El papel del Estado en la Era Digital

 

Carlos Tuya, periodista

José Candela, periodista

 

 

Desde que Reagan sentenciara que el gobierno era el problema y no la solución, y se levantara la veda contra las conquistas del Pacto Social de la posguerra, las consignas de guerra del neoliberalismo han sido: reducción de impuestos, particularmente a los más ricos, tan discriminados los pobres; desregulación de los mercados, cautivos de la burocracia estatal; ofensiva contra las organizaciones sindicales y su fuerte poder, una rémora para el progreso; y disminución del tamaño y papel del Estado, insaciable Leviatán devorador de recursos económicos que deberían estar en manos de la sociedad civil. Impuestos, regulación, sindicatos y Estado, las bestias negras del neoliberalismo. La pujanza de la ofensiva hizo que incluso partidos socialdemócratas aceptaran, no siempre a regañadientes, algunas de sus premisas (Blair, Schroeder). Tras una leve recuperación inicial del crecimiento económico, más especulativo que real, los resultados no acompañaron a las expectativas. El efecto desmoralizador y desmovilizador que generaron las privatizaciones y recortes no tardó en manifestarse. Finalmente, la gran crisis sistémica de 2008 ha supuesto la prueba empírica de la insuficiencia e ineficacia de las recetas ideológicas de los desconcertados defensores del capitalismo global y financiero. Perdida la confianza política en neoliberales y socialdemócratas, una mayoría de ciudadanos expresó su indignación y hartazgo en movilizaciones sectoriales y globales, aunque sin dirección política, impulsando la aparición de partidos populistas a derecha e izquierda. De todo esto ya se ha escrito suficiente, por lo que no hace falta insistir.[i] Lo que interesa ahora es resaltar que todo esto ocurre mientras se desarrolla ante nuestros ojos el fenómeno más impactante de la historia de la humanidad desde el Neolítico: la Revolución Digital, una reconfiguración sin precedentes del medio natural, económico, político y cultural, que invalida las viejas recetas liberales y socialdemócratas. La suma de crisis sistémica del capitalismo y revolución científicotécnica digital es la que enmarca y condiciona los actuales conflictos sociolaborales y sus respuestas, tanto reivindicativas como políticas. Por eso, toda propuesta que no tenga en cuenta la presión evolutiva de la Revolución Digital está abocada a la inoperancia, la ineficiencia y, finalmente, el fracaso.

La presión evolutiva de la digitalización

La Revolución Digital estimula y potencia los procesos de heterocronía; es decir, las alteraciones en el desarrollo y funcionamiento del sistema socioeconómico capitalista. Su presión evolutiva afecta, entre otras cosas, a la forma de crear, acceder, procesar y ejecutar la información del sistema y, por lo tanto, su crecimiento. Por ejemplo, ha impulsado el desarrollo de la Inteligencia Artificial hasta convertirla en omnipresente, lo que unido al incremento de la potencia de computación y la formación del Big Data, permiten externalizar el cerebro humano en las máquinas inteligentes.[ii] El nuevo sintagma pasa de hacerlo por ti, a pensar por ti, posibilitando la paulatina colonización de prácticamente todas las áreas de la actividad por la robotización y automatización inteligentes. Los efectos en la actividad laboral resultan demoledores, principalmente por la falta de educación teórica y práctica de los trabajadores, añadiendo así la nueva brecha digital a la brecha social.[iii] Por otra parte, la Revolución Digital está trastocando los medios y formas de producir y distribuir la riqueza, incrementando la desigualdad congénita del sistema capitalista (el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el resto, según datos del Foro Económico Mundial 2015), lo que incide negativamente en el consumo interno, y pone en peligro la cohesión social. A su vez, el desarrollo exponencial de la sociedad digital está diluyendo las fronteras espaciotemporales en los sistemas de producción, reduciendo las tradicionales mecanismos de socialización en las grandes fábricas, al tiempo que se amplían los espacios virtuales de relación, cooperación y trabajo, y propician la aparición de nuevas categorías de trabajadores con perfiles digitales más o menos especializados, vinculados a la GigEconomy (economía a demanda). Estas modalidades de actividad laboral están originando una fuerte tensión dialéctica entre trabajo y capital, al crear un grupo cada vez mayor de trabajadores desprotegidos.[iv] Todo ello evidencia la ineficacia del entramado de las actuales relaciones de producción (Rp), forjadas a lo largo de las sucesivas fases de la Revolución Industrial, y constreñidas por las limitaciones de la propiedad empresarial. El resultado es una nueva fase de colisión con las fuerzas productivas (Fp), desarrolladas por la Revolución Digital, que pone en cuestión la necesidad histórica de la propiedad privada de los medios de producción como factor de desarrollo económico, y exige la reformulación del Estado como el espacio global de socialización, bajo el principio de autogestión.[v]

