De qué cultura hablamos

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Albert Solé

Cineasta

 

 

 

Nadie ha definido la crisis actual de la cultura de una manera tan sencilla como un vecino de mi escalera, un anciano sabio cargado de memoria: “no quieren que pensemos”, me dijo, y posiblemente tiene toda la razón.

Detrás de la desinversión pública en políticas culturales, detrás del vaciado sistemático de la palabra cultura se esconde una intención poco disimulada de hacer que la sociedad civil pierda capacidad de cuestionamiento y de discusión, de convertir en suma al ciudadano discrepante en votante acrítico.

La cultura sirve ante todo para mantener la salud democrática de una sociedad y ahora que empezamos a tener una visión de conjunto del paisaje después de la batalla, ahora que empezamos a hacer recuento de las muchas bajas producidas por la gran ofensiva del neocapitalismo sin límites ni fronteras,  nos encontramos con que entre las victimas también están muchos de los creadores y pensadores que ayudaron a mantener viva la conciencia durante las últimas décadas.

Es tarde ya para lamentarse: músicos, cineastas, pintores, escritores, actores, artistas de todas las disciplinas, reconocidos y llenos de talento, creadores que consiguieron armar un cuerpo de resistencia intelectual durante los años de plomo y que conformaron el espejo en que distintas generaciones se miraron durante tantos años, yacen ahora en la cuneta intentando entender la magnitud del desastre. El desierto actual seguramente empezó a larvarse bastante antes del estallido de la crisis, cuando pensábamos que todo el monte era orégano y cuando maquillábamos con cifras lo que posiblemente eran ya políticas culturales erróneas.

Así, las administraciones públicas de todo pelaje se lanzaron a la creación de grandes infraestructuras, contenedores de lujo para los que no había suficientes contenidos y que se comieron una parte importante de los recursos. Museos de arte contemporáneos, grandes centros culturales, bibliotecas mastodónticas que nos deslumbraron y nos impidieron ver que estábamos mezclando cultura con espectáculo, y que los índices de venta de libros o de consumo cultural maquillaban la imparable concentración de la creación en pocas manos, las de grandes grupos mediáticos mayoritariamente extranjeros:  comