Democracia

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Xavier Navarro

Secretario de Comunicación de la FSC-CCOO Catalunya

 

 

 

La idea de democracia

El concepto de democracia tiene diferentes lecturas y está ligado a diferentes propuestas de organización social y política. De hecho, a lo largo de la historia observamos formas diversas que -sobre todo en Europa- se han ido ampliando y enriqueciendo gracias a las luchas sociales, especialmente las que han sido encabezadas por los trabajadores y las trabajadoras.

Desde el punto de vista etimológico, se ha venido considerando que la palabra “democracia” tiene su origen en los vocablos griegos “demos” (pueblo) y “kratos” (poder), dando lugar a una idea de “democracia” que remite al “gobierno del pueblo” o el “poder del pueblo”. Sin embargo, podemos decir que la etimología del término “democracia” es mucho más compleja.

El término “demos” podría haber sido un neologismo derivado de la fusión de las palabras “demiurgos” y “geomoros”. En este sentido, Plutarco señala que éstos eran, junto con los “eupátridas”, los grupos sociales en que Teseo dividió la población libre del Ática. Los dos primeros podrían ser asimilados -salvando las distancias que sean necesarias- con los artesanos (“demiurgos”) y los campesinos (“geomoros”), constituyendo el “demos”, junto y en oposición a los “eupátridas”. La “democracia” vendría a ser, pues, el “gobierno de los artesanos y los campesinos”.

Esta referencia etimológica es, quizás, atrevida. Pero seguramente no deja de tener elementos importantes de certeza y, en todo caso, se convierte en una propuesta alternativa y bastante interesante de aproximación a las raíces etimológicas de la palabra. Se trata de una aproximación a la “democracia” que, sin dudas, está hoy en día en grave peligro. Y que, precisamente por eso, merece una firme defensa, mediante la discusión y la clarificación relativa a su significado.

Los avances sociales enriquecen la democracia

A lo largo de la historia, el concepto de “democracia” ha ido avanzando (sobre todo en Europa), de la mano de un modelo de organización social y política concretado en el estado de derecho y social. Un modelo seguramente insuficiente, pero que es el punto donde -hasta el momento- se ha conseguido llegar. En todo caso, los avances de la democracia a lo largo de la historia -desde las diversas formas adoptadas por la democracia censataria hasta la conquista del sufragio universal y el voto femenino- no han sido concesiones gratuitas, a modo de regalo, sino -junto con las transformaciones sociales y los avances en la universalización de derechos- conquistas derivadas de las luchas de las clases populares.

Si -resiguiendo la etimología- debemos entender la democracia como el “poder del pueblo”, entonces las consideraciones anteriores adquieren una gran relevancia, junto con los ideales de libertad y también de igualdad. En este sentido, la libertad democrática va más allá de la mera libertad “jurídica” o negativa, en el sentido de “poder elegir nuestras acciones”, y ha de ser entendida como legitimación de la ciudadanía para intervenir en la creación del orden jurídico y de su propio gobierno. La libertad democrática es una libertad esencialmente política, que debe incorporar también la posibilidad de participar activamente (positivamente) en el devenir de la propia sociedad, promoviendo los avances sociales. En otro caso, un concepto estrechamente jurídico de libertad, es decir, reducido a su dimensión negativa definitoria de márgenes jurídicos en que los individuos pueden optar por cursos de acción alternativos- podría perfectamente dar lugar a una situación de sumisión ciudadana a leyes -y otras normas- que son dictadas de manera despótica, tal como lo haría un tirano. Evaluamos, pues, la situación actual a la luz de estas reflexiones.

Podemos afirmar, en coherencia con esta aproximación, que la mejora de la calidad de la democracia a lo largo de la historia es fruto de -y está intrínsecamente ligada con- la mejora simultánea de las condiciones de vida para el conjunto de la sociedad: mayor justicia social y mayor cohesión social, como resultado de la conquista de derechos sociales, laborales y económicos. Y el acercamiento a un concepto de democracia como el que vemos definido antes es inseparable de la medida en que los trabajadores, las capas populares, han venido ganando -mediante sus luchas- mayores cuotas de libertad y de igualdad. La democracia -o, mejor dicho, la mejora de la calidad democrática- es consustancial al progreso social, así como a los idearios de las izquierdas en un sentido muy amplio, ya que en ningún caso deben verse excluidos los puntos de vista – o referencias ideológicas- de determinados sectores sociales que vienen a defender -sin pesadumbre- el ideario de libertad y de igualdad en el marco de un pacto o de un contrato social.

Defendemos la democracia

En este sentido, queremos poner de manifiesto que para la mejora de la calidad democrática no basta con el paso del tiempo, como si se tratara de un buen vino en una barrica. La democracia no avanzará, por más antigua que sea, si no hay procesos de cambio y progreso social. Y corre entonces el peligro -como ocurre hoy día- de estancarse en un modelo estrictamente jurídico fácilmente degradable.