Estamos, por tanto, en un periodo de transición, caracterizado por la necesidad de readaptación a las potencialidades y exigencias de la Revolución Digital, con sus turbulencias, fluctuaciones, crisis, e incertidumbres. Periodo que manifiesta claramente la naturaleza del capitalismo como un sistema productivo de racionalidad limitada, que privatiza la información para desarrollar sus mecanismos de supervivencia: apropiación, acumulación, expansión. Son reglas ubicuas de una concurrencia competitiva darwinista que colapsaría el sistema sin la oportuna intervención homeostásica del Estado. Sin embargo, la memoria inmunológica del sistema capitalista no funciona adecuadamente en el nuevo ecosistema de la Era Digital. Tenía razón Sarkozy al señalar la necesidad de refundar el capitalismo para salvarle de sí mismo, lo que inmediatamente fue neutralizado por el establishment, ya que toda reformulación eficaz y eficiente supone necesariamente avanzar en su transformación. Las regulaciones salvadoras, más o menos bienintencionadas, que debían afrontar las sucesivas reuniones multilaterales del G20 y G8, no han logrado revertir un proceso que en la digitalización del sistema socioeconómico tiende a incrementarse.[vi] El capitalismo es, pese a sus grandes realizaciones, un sistema socioeconómico de baja calidad y escasa racionalidad, en el que se desperdicia parte de la riqueza en un mundo con casi 800 millones de personas viviendo en la pobreza extrema. Desde el punto de vista de la entropía, la empresa es una estructura disipativa (orden) en un sistema desordenado (competencia), lo que crea tendencias monopolistas (+ orden); estas, a su vez, impiden el funcionamiento óptimo del sistema (- competencia). Por eso, el capitalismo es un sistema productivo desequilibrado que necesita del Estado (regulación) para mantenerse.[vii] Pero la revolución científicotécnica de la Era Digital crea las condiciones para su paulatina transformación en un sistema de alta calidad. Y en ese proceso el Estado juega un papel determinante.

El papel transformador del Estado

Pese a las resistencias del neoliberalismo y sus recetas austericidas, el Estado precisa desarrollar una actividad reguladora creciente que permita el reajuste del sistema productivo, y paliar sus daños colaterales (Estado de bienestar). Actividad que entra en conflicto con los presupuestos del neoliberalismo y su grito de guerra: ¡menos impuestos! ¡menos Estado!… eso si, una vez pasada las fases agudas de las crisis. El incremento de los efectos socioeconómicos de las crisis económicas, y la capacidad ciudadana de respuesta a los reajustes neoliberales, supone una fuerte presión política en favor del papel económico del Estado, y su capacidad para reducir drásticamente el factor de incertidumbre (desorden) del capitalismo. Incluso los que demonizan el intervencionismo estatal, los nuevos anarcocapitalistas, no dudan en valerse de sus aparatos para la defensa del denostado sistema. Causa rubor escuchar a lideres como Trump, Salvini, Orban, Kaczyński, Erdogan, Bolsonaro, bramando contra los políticos globalistas y liberales, mientras se valen de los poderes ejecutivos para blindar su poder, anular la contestación social, proteger el gran capital nacional, y favorecer una quimérica recuperación capitalista tradicional. Desgraciadamente, la izquierda cosmopolita carece de la adecuada estrategia para responder a los desafíos globales de la Revolución Digital. Empezando porque no alcanza a comprender en toda su dimensión el papel del Estado, más allá de su necesaria defensa como benefactor (welfare capitalism), feliz combinación de capitalismo y democracia con servicios sociales, pero cuya supervivencia pone en peligro la misma crisis cuyos efectos que trata de paliar.

