Destapar la ilusión de democracia

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Gina Argemir

Economista del Gabinete Técnico Jurídico de CCOO Catalunya

 

 

 

Democracia es el concepto más globalizado por la hegemonía occidental, pero también es un concepto que sigue siendo disputado. De hecho, que continuemos cuestionándola es la mejor señal de que no se ha alcanzado el consenso simbólico buscado desde el poder.

En la lucha por la hegemonía se confrontan dos ideas de democracia, la liberal y la republicana. Sugiere Habermas que son dos formas de entender el proceso democrático, el ejercicio del poder y los objetivos del proceso político. Por un lado, el republicanismo entiende la democracia como un continuo proceso social, mientras que para el liberalismo es un simple elemento mediador. Otra diferencia es que en el modelo republicano el ejercicio del poder político tiene un sentido horizontal, siendo vertical en el modelo liberal. En cuanto al objetivo político, los elementos que motivan la lucha por la hegemonía liberal son el mercado, la competencia y los intereses. Por el contrario, la democracia republicana busca el diálogo como ejercicio permanente, se fundamenta en la persuasión abierta y tiene el entendimiento como objetivo.

Diálogo, persuasión abierta y entendimiento como objetivo son prácticas permanentes que organizaciones como las sindicales llevamos a cabo. Prácticas que en los últimos años han sido fuertemente criticadas o incomprendidas, incluso por organizaciones de participación ciudadana que hoy están protagonizando el mismo intento de entendimiento y participación. Se ha criticado la insuficiencia de los resultados políticos demasiado a menudo atribuyéndola directamente a los agentes que tenían que introducir el cambio o servir de modelo de resistencia. Se ha cuestionado la intención, la identidad y la estrategia de organizaciones críticas y sindicales. Pero, ¿y si la insuficiencia de los resultados fuera intrínseca a la síntesis, en el sentido emergentista, de las dos formas de entender el proceso político?

Quizá tiene razón Pablo Dávalos cuando dice que la democracia liberal sólo crea la ilusión de la lucha por el poder, por lo que, haciendo creer que la participación es posible, termina neutralizando – “domesticando” dice él – los sectores críticos de la sociedad, entre ellos, los intelectuales y las organizaciones sindicales. Si fuera cierto que el proceso político liberal inevitablemente termina desfragmentando la identidad y el discurso de los agentes críticos que participan “ingenuamente”, ¿cómo identificar y neutralizar los factores implicados? El poder, decía Weber, encuentra en la institucionalización del conflicto social una forma de control. ¿Es de eso de lo que han sido víctimas las organizaciones sindicales y críticas? ¿Es esto lo que deben esperar las organizaciones ciudadanas que de forma activa hoy intentan participar y dialogar con el poder?

En nuestra sociedad cada vez más compleja y artificial, es imprescindible entender cómo se articula la ilusión de la lucha por la hegemonía, de qué se alimenta y qué la hace tan difícil de combatir. A la hora de interpretar el desequilibrio de fuerzas resultante del proceso político, solemos referirnos al despliegue de medios de la democracia liberal, especialmente de tipo material, pero en cambio pocas veces recordamos que el poder se encuentra en la mente del sometido. El poder es, de hecho, una forma de relación interiorizada por una ciudadanía condicionada por el sistema.

La trampa ilusoria que nos tiende la democracia liberal comienza con nuestra aceptación de sus esquemas ideológicos, esquemas que contienen conceptos construidos para mantener su poder político. Y durante el diálogo político, una de las trampas en las que hemos caído ha sido la asimilación de la economía como centro hasta el punto de desplazar el ser humano, lo que a veces ha comportado la acomodación excesiva de nuestros propios valores. La democracia liberal ha logrado convertir el concepto economía en una finalidad y ya no en un medio. La ha convertido en el único carril por donde circula forzosamente cualquier posibilidad de acuerdo. Todo pasa por la economía. La democracia y la vida pasan por la economía. Todos usamos el discurso de la eficiencia, la competitividad y el éxito, porque el concepto ha logrado penetrar y tener el mismo sentido para toda la sociedad. Y no sólo eso, sino que el poder económico, como apuntaba Baudrillard, ha terminado subordinando a la realidad misma. Entonces nos queda la sensación de que cada “salida” de la crisis económica de turno, nos empuja más y más hacia otro tipo de democracia, una democracia disciplinaria, un sistema represivo basado en el miedo: el miedo a la deuda pública, el Banco Central Europeo, a la deflación o la inflación … Y así es como el miedo ha quedado instaurado como instrumento para aniquilar el diálogo en una sociedad cada vez más obediente, sometida y dócil – o, en el peor de los casos, una ciudadanía “de rendimiento” y autoexplotada, en la línea que describe Byung-Chul Han -.

La democracia liberal nos ofrece aún otra ilusión de lucha por la hegemonía, ésta relacionada con el potencial de la cultura del espectáculo para cosificar, para convertir en producto para el consumo de masas a los agentes y los procesos políticos, incluyendo a los adversarios del poder. Baudrillard alertaba sobre las simulaciones y los reality-shows mediáticos que nos están confiscando la rebeldía y la soberanía. De hecho, hoy como nunca, los reality-shows políticos están presentes en la televisión, en las mil y una tertulias políticas televisadas que han desplazado las tertulias de prensa rosa, quizás cumpliendo la misma función. Al fin y al cabo, siguen distrayendo una ciudadanía en conjunto más observadora que participativa, excitada pero no por ello activa ante el exhibicionismo de la política frívola y reduccionista, que ofrece el poder económico a través de sus canales de televisión, canales que nosotros creemos críticos.

La redefinición del votante, ahora convertido en consumidor político, es otro espejismo contra el que luchar. El modelo liberal tira del marketing y la manipulación más salvaje para ofrecer un cóctel de mentiras y atractivo a sus consumidores. Y, desgraciadamente, olvidando que las formas de hacer política acaban afectando al fondo, hay también organizaciones políticas críticas y organizaciones de participación ciudadana que intentan seducir a su votante potencial haciendo uso de manuales de persuasión y marketing político de inspiración liberal. Con la fiebre de ganar escaños olvida entonces el gesto emancipador del voto. Así se contribuye a alejar a la participación ciudadana del carácter continuo y constructivo buscado en la democracia republicana. Así se convierte el votante en un usuario mediador de una democracia de un solo día y de usar y tirar.

Éstos son sólo algunos ejemplos de los instrumentos que utiliza la democracia liberal –la hegemonía de la desigualdad- para mantener su poder a la vez que repite y repite la palabra democracia. Es un poder que permite ver sin ser visto; que, como decía Foucault, quiere ser omnividente e invisible al mismo tiempo, de ahí la importancia de promover el control del poder por parte de los ciudadanos y de forzar la transparencia de los de arriba.

Nuestra idea de democracia queda lejos todavía, pero una manera de combatir la ilusión de democracia plantada por el modelo liberal es destapándola. Las desilusiones tienen un punto amargo pero son altamente reveladoras y emancipadoras. Y ante los artificios y las persuasiones encubiertas del proceso político, no hay poder más grande que la autenticidad de un discurso escrito con las propias palabras y valores.