La democracia es rápidamente degradada en la misma medida que se recortan derechos de todo tipo y se destruyen las ideas de libertad y de igualdad sobre las que ha sido edificado el modelo social en Europa, en España y en Cataluña. De hecho, esta degradación -que ahora estamos viviendo intensamente- es y ha sido el objetivo de los sectores más conservadores, dado que ésta es una parte esencial de su ideario y, a la vez, una necesidad para la implantación del modelo social neoliberal que defienden . Asistimos, pues, a una evidente regresión de los derechos democráticos y a la destrucción de las ideas de libertad e igualdad.

Hoy asistimos a un proceso de confrontación para la conquista de la hegemonía cultural, social y política, y el resultado será una situación de degradación o de mejora de la calidad democrática. Sin embargo, de nuestra parte, vivimos ahora el resultado de años de miopías y errores, de debates estériles y de asunción de un modelo de democracia meramente procedimental, reducida a su dimensión jurídica, como si se tratara de un puro trámite legal. En cambio, de la banda conservadora, se ha venido trabajando de manera decidida por un modelo determinado, desarrollado a la luz de su propio ideario y reforzado con un poderoso e incansable trabajo mediático. Y a la vista está el resultado, ya que vemos como han hecho convertirse en hegemónico el discurso según el cual sólo hay un modelo social posible. Y Cataluña y en España, han tenido unos grandes valedores políticos, como lo son CiU y PP.

La realidad que nos muestra el análisis de la situación actual nos obliga a plantear, con mayúsculas y sin pesar, la necesidad de disputar la hegemonía cultural, ideológica y política al conservadurismo. Tenemos que trabajar con firmeza y sin dogmas inútiles -nunca los dogmas han sido, en general, útiles- para hacer posible la recuperación de los derechos sociales, económicos y laborales. Tenemos que trabajar para recuperar y anclar firmemente la democracia, para recuperar la supremacía de la política y para favorecer un nuevo y firme contrato social.

La democracia no es patrimonio exclusivo de las izquierdas, pero es consustancial. Y se convierte en un deber de las izquierdas el -y específicamente en Cataluña y España- promover un amplio frente democrático con voluntad de disputar la hegemonía al conservadurismo, sólo así podremos conformar una sociedad más justa, edificada sobre la base de las ideas de la libertad y la igualdad (las cuestiones electorales que se puedan derivar o no, es otro debate aunque está estrechamente ligado).

La batalla ha comenzado en Europa y se están dando pasos importantes, aunque seguramente no todas las que quisiéramos. No hay que quedarse atrás de estos procesos, empeñados en debates inútiles y poco edificados. Y atención, porque no hablamos ahora de estética sino de ética, ya que lo que está en juego es el futuro de nuestra sociedad, los cambios y los avances sociales que serán posibles en el futuro. Y de las izquierdas, el sindicato forma parte, y por lo tanto debemos ser actores, impulsores de procesos sociales de cambio.

El sindicato, la izquierda social

El sindicato debe promover e incentivar desde los centros de trabajo, desde las empresas, una amplia participación, con diálogo permanente con la sociedad, escuchando y por tanto aprendiendo, porque siempre hay que aprender; configurando también un nuevo modelo de sindicalismo que entroncan con las nuevas realidades sociolaborales, pero a la vez haciendo posible que el mundo del trabajo recupere el protagonismo que le corresponde y sea el impulsor de procesos sociales de más democracia, de una democracia ampliada.

Sin embargo sin embargo, el sindicato tiene un importante reto: implementar fórmulas mucho más participativas de las que ya existen (que no son pocas) y, especialmente, que sean realmente factibles y útiles al desarrollo y crecimiento de la organización. Esto obliga a buscar propuestas que como dice Silvio Rodriguez en una canción estén “fuera de la vanguardia o evidente panfleto”. No podemos caer en discursos fáciles cuando tenemos una organización muy compleja, con diferentes soberanías, soberanías compartidas, y un modelo de organización confederada y confederal, al tiempo federal y territorial. En este marco, las cesiones de soberanías, sin renuncias, serán necesarias para posibilitar fórmulas de participación directa de la afiliación en muchos niveles de la vida del sindicato. El problema de la participación, de mucha más participación, de mucha más democracia no está radicado en la elección de una o un secretario o secretaria general, aunque hay quien está en esta clave aunque de una manera tacticista y como instrumento de oposición. Buscar fórmulas, técnicas, que desde la complejidad y diversidad de la organización, permitan hacer parte de nuestra práctica lo que reclamamos socialmente, es nuestro reto, y seguro que lo haremos posible si lo abordamos desde el diálogo permanente. Un buen comienzo es, de entrada, la retransmisión de los debates de los órganos de dirección y hacer conocedores de estos en el conjunto de la afiliación, pero esto sólo es una idea para empezar, necesitamos muchas más.

Es necesario seguir profundizando en el tema, desde el diálogo, escuchando y aprendiendo, aportando y debatiendo, sin dejar de hacer aquello que es consustancial a nosotros, defender las posiciones que favorezcan el avance de la clase trabajadora y eso significa mucha más democracia por todas partes.