo neoliberal y, por tanto, avanzar en la desigualdad social; frente a otras que aspiran a construir una sociedad igualitaria como condición de posibilidad para que toda persona pueda desarrollarse en libertad y ejercer sus derechos democráticos.

El mundo del trabajo no puede quedarse al margen de esta contienda y tiene que asumir su papel y concurrir en esta pugna que se está desplegando. En este sentido, el sindicalismo corporativo con su estrechez de miras nada tiene que decir sobre este particular. Sin embargo, el sindicalismo de clase y de carácter sociopolítico, desde su genuina aspiración de transformación de la realidad debe y tiene que jugar un rol proactivo y clave en este cruce de caminos al que la sociedad española, pero también el conjunto de la Unión Europea, se enfrenta. Es el momento de dar un paso al frente.

Mayo de 2021