Diseñar un horizonte de democracia económica y social: la ilusión necesaria para la ofensiva

 

Juan Manuel Tapia

Sindicalista

 

 

Paradójicamente, después de más de una década de crisis económica y los consiguientes retrocesos en las condiciones de vida y trabajo, en los derechos sociales, en el Estado del Bienestar, y papel, y peso del sector público; no termina de dibujarse una alternativa general a la situación, ni siquiera una senda de recuperación de derechos y una salida más justa de la crisis.

Cuando parece socialmente compartida la idea de que el capital y los poderes establecidos son la causa y origen de la crisis, no se ha puesto en pie un proyecto social y político ilusionante, capaz de lograr la adhesión de las clases populares, en la lucha por una alternativa integral.

Por el contrario, avanzan en una Europa sin proyecto social y político, con principios significativos de disgregación, y en el conjunto del mundo, las fuerzas más conservadoras y de ultraderecha, con sus espantajos ideológicos, como fantasmas de un pasado que muchas y muchos habíamos creído enterrados para siempre. En el mismo sentido asistimos al choque de trenes de nacionalismos adversarios e interdependientes, que arrumban el conflicto social, del que dependen las potenciales transformaciones necesarias, a un segundo término.

¿En qué consistirían los rasgos de ese proyecto ilusionante capaz de reorientar, en un sentido de progreso social y democrático, el actual “marasmo” en que nos encontramos?

¿Qué papel debería tener el sector público, cuál los necesarios elementos de cogestión y en qué sentido?

La referencia a la que invita Perspectiva, el sector público motor económico, la cogestión una alternativa, bajo su aparente generalidad y desconexión entre las dos ideas, esconde un vínculo muy fructífero en esta reflexión.

Por delante, tres afirmaciones:

El rasgo distintivo del contexto de crisis, ha sido, en su origen y desarrollo, la preponderancia de los mercados sobre la democracia, de la economía capitalista sobre la política. Este desequilibrio tiene como dinamizadores la ideología neoliberal y la globalización sin reglas. Es lógico que un proyecto alternativo se construya sobre la base de invertir este desequilibrio, sobre la base del gobierno democrático de la economía. De la crítica de esta economía política, dado que la economía nunca ha sido un factor neutral y desideologizado, que haga nacer una economía política al servicio del conjunto de los seres humanos y sus sociedades.

Este proyecto programático de cambio no puede volver al pasado, pero no puede desconocer los problemas, para la izquierda política y social,  de ese pasado. No se trata de que el fortalecimiento del sector público sea equiparado a la estatalización o el colectivismo indiscriminado de la economía. Las lecciones del socialismo real se dan por aprendidas. Aunque quedan muchas reflexiones interesantes que hacer respecto de la otra historia del socialismo, de las diversísimas experiencias autogestionarias, y de “socialización en el sentido dado por Karl Korsch. De  Las experiencias  “herejes” que diría Bruno Trentin.

Este proyecto programático sólo puede ser concebido desde la actual realidad de cambio del paradigma económico y social, del actual desarrollo de las fuerzas productivas, de la nueva realidad científico técnica de la organización del trabajo y la globalización. Dicho de otra forma, en un proyecto programático para la actual fase de desarrollo del modo de producción capitalista. Lo que incluye de forma central la consideración del problema de la sostenibilidad del ecosistema, la economía circular y el cambio climático.

Que el sector público es un motor económico esencial, del que dependen millones de empleos directos e indirectos, con una enorme capacidad de dinamizar el conjunto del tejido económico, es una evidencia. La crisis ha demostrado, ésta y todas las anteriores, que el debilitamiento del sector público solo ha conseguido aumentar los niveles de depresión económica, agravando la situación.

Es oportuna, hoy también, la confrontación de ideas entre los postulados neoliberales dominantes y los postulados, nuevos o tradicionales del neokeynesianismo y otras corrientes del pensamiento económico crítico marxiano.

A la ausencia, no ya de complejos, sino de moralidad –en un sentido filosófico-, del neoliberalismo, podemos responder sin complejos heredados de nuestro propio pasado. No está demás una relectura del programa común de la izquierda francesa, que la llevo al poder en 1981, programa que concitó esa ilusión general necesaria.