Para analizar el papel del Estado en la Era Digital, y de qué forma puede impulsar la reestructuración de la relaciones de producción (Rp), e implementar soluciones transformadoras a la crisis sistémica del capitalismo que posibiliten el despliegue de las fuerzas productivas (Fp), necesitamos conocer cómo Revolución Digital se está reconfigurando la realidad socioeconómica. Una de sus expresiones más significativa, por su alcance global, son las redes sociales y plataformas basadas en Internet, un nuevo ámbito de socialización, tanto interpersonal como de movilización y participación ciudadana, incluyendo la propaganda política, en el que participan mas de 5.000 millones de usuarios en todo el mundo.[viii] Multitudes que trabajan gratis en las redes sociales a cambio de usarlas también gratuitamente. Estos medios se integrarán en el llamado internet de las cosas (Internet of Things), potenciando el intercambio de información sobre nuestros hábitos, y propiciando el paso de una sociedad de consumo basada exclusivamente en poseer a otra basada principalmente en utilizar y compartir. Otro poderoso efecto de las redes sociales es el efecto Facebook, un contagio emocional cuya capacidad para dirigir la toma de decisiones en los campos político, económico, social y cultural está sobradamente comprobada. Al estar las redes sociales dominadas por los GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon), corporaciones tecnológicas cada vez más poderosas y sofisticadas, convierten el nuevo empoderamiento de los ciudadanos en la forma asumida de dominación tecnológico-digita, en lugar de significar una redistribución del poder social. Al ser necesarias como puerta de acceso a la biblioteca de conocimientos, imponen su quid pro quo: gratuidad a cambio de información. El objetivo es el individualismo conectado consumista que facilite la autoexplotación. Se trata de una especie de ciberfeudalismo donde las prestaciones gratuitas de las redes sociales se ofrecen a cambio de datos, el nuevo petróleo de la economía digital.

Dicho lo cual, no conviene perder de vista que redes sociales valen tanto para que ONGs salven vidas como para quitarlas (fanáticos religiosos, bandas criminales). Su poderosa capacidad de autoorganización ha permitido grandes movilizaciones globales como las primaveras árabes (2010), Occupy Wall Street (2011), o el movimiento feminista MeToo (2017). Pero también incidir negativamente en procesos electorales (EE.UU., Francia), referéndums como el Brexit, o la difusión de noticias falsas (fake news).[ix] Por todo ello, y debido a la facilidad para ser controlados y manipulados en nuestra actividad virtual, es urgente legislar sobre los algoritmos que toman decisiones que afectan a la vida personal e inciden en la realidad política. Aquí el papel del Estado y las organizaciones supranacionales, como la ONU y la UE, es fundamental. Pero la regulación en el mundo ubicuo de Internet es problemática, y a todas luces insuficiente. La verdadera garantía de que se respete la intimidad de los usuarios, y no puedan ser manipulados, es que las redes sociales sean un servicio público y no propiedad de grandes corporaciones. El Estado debe actuar como agente económico dinamizador y acometer las tareas vinculadas a los servicios públicos que exige el desarrollo de la sociedad de la información. Uno de los campos estratégicos es el de los servicios digitales a la ciudadanía, que garanticen el acceso universal, libre y gratuito a Internet mediante la creación de una nube pública; que permitan a las administraciones publicas controlar la gestión del Big Data; que promocionen el conocimiento informático desde la escuela; que protejan la seguridad y neutralidad en las redes sociales; que ofrezcan servicios y aplicaciones gratuitas en la nube, etc. Supondría la ampliación del concepto de servicio público en la Era Digital, y contribuiría a revertir la brecha digital, un déficit añadido a la creciente desigualdad. Desde un punto de vista estratégico, la creación de una suerte de Centro Nacional Digital, basado en la supercomputación, la Inteligencia Artificial, y el procesamiento del Big Data relacionado con la actividad económica, que permita, en base a los patrones de consumo y las previsiones de comportamiento macroeconómico extraídos de la información global del sistema, la elaboración de un programa-marco que racionalice y optimice la actividad económica, en la perspectiva de una futura planificación científica.

