El ejercicio de la solidaridad y las profesiones sociales en un escenario de cambio de época

chain-566778_640

 

Carlos Sánchez-Valverde

Educador Social y profesor de la Universidad de Barcelona

 

 

El ataque a la sociedad civil y sus conquistas

El actual Conseller de Sanidad Catalán afirma que se ha aplicar socialmente un modelo de “seguros privados obligatorios”, es decir, de Mutuas. Este y otros mensajes en la misma línea, forman parte del bombardeo comunicativo que sufrimos desde hace algunos años que quiere hacer realidad, otra vez, el principio de que “una mentira repetida se convierte en verdad”. Todo ello dentro de una campaña mediática que afirma la inevitabilidad de duras medidas para “salvar el país” y de alabanza a las bonanzas del sector privado,[1] de representar como si fueran parásitos a los miembros de la sociedad civil, a los representantes sociales (políticos, sindicalistas, ONGs, etc.) y de denostación de lo público y de sus profesionales…

Deberíamos no olvidar que “la Mutua de las clases populares es el Estado”.

La filiación social ha ido asumiendo diferentes paradigmas a lo largo de la historia. En la modernidad la filiación la encarna “el estado”, al haber demostrado la religión su incapacidad para seguir haciendo de filiadora social, de todos, todas y cada uno, desde el siglo XVI. Pierre Legendre, en 1985, nos decía: “el estado es el deseo político de Dios”, en una metáfora cargada de significados.

Ahora, en el inicio del siglo XXI, este paradigma está en cuestión y la filiación vuelve a manifestarse como profundamente imperfecta e incompleta en ese nuevo sistema que se está dibujando marcado por los discursos neoliberales.

Las respuestas de contenido social (el estado social) que hemos vivido en Europa desde la irrupción de las políticas Bismarkianas a finales del XIX, no eran nada más que una corrección “digna” sobre los excesos del “estado mínimo” de los liberales utilitaristas que “confiando ciegamente en los mercados” habían llevado a las sociedades a unos niveles de pauperización jamás vistos y que actuaban, además, como caldo de cultivo de violentas (y temidas) revoluciones. El seguro social promovido por el estado frente al mercado, basado en una corrección y redistribución social de la riqueza para evitar la indignidad y la indignación de las personas que provoca la ciega técnica mercantil, es la garantía de dignidad.[2]

El contexto y el momento: cambio de época

El episodio histórico de recuperación desde el neoliberalismo del discurso del “estado mínimo”, y el ataque a los valores que se oponen a ello (entre ellos la solidaridad), tiene una trascendencia que supera lo coyuntural para colocarnos en un escenario de cambio de época de inciertos futuros.

La denominada crisis está dejando fuera, sin filiación social (es decir: sin lugar), a ingentes sectores de población. Son los excedentes sociales (los y las “desechables”, como denominan en Colombia a los pobres) o el precariado del que hablan autores como Standing: nuevas clases sociales que ni tienen expectativas, ni reciben “ayuda” o solidaridad social. Porque han perdido sus derechos, deberíamos decir.

La modernidad, como proyecto humano y social centrado en el crecimiento y el progreso y en la confianza absoluta en la fuerza de la razón y del consenso, se está desmoronando rápidamente. El “pacto social que posibilitó el estado del bienestar” ha sido roto unilateralmente por una de las partes firmantes (simbólicamente), como nos recuerda el profesor Fontana. Ahora nos ha tocado a nosotros, países del sur de Europa, experimentarlo y sufrirlo. Otros lo vivieron antes (EEUU e Inglaterra en los 1990, Alemania en 2000).

Este proceso de cambio tiene sus orígenes en las consecuencias de la revolución de mayo del 68 (que coloca la identidad y el individualismo en el centro, en el núcleo del discurso político y social, frente a la centralidad de la igualdad presente desde la revolución francesa), que fue aprovechada por las propuestas neoliberales como el trampolín de su batalla o “guerra” (según las palabras de Warren Buffet,[3] una de las mayores fortunas del mundo, quien reconoce pagar “menos impuestos que su secretaria”), guerra no tan sólo ideológica,  que ha hecho que la consolidación social de los postulados ultraliberales sean los dominantes, cuando no hegemónicos.

Las consecuencias de una pérdida de peso del estado y la privatización de la solidaridad:¿qué les quedará a los vulnerables?