Dos grandes modelos, con todas sus diversidades, están en liza. No se trata exclusivamente de modelos económicos de desarrollo, sino de modelos sociales y políticos.

Un sector público fuerte forma parte del corazón de la democracia social, de la defensa del interés general de la población, incluso en un sistema de economía social de mercado. Un  sector público lógicamente eficiente y competitivo. Un análisis de los procesos de privatización de las últimas décadas enseña el enorme coste económico y social de esas políticas económicas. Además, nuestro sector público, y nuestro Estado del Bienestar, en relación al desarrollo medio de la Unión Europea, tienen importantes márgenes de crecimiento.

Necesitamos un sector público fuerte y complejo, plural, de propiedad pública y/o mixta, en sectores económicos estratégicos y en los ámbitos del Estado del Bienestar. Los procesos de renacionalización, y de reversión no son necesariamente una herejía.

No tenemos un referente público en el sector financiero, no lo tenemos, ni controlamos el sector energético, que ocurre con el sistema de transportes, no existe prácticamente presencia de lo público en otros sectores económicos. Alguien avisado dirá que estos planteamientos pueden chocar con determinadas regulaciones europeas, sin embargo, no estamos planteando un proyecto autárquico para nuestro país, sino para compartirlo con el conjunto de las fuerzas de progreso europeas.

Necesitamos nuevos sistemas de control público del conjunto de la actividad económica, nuevas regulaciones legales al servicio del interés general.

Necesitamos fortalecer la economía social y el cooperativismo, dignificando su verdadera significación social.

Necesitamos garantizar en nuestro país un espacio en condiciones, y con condiciones, y con condiciones para las grandes empresas globales y sus redes. No puede obviarse su importancia.

Necesitamos incorporar elementos de autogestión en la economía pública y privada, de ahí pasamos a segunda cuestión conexa: la cogestión como alternativa?

En mi opinión el modelo de participación de las personas trabajadoras en la empresa debe responder a determinados criterios y condiciones, que a grandes trazos deben ser los siguientes:

El sistema de participación debe ser sindicalizado y sobre la base de la democracia sindical representativa.

En el sistema, el sindicato no puede convertirse en un sujeto subalterno del proyecto y la gestión empresarial. Justamente, la experiencia de la cogestión en algunos países nos señala ese riesgo. El sindicato no puede perder la condición de sujeto crítico en el desarrollo del proyecto empresarial. Incluso cuando algunos elementos de ese proyecto respondan a procesos de concertación sindical, debe ejercer su papel beligerante en el cumplimiento.

El sistema, debe centrarse en la participación en el control del desarrollo, con organismos específicos, y los elementos de concertación del proyecto empresarial. Seguramente, debe tener concreciones diferenciales en las grandes y medianas empresas, respecto de las pequeñas.

El sistema debe diferenciar la participación del sindicato en representación de las personas trabajadoras de la empresa.  Que puede y debe tener momentos de codecisión, y de participación anticipada a las decisiones empresariales en el proyecto –es interesante analizar nuestro reciente Acuerdo Interprofesional de Catalunya y como dibuja esos derechos de participación proactivos, sindicales y personales-.  De la participación sindical en representación del conjunto social de la población trabajadora.

La cuestión es apasionante, y merece un importante debate que todavía no se ha producido en el movimiento sindical.  Que nadie piense que se trata de un tema postmoderno. El tema fue uno de los elementos centrales en los primeros pasos de nuestra centenaria Organización Internacional del Trabajo.

Algunas conclusiones generales de ambas cuestiones conexas:

Se trata en ambos casos de una construcción integral de un proyecto de desarrollo de nuestra democracia política y social, de nuestro Estado Social de Derecho. En el conjunto social y en la ciudadanía social en la empresa.

Se trata de crear un marco que posibilite un desarrollo económico sostenible y la economía circular.

Se trata de dinamizar nuevos desarrollos, y no solo recuperar la posición, de nuestro Estado Social del Bienestar.

Se trata de mejorar las condiciones de trabajo, su calidad, en una empresa más democrática y participativa, con nuevos desarrollos de derechos personales y sindicales.

Se trata de contribuir a la construcción de un nuevo modelo de gobernanza democrática global de la economía, de la cual la renovación social de nuestra Unión Europea es un elemento central. Y más allá nuestro mundo.

Madrid, 1 de Julio de 2019