La sociedad digital y el empleo

Sin duda, el efecto más disruptivo e inmediato de la Revolución Digital es su impacto sobre el empleo. Ante la aplicación cada vez más extendida de la automatización y robotización inteligentes se está configurando un escenario desconocido, que trasciende el anterior uso de máquinas autónomas, y pone en cuestión la reposición clásica de empleo mediante la creación de nuevas empresas, tal como teorizó Schumpeter (destrucción creativa).[x] Hay estimaciones muy distintas, desde la pérdida de  800 millones en 2030, según el Informe MacKinsey Global Institute, de 2017 hasta un superávit de 1,2 millones de empleos que Randstad Research vaticina se crearán en España.[xi] Sea cual sea finalmente el ritmo y nivel de sustitución, no olvidemos que en la Era Digital el desarrollo pasa de ser lineal (agricultura) y progresivo (industria) a exponencial, lo que invalida los paradigmas de cambio socioeconómico anteriores.  En cualquier caso, ya nadie duda que los trabajos nuevos serán muy diferentes a los que se destruyen, lo que genera no solo un problema de desocupación sino de inempleabilidad. Si nos fijamos en los sectores productivos donde la incidencia de la digitalización está más avanzada, como son las telecomunicaciones e industrias de comunicación y ocio, comprobamos que la economía digital genera flexibilidad de producción, potencia los trabajos en red, reduce los costos, y generaliza el uso de la información. Eso explica, en gran medida, la colonización por las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) de cada vez mayores sectores económicos (comercio minorista, manufactura, edición, publicidad, video, cine, investigación salud, educación, ocio). El informe Future of Jobs 2018 muestra el nivel de adopción de tecnología digital en la industria:

Aprendizaje automático, 87%.

Análisis de grandes datos de usuarios y entidades, 84%.

Internet de las cosas (IoT), 82%.

Computación en la nube, 76%

Mercados habilitados para aplicaciones y web, 76%.

Transporte autónomo, 74%.

Nuevos materiales, 71%.

Realidad aumentada y virtual, 71%.

Comercio digital, 68%.

Electrónica ponible (Wearables), 61%.

Impresión 3D 61, %.

Encriptación, 58%.

Robots estacionarios, 53%.

Robots terrestres no humanoides, 42%.

Blockchain, 32%.

Computación cuántica, 29%.

Robots humanoides, 29%.

Biotecnología, 18%.

Robots aéreos y submarinos, 18%.

A todo esto, debemos añadir un fenómeno incipiente de enorme potencial: las impresoras 3D y 4D (permite crear materiales biológicos programables capaces de cambiar de forma y propiedades), cuya actividad ya está presente en áreas como alimentación, joyería, calzado, diseño, arquitectura, ingeniería, construcción, automoción, sector aeroespacial, industrias médicas y farmacéuticas, educación, ingeniería civil, etc. Su impacto, aunque todavía incipiente, puede llegar a convertir la impresión 3D y 4D en el meteorito que cambie radicalmente el ecosistema productivo capitalista, transformando gradualmente los procesos productivos y las relaciones de producción en numerosos sectores, con las implicaciones sociopolíticas que puede llegar a tener. En todo caso, estamos ante un fenómeno imparable que ya está suponiendo una transformación profunda en las relaciones de producción capitalistas, y que puede suponer un cambio de fase en el sistema socioeconómico de incalculables consecuencias.

En la Era Digital la actividad productiva girará en torno el eje trabajador especializado-máquina inteligente, un binomio dinámico donde la Inteligencia Artificial forzará la continua actualización del trabajador, restringido cada vez más a las áreas donde prima la creatividad y las relaciones sociales. Un trabajo, por lo tanto, radicalmente distinto al fordista de la Revolución Industrial: fijo, localizado, más o menos estable, jerarquizado, reglamentado, especializado, monótono y repetitivo. Por contra, en la Era Digital será flexible, de ciclo corto, conectado, cualificado, con formación continua, creativo y empático. Esta paulatina transformación del trabajo, unido a la rápida destrucción de empleo y lenta reposición de nuevos, junto a la presión de la obsolescencia cognitiva profesional a que se ven sometidos los trabajadores, está agudizando los efectos perversos del capitalismo: aumento de la desigualdad, precariedad y temporalidad laboral, desempleo de larga duración, exclusión social, inseguridad, y cronificación de la pobreza, lo que hace social y laboralmente insoportable las enormes brechas económicas, e inadmisible el dominio de las grandes corporaciones tecnológicas. Por todo ello, el Estado deberá jugar un papel cada vez mayor en el campo de la educación y las prestaciones sociales, garantizando, entre otras cosas la formación continuada, y una renta mínima asegurada (RMA) o renta garantizada de ciudadanía (RGC).[xii]