La propuesta y la práctica del “MENOS ESTADO”, que se defiende tanto desde la ultraderecha (ese es el lema del “Tea party”[4]), como desde los movimientos más alternativos (por ejemplo, y sorprendentemente, aquellos que defienden el decrecimiento), deja abierto un panorama en el que la lucha por el monopolio de la solidaridad, desde su privatización, está en el orden del día.

La postmodernidad, con su contenido “flexible” (Sennett) y “líquido” (Bauman), ha hecho que la vulnerabilidad haya pasado a ser una categoría que engloba a la mayoría de la población, profundizando en su caracterización como proceso.

El peligro y el riesgo en estos momentos, para toda y todos, es que se cumpla la profecía de Margaret Thatcher cuando afirmaba ya en los años 80 que “la sociedad no existe, sólo existen los individuos y las familias”. Y que esto nos lleve a una desaparición de lo político como consecuencia de la desaparición del estado y de su sustitución por el mercado y la caridad privada.

La desaparición de la solidaridad social puede acercarnos a una escenario que otros autores nos recuerdan (Boris Buden del EIPCP: Instituto Europeo para las Políticas Culturales Progresivas), en el que sea toda la sociedad la que colapse.[5]

Josep Fontana va más lejos todavía y nos previene de que sufrimos el peligro de volver a una privatización de las relaciones sociales y un retroceso hacia modelos de relación similares a los que se dieron a la Edad Media.

Las profesiones de la acción social

De la misma manera que “el estado es la Mutua de los vulnerables y de las clases populares”, que ha ejercido esa función (la solidaridad) de una manera delegada por el encargo social en un sistema de distribución de las acciones que generaban la filiación social, no hemos de olvidar que fue como consecuencia de ese juego de delegaciones y encargos, donde se configuraron las profesiones de lo social. Existimos, como profesiones, como una más de las consecuencias del ejercicio del estado de su función como Mutua solidaria, en su aspiración a la filiación de toda la población.

Pero estamos retornando a una situación en la que los riesgos que están sufriendo la acción social y la intervención social (y que nos atraviesan como agentes-sujetos actuantes en estos espacios) pasan, otra vez, por el aumento de los encargos de control social y de gestión diferencial de las poblaciones, como diría Robert Castel. Todo nos indica que hay fuerzas sociales muy interesadas en volver a las situaciones superadas del siglo XIX, de caridad y beneficencia, cuando la acción social se entendía, en palabras del jurista y político liberal español Manuel Colmeiro y Penido, en 1850, así:

“La caridad social (beneficencia) no es derecho de requerir auxilio, de exigir una prestación determinada, ejercitando el individuo una acción contra el Estado para obtener asistencia. Es una esperanza de alivio; no una reclamación de deuda, sino demanda de beneficio”.

Como profesionales sociales y como ciudadanos y ciudadanas, deberíamos estar en disposición de dar respuesta a estas nuevas situaciones. Situaciones que generarán aumentos en las demandas, no tengamos dudas al respecto, en ese encargo controlador. Algunas ya están aquí: el acceso a los derechos de salud por parte de los colectivos “irregulares” de inmigrantes, o los listados de ocupantes ilegales de determinados asentamientos urbanos, etc. Y estas demandas nos interpelan sobre de qué nos hemos de ocupar: si ¿de las personas y sus derechos? o ¿del encargo? Todo ello en una dirección muy similar a las posibles implicaciones para las profesiones de la acción social referidas a “la asignación de destinos” que estos profesionales pueden acabar realizando.

Las preguntas sobre quiénes son (/somos) los excluidos o sobre si, como profesionales, somos antídotos o factores de estigmatización y etiquetado, o sobre si trabajamos en el “control y gestión” o en la elaboración de estas situaciones con las poblaciones vulnerables que la padecen, están aquí y con más actualidad que nunca.

La naturaleza de nuestra manera de estar el mundo (social y profesional) de las profesiones sociales: la tensión

Las profesiones sociales (trabajadores sociales, educadores, psicólogos, pedagogos, animadores, etc. y todos los roles y funciones asociados), estamos sujetos a una tensión continuada derivada del núcleo constitutivo de nuestra intervención (en la práctica presente en la mayoría de las profesiones de ayuda), que podría representarse en este gráfico,

ENCARGO (explícito):De aquel que nos “paga” →→→

PROFESIONAL SOCIAL     

←←← PERSONA / GRUPO(a los que se       acompaña): Encargo/demanda implícitos
        ↓CONTROL      ↓DERECHO / CIUDADANIA

Lo que tiene que ver con la columna de la izquierda (Encargo) tiende hacia “el control social”. Y lo que deriva de la columna de la derecha, está relacionado con el ejercicio efectivo de los derechos humanos y el desarrollo de la ciudadanía.

