Democratizar la economía significa apostar por la participación de los trabajadores en la empresa

 

Bruno Estrada

Economista, adjunto al SG de CCOO, miembro del Cte. de dirección de la Fundación 1º de mayo

 

La democracia ha sido el mejor instrumento que ha encontrado el ser humano a lo largo de su Historia para incrementar la cooperación social, que es el vector evolutivo colectivo que determina el éxito o fracaso de las sociedades humanas, esto es, su modernización. Entendida esta como la capacidad de una sociedad de actuar colectivamente movilizando personas y recursos materiales y financieros para lograr un objetivo y, una vez conseguido, poder volver a desplegarlos de manera continua a medida que surgen nuevas necesidades o presiones, como la define John Darvin en “El sueño del imperio”.

La religión y el capital -entendido aquí como dinero en todas sus modalidades- jugaron un papel similar a la democracia en el pasado, en sociedades más primitivas y más pobres. Resulta obvio que la religión tiene muchas contraindicaciones en términos de restricción de las libertades, de ralentización del progreso del conocimiento y de fomento de una sociabilidad estrecha, esto es, que solo es capaz de generar comunidad con quienes comparten el mismo credo.

Por eso en la Historia de la Humanidad la religión, poco a poco, fue dejando paso al capital como el principal impulsor de la creciente sociabilidad de la especie humana. Un proceso que se aceleró a partir del siglo XIX, con la irrupción del capitalismo. Gran parte del éxito evolutivo del capitalismo ha venido determinado por lo contrario que indican algunos de sus ideólogos: el capitalismo ha generalizado la utilización de un instrumento, el dinero en sus múltiples caras y formas, para incentivar la cooperación entre las personas.

Globalmente la creación de ingentes cantidades de capital, por supuesto, con ciertos límites y regulaciones, ha sido muy funcional para la Humanidad. El propio J. M. Keynes reflexionó sobre el hecho de que una vez que el ser humano hubiera sido capaz de superar la insuficiencia de capital la economía dejaría de ser la ciencia que estudia la escasez.

Asimismo, la creciente creación de capital ha permitido un fuerte incremento de la asalarización de la población, lo que ha sido un poderoso catalizador de la modernización social. El dinero como un magnífico incentivo para movilizar la voluntad de millones de seres humanos está  detrás de la fascinación que el propio capitalismo generó en Marx. No hay que olvidar que Hannah Arendt consideraba el Manifiesto Comunista como “el mayor elogio del capitalismo jamás visto”.

Hasta la fecha se ha venido ignorando en la mayor parte de los análisis económicos, políticos y sociales los efectos que, en los países desarrollados, ha tenido el éxito del capitalismo en generar abundancia -aunque desigualmente repartida-, en proveernos de bienes que procuran confort material: se está produciendo un profundo cambio en la escala de valores morales del ser humano.

El incremento del número de Sociedades de la Abundancia en el planeta –que son aquellas sociedades capitalistas donde la democracia se ha desarrollado en mayor medida- tiene como consecuencia que los vectores de la evolución del ser humano han empezado a diferenciarse radicalmente respecto a los del resto de seres vivos.

Según se sacia el hambre de bienestar material, que está vinculado a valores morales de supervivencia, la felicidad del ser humano pasa, cada vez en mayor medida, a depender de la libertad de las personas para decidir sobre su propio futuro, del grado de autorrealización y autodeterminación personal logrado. Este segundo componente de la felicidad, vinculado a la libertad y al desarrollo de actividades mentales superiores, antes estaba vetado a la inmensa mayoría de la población.

La mayor parte de las acciones de los animales, nos dicen los etólogos, obedecen a una razón, a una causa: la supervivencia. Los animales viven tan solo para alimentarse, para defenderse, huir de depredadores y reproducirse, es decir, meramente sobreviven. Solo en las crías de grandes mamíferos se observan acciones y juegos que no tienen esa finalidad de supervivencia, y que podrían asimilarse a la emotividad humana.

De forma análoga en las Sociedades de la Necesidad, que eran las predominantes en el pasado, la mayor parte de los comportamientos humanos son simples conductas preprogramados en nuestro cerebro primate, previas al desarrollo del neocórtex, a la aparición de la conciencia propiamente humana como tal. En las Sociedades de la Necesidad la mayor parte de nuestras decisiones morales no son más que el reflejo de simples actuaciones destinadas a garantizar nuestra supervivencia.

Sin embargo, en las Sociedades de la Abundancia una vez que se superan ciertos umbrales de escasez de bienes los criterios morales se alteran: 1) los intereses materiales pierden peso entre los valores morales prioritarios del ser humano, se deja de vivir para trabajar, y 2) el concepto de una justicia social universal va adquiriendo una influencia cada vez mayor entre los valores morales imperantes.

Para profundizar en el grado de democracia política que se ha alcanzado en estas Sociedades de la Abundancia, y extenderla al conjunto del planeta, es necesario avanzar en la democratización de la economía y, principalmente, en una distribución más equitativa del capital en la empresa. Tal como expresó Rudolf Meidner, uno de los principales ideólogos de los Fondos de Inversión Colectiva de los Trabajadores de Suecia: “El poder sobre las personas y sobre la producción pertenece a los propietarios de capital. Con estos Fondos los sindicatos pueden combatir esta injusticia. Si no privamos a los capitalistas de su propiedad absoluta sobre el capital, nunca podremos cambiar los cimientos de la sociedad y avanzar hacía una verdadera democracia económica.”

La ley de Cogestión alemana de 1976, el Fondo de Solidaridad de Quebec (Canada) creado en 1983, los Fondos de Inversión Colectiva de los Trabajadores instaurados en Suecia en 1984, el Fondo del Petróleo de Noruega de los años noventa, la nueva normativa francesa (2013) sobre participación de los trabajadores, el actual debate belga sobre las “empresas de la codecisión” han tenido, y tienen, como objetivo incrementar la participación de los trabajadores en la gestión democrática de las empresas y, en algunos casos, lograr una distribución más igualitaria del capital.

En el siglo XXI la creación de sociedades más libres y menos desiguales exige una profunda democratización de la economía. Esto es, lograr que las decisiones sobre el destino de la inversión pública, y de gran parte de la privada, se tomen teniendo en cuenta los intereses de la mayoría de la población, y eso pasa, ineludiblemente, por impulsar la participación de los trabajadores en las empresas, porque la democracia también entre en ellas.

La democratización de la empresa es el instrumento de transformación colectiva mediante el cual las trabajadoras y los trabajadores pueden reconquistar la hegemonía cultural perdida desde los años ochenta del siglo XX, cuando los latifundistas de capital apostaron por privatizar la política.

Lunes, 16 de Julio de 2018