Transformaciones estatales, soluciones globales

La Revolución Digital ha propiciado no solo la formación de grandes corporaciones tecnológicas que monopolizan la información y el acceso a las redes, lo que les otorga un poder de control y manipulación inaceptable, sino que este poder resulta incompatible con la libertad de elección, decisión y realización personal. Su dominio interfiere en la legitimidad democrática, como un Gran Hermano cuyo ojo habita en la nube. Para enfrentar estas nuevas formas de dominación es necesario que el Estado actúe como agente económico. Un Estado impulsor, regulador, coordinador y socializador de la actividad productiva, en el horizonte de un nuevo sistema socioeconómico basado en la concurrencia cooperativa, la solidaridad, y la libre realización personal. No se trata de impedir o frenar el desarrollo de la Revolución Digital, algo por otra parte imposible, sino de encauzarla en provecho de la mayoría. Para ello contamos con las poderosas herramientas del voto y el algoritmo. Voto para fortalecer y desarrollar el Estado Social y democrático de Derecho, ampliando el control democrático de la ciudadanía con la institucionalidad de formas de democracia participativa, deliberativa y directa; algoritmo para poner al servicio del interés común la potencia productiva de la Revolución Digital.

Se trata de un proyecto de futuro que se construye en el presente, desde el conocimiento de las dinámicas evolutivas de la Era Digital, y basado en las condiciones concretas de cada país. Sin caer en veleidades fantasiosas y voluntaristas que suelen terminar en fracaso. Empezando por valorar las posibilidades reales de actuación del Estado nacional en un mundo globalizado, donde las pequeñas naciones solo pueden defender sus intereses integradas en estructuras supranacionales como la Unión Europea, hoy por hoy una institución de corte liberal, a medio camino entre Unión política y Área de libre comercio, lo que condiciona fuertemente sus facultades. En ese sentido, hay que contar con las limitaciones que el Estado tiene para trazar políticas sociales, tanto por la extensión e intensidad alcanzada por la globalización, como por su pertenencia a la Unión Europea. Limitaciones que no se superan abandonando la UE, lo que supondría el suicidio como nación, expuesta al poder de los mercados financieros sin más recursos de defensa que los propios. De hecho, ninguno de los gobiernos euroescépticos se plantea ya, como antaño, la salida de la UE. De ahí que las fuerzas transformadoras necesiten consensuar las políticas que defender en el Parlamento europeo, la Comisión y el Consejo, a fin de ampliar la capacidad de actuación fiscal, eliminando los refugios paralegales que permiten la evasión y el blanqueo de capitales, imprescindible para afrontar las políticas sociales del Estado, así como trazar sendas para satisfacer las necesidades energéticas y de suministros comunes, basadas en la primacía de lo público. Desde el punto de vista político, los problemas sociales, culturales y políticos, comunes a la Unión Europea, aconsejan crear una amplia coalición parlamentaria entre el espectro socialista, el bloque transformador de izquierdas en el sur, y los verdes del norte y el centro.

Para cumplir su papel en la Era Digital el Estado necesita ampliar su holgura financiera, constreñido por los límites que impone la libre circulación de capitales, las necesidades del comercio y la inversión global. Tanto la globalización como la pertenencia a la Unión Europea hacen muy peligroso el déficit presupuestario, pues el endeudamiento puede terminar, como en la época del PP de Aznar, con la venta de patrimonio público, bancos, telecomunicaciones, energéticas, incluso suelo.[xiii] Por otra parte, la industrialización a través de inversiones públicas está totalmente vetada por la doctrina neoliberal dominante en la Unión Europea, no así las ayudas para iniciativas en cooperativas y empresas. Es un campo a explorar, siempre que se solventen los problemas de financiación y organización corporativa, y se diseñen mecanismos de garantía para blindar el fin social de los fondos y ayudas que se otorguen. Bien gestionada, la actividad estatal puede servir a modo de proyecto piloto para una de las innovaciones más revolucionarias en el Estado del Bienestar, introduciendo, entre otras cosas, sistemas de organización participativa, en el horizonte de la autogestión, que garanticen la calidad de los servicios así como la necesaria innovación.[xiv]

Un terreno inexplorado, pero con gran potencial para la acción pública del Estado, es la evolución hacia una economía verde, lo que se conoce en los países anglosajones como New Green Deal, recogido en el programa de los Verdes Europeos. La conversión verde de amplios sectores económicos es un instrumento magnífico para desarrollar nuevas actividades económicas mediante financiación pública, con base cooperativa, o incorporando pymes a conglomerados donde los sindicatos tengan voz y los trabajadores voto. Otro campo es el desarrollo de la Economía Social, un sector orientado al bien común que tuvo una importante implantación, especialmente en Euskadi y el País Valencià, hasta el parón provocado por la gestión del segundo mandato de Aznar, la complacencia de Rodríguez Zapatero con la burbuja, y la gestión de la crisis por Rajoy.[xv] Hay que volver a recuperar las experiencias de los años noventa, limpiarlas de las fantasías que costaron mucho dinero a los cooperativistas sin capital propio, y poner el énfasis en que la calidad total del servicio sea mantenida, dentro de unas limitaciones económicas razonables. Cualquiera de estas políticas necesita una transformación radical del sistema educativo que lo haga más igualitario y eficaz socialmente: inyectando dinero en la investigación universitaria, aprovechando las sinergias con los sistemas públicos del bienestar, y una reforma radical de la FP para adaptarla a las nuevas tecnologías de todo tipo, y atender las necesidades prácticas de la sociedad. Todo lo cual supone acercar los estándares del sector público a la media europea, aumentando el presupuesto nacional en 6 puntos del PIB (pasar del 34% al 40%), que permitan ampliar las áreas de socialización del Estado de Bienestar, que en España supone solo el 20,2% del PIB, muy por debajo del 27% promedio de la UE,.[xvi] Con el correlato necesario de una Reforma Fiscal que recupere el espíritu de la que se llevó a cabo tras la Transición Democrática, desgraciadamente descafeinada posteriormente.[xvii] Reforma Fiscal adaptada a las nuevas realidades empresariales, sociales y tecnológicas, que contemple, entre otras medidas, el impuesto sobre las fortunas y sucesiones; un gravamen específico a las grandes rentas, particulares y corporativas, sin superar los estándares europeos para evitar la evasión; impuestos verdes y tecnológicos; y el famoso Impuesto sobre Transacciones Financieras (ITF), en línea con la Directiva de la Comisión Europea (febrero de 2013), único medio de controlar los movimientos de capitales, y reducir la velocidad de las mismas, haciendo más viable su inspección.

Democracia económica y socialismo

Para terminar, es necesario hacer hincapié en un hecho fundamental: la reorganización del sistema productivo bajo la presión evolutiva de la Revolución Digital afecta al núcleo de la propiedad empresarial, por lo que solo puede resolverse alterando las relaciones de poder en la empresa mediante la autoorganización de los trabajadores. Una forma es implementando la democracia económica mediante la autogestión de lo público y la cogestión ¡vinculante! en lo privado. Se rompería así tanto el dominio absoluto empresarial como el control burocrático estatal. Pero este es un tema que, por su enjundia, merece un estudio más detallado. Lo que interesa resaltar ahora es que la Revolución Digital, cuya racionalidad se basa en el procesamiento del Big Data mediante la Inteligencia Artificial, elimina la necesidad del capitalismo y posibilita su desbordamiento mediante la planificación científica de la economía y la regulación democrática del mercado en el espacio global de la Unión Europea.[xviii] La implementación y desarrollo de la Revolución Digital no puede quedar exclusivamente en manos empresariales, ya que presupone un cambio radical en las relaciones de producción (Rp) que afecta al ideologema burgués de propiedad. Tanto más cuanto que la Revolución Digital supone una fuerte asimetría en la detentación del poder de negociación. Este es uno de los grandes retos que el sindicalismo debe afrontar para seguir siendo la gran fuerza organizada de los trabajadores que les permita intervenir y condicionar el desarrollo de la Revolución Digital. Porque, no nos engañemos: o lo trabajadores controlan el desarrollo e implementación de la Revolución Digital, o esta terminará devorándolos.