La caracterización del modelo español

El debate se ha desplazado y se centra ahora en “¿quién ejerce la solidaridad?”. El control y el ejercicio social de la solidaridad se han convertido en este principio del siglo XXI en el espacio donde se está llevando a cabo la batalla ideológica del neoliberalismo. Y desde su mercantilización y privatización, estamos asistiendo a una batalla cerrada que no sabemos dónde nos llevará.

El proceso de privatización de la solidaridad tiene en nuestro país una articulación especialmente peligrosa: la debilidad de nuestra sociedad civil, que quedó desmantelada por el franquismo y que aún estaba en proceso de fortalecimiento. Nuestra sociedad civil NO PUEDE DAR RESPUESTA a las nuevas necesidades y ese nuevo escenario, dado el elevado grado de dependencia de sus acciones de los presupuestos públicos. Y la iglesia, desde un tratamiento (fiscal y de transferencia de capitales) “de favor”, lleva los últimos 30 años fortaleciéndose, lo que la está colocando en situación de una clarísima ventaja. Las posibilidades de monopolio o de “dumping social” son en nuestro caso mayores que en otros países europeos.

Todo ello cuando la eclosión de las actuales manifestaciones de necesidades viejas (la pobreza y el hambre, que creíamos controladas), parece que dirigen las prioridades hacia la subsistencia y la asistencia y hacen que hablar en estos momentos de derechos no esté de moda desde la presión de la urgencia de lo cotidiano. Esperemos “que los árboles no nos impidan ver el bosque”.

¿Dónde estarán encuadrados y para quién trabajaran las próximas generaciones de profesionales sociales? ¿En las grandes pseudo ONGs, dominadas por la iglesia, auxiliares-substitutivas del estado que ocuparán el espacio del Tercer Sector? ¿En las mutuas de las que habla el conseller Boi Ruíz? ¿O en el sector público?

Final

Tomar consciencia de todo ello, interpelarnos y tenerlo presente en nuestra acción social del día a día, resulta crucial para no caer subyugados en lo institucional y reproductorio del ejercicio mecánico de la profesión.

Vivimos, profesionalmente, en la tensión entre el encargo y las personas. Y hemos de reflexionar sobre ello, en nuestra práctica también, desde esa tensión constitutiva de nuestra identidad, porque es fundamental para seguir ofreciendo cada día una respuesta centrada en la dignidad. Y porque en esa tensión entre el encargo y las personas, sería deseable que no perdiéramos de vista que nos debemos a las personas y a sus Derechos (Humanos).

Para acabar, quizás debamos volver a creernos lo que dice Carlos Taibo: “Tenemos que buscar una salida del capitalismo, no de la crisis”.[6]

 

[1] Como expresión del máximo de las paradojas de la política que estamos viviendo en los últimos años en Catalunya, donde se ha “puesto a los lobos a cuidar del corral de los corderos”, se nombró Conseller de la Generalitat a Boi Ruiz, responsable de los hospitales de la Mutuas Privadas, quien ideó un plan para privatizar el sistema sanitario público, “aplicando un modelo de seguros privados obligatorios a partir de un nivel determinado de renta” (ver: http://politica.elpais.com/politica/2011/11/29/actualidad/1322598149_462223.html) y que ha sido capaz de afirmar que “ “la salut és un bé privat que no depèn de l’Estat” (la salud es un bien privado que no depende del Estado – ver: http://www.ara.cat/societat/Govern-sanitat-ICS-Boi_Ruiz-model-Iese_0_578942252.html)

[2] Ver http://www.social.cat/opinio/2484/sobre-la-dignitat

[3] “Hay lucha de clases, de acuerdo, pero es mi clase, la de los ricos, la que está haciendo la guerra, y vamos ganando”. Warren Buffet, citado por The New York Times, 26 de noviembre de 2006.

[4] Ver http://www.jotdown.es/2014/02/el-tea-party-instrucciones-de-uso/

[5] Ver http://eipcp.net/transversal/0407/buden1/es

[6] Ver http://www.jotdown.es/2013/02/carlos-taibo-tenemos-que-buscar-una-salida-del-capitalismo-no-de-la-crisis/