Si somos capaces de transformar el sistema socioeconómico para que las fuerzas productivas se desarrollen plena y racionalmente en la Era Digital, se inaugurará un nuevo periodo histórico donde la cohabitación hombre-máquina permitirá realizar, finalmente, el viejo sueño socialista: de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades. No fue posible en el siglo XX de la Revolución Industrial, tal vez lo sea en el Siglo XXI de la Revolución Digital. Se trata de una tarea difícil por inédita, plagada de incógnitas, necesariamente gradual, aunque con un desarrollo exponencial, que solo puede abordarse con el apoyo ampliamente mayoritario y participativo de los trabajadores, dueños, finalmente, de su destino.

NOTAS

[i] Ver: Fernando Vallespín y Máriam Martínez-Bascuñán. Populismos. Alianza, 2017; Carlos Tuya. La sinrazón populista. Amazon, 2016.

[ii] Los data generados en el sistema socioeconómico crecen continuamente, y ya forman parte cada vez más importante de toda la actividad productiva. Por ejemplo, la empresa Dell calcula que en 2020 se almacenarán en la nube unos 44 zettabytes (44 trillones de gigas).

[iii] Debido a ello no solo es de esperar el surgimiento de formas de neoludismo, sino que la nueva configuración de la relación entre las habilidades mentales y el trabajo tradicional frenará los procesos de inversión, que son los que generan el beneficio (Kandiski, 1967), al abaratar los procesos industriales fordistas. El resultado podría ser un semi-estado estacionario, con tasas de ganancias cercanas a cero, y exasperación del capitalismo especulativo, tal como señala Piketty y en economistas críticos con la gestión de 2008, algunos de ellos antiguos técnicos del FMI.

[iv] Una manifestación de esta dialéctica es el caso de los falsos autónomos, que esconden una relación puramente laboral, sujetos a un horario y al cumplimiento de unas normas similares a las que rigen para los trabajadores por cuenta ajena, pero si su protección; o los trabajadores autónomos económicamente dependiente (TRADE), figura creada para proteger a aquellos autónomos que trabajan prácticamente en exclusiva para un solo cliente.

[v] El Estado que se corresponde a la globalización está en proceso de configuración, y las instancias supranacionales como G7, G20, etc. no son precisamente democráticas. Las corporaciones son los condados de un neofeudalismo, y los tecnólogos su caballería. Por otra parte, como señala el economista e historiador francés, Charles Bettelheim (1913-2006), el alcance real de la propiedad estatal depende de las relaciones reales existentes entre la masa de los trabajadores y el aparato estatal. Si este aparato está verdadera y concretamente dominado por los trabajadores (en lugar de hallarse sobre éstos y de dominarlos), la propiedad estatal es la forma jurídica de la propiedad social de los trabajadores. (Bettelheim, 1979).

[vi] Las grandes empresas tecnológicas tienen pocos contrapesos, y el principal de ellos, el Estado, se está debilitando debido a desregulación liberal promovida por la globalización económica. El siguiente cuadro, elaborado por statista, el portal de estadísticas, muestra el gasto en lobbies de las grandes corporaciones en Bruselas, lo que no ha evitado fuertes multas en el caso de Google, aunque claramente insuficientes.

[vii] Las estructuras disipativas son islas de orden en un océano de desorden. (I. Prigogine)

[viii] Solo Facebook, engloba más de 2.000 millones de personas, a las que hay que añadir WhatsApp, Signal, Messenger, Telegram, Snapchat, Skype, Wire, Tumblr, Twitter, YouTube, Instagram, Linkedin, y Pinterest.

[ix] Un estudio de la ONU alertó del reclutamiento de 35.000 terroristas en 100 países, el ISIS activó 3.000 cuenta en 2016 pata difundir en las redes el atentado de Niza, y Twitter suprimió 300.000 cuentas de publicaciones extremistas en 2017.

[x] Joseph Schumpeter (1883-1950) fue un destacado economista austro-estadounidense, al que se debe el concepto de destrucción creativa. En su obra Capitalismo, socialismo y democracia (1942) lo formula de la siguiente manera: El proceso de mutación industrial … revoluciona incesantemente la estructura económica desde dentro, destruyendo constantemente las estructuras antiguas, creando constantemente nuevas… Este proceso de destrucción creativa es la esencia del capitalismo.

[xi] Por su parte, el Foro Económico Mundial calcula que la automatización y la Inteligencia Artificial supondrán en cinco años la pérdida de 7,1 millones de empleos en las 15 economías más desarrolladas, mientras que solo se crearán 2 millones. Por su parte, un estudio sobre la informatización de los empleos europeos de Jeremy Bowles (Think Tank Bruegel), llega a la conclusión de que en una o dos décadas se podría ver afectado entre un 40 y un 60% de la fuerza laboral europea; España podría llegar a perder el 55,3 % de su empleo. Hay más estudios, como el realizado en 2013 por Carl Benedickt Frey y Michael A. Osborne, de la Universidad de Oxford, donde se sugiere que el 47% de los empleos totales del mercado laboral estadounidense (unos 64 millones) podrían automatizarse en una o dos décadas.

[xii] Existen distintas propuestas, cuya viabilidad dependerá de los recursos del Estado y de la voluntad política. Para un estudio sobre el tema ver: Juan Torres López. Renta básica. ¿Qué es, cuántos tipos hay, cómo se financia y qué efectos tiene? Deusto, 2019.

[xiii] El suelo urbano y su delimitación es una herramienta que la actual correlación en la UE permite utilizar para políticas sociales; pero para ello se  necesita definir mejor la extensión de la Constitución que cubra el bien común: en esa línea se debería desarrollar una línea de inversiones municipales en vivienda social de alquiler para cubrir el déficit actual, calculado en dos millones de viviendas, para lo cual se necesitaría una financiación del 2% del presupuesto nacional durante cerca de 20 años; aunque la citada financiación se cubriría con los alquileres y, cualquier gobierno con voluntad de hacerlo, podría fácilmente presentar un plan a Bruselas, que sería aprobado.

[xiv] La autogestión es un mecanismo de gestión de la empresa y la producción, que tiene que ver con la organización social de la división del trabajo y con las opciones de comprensión del proceso productivo que la tecnología permite a las personas, condicionado a las habilidades y conocimientos de las propias personas involucradas. Está directamente correlacionada con conceptos tales como el grupo, el liderazgo y la confianza mutuas.

[xv] La Economía Social es una forma de producir que integra los siguientes valores: primacía de las personas y del objeto social sobre el capital; organización y cultura empresarial con vocación de gestión participativa y democrática; conjunción de los intereses de los miembros usuarios y del interés general; defensa y aplicación de los principios de solidaridad y responsabilidad; autonomía de gestión e independencia respecto a los poderes públicos; aplicación de la mayor parte de los excedentes a la consecución de objetivos a favor del interés general, el interés de los miembros y el desarrollo sostenible. (Ver: www.cepes.es).

[xvi] Ver: Vicenç Navarro. El Estado de Bienestar en España. Tecnos, 2004.

[xvii] Todas las modificaciones al diseño inicial de Fernández Ordoñez restaron eficacia recaudadora e inspectora al sistema fiscal de la democracia.

[xviii] El mercado es un logro de la civilización, que culmina con el capitalismo. Este se apropia de sus mecanismos intentando poner toda la vida social bajo su tutela (Polanyi), evitando que ninguna actividad pueda escapar a los requerimientos de la acumulación de capital. El mito de los mercados autorregulados surge en el siglo XIX, y se deriva de una extensión abusiva del liberalismo smithiano, bajo la tutela de las falacias matemáticas de Pareto y Wallras. En el ultimo tercio del siglo XX, el capitalismo desarrollado lo resucita para expandirse, y ocultar bajo ese velo ideológico la realidad de las grandes corporaciones, las cuales compiten buscando ventajas monopolistas (competitivas).

Madrid, 1 de Julio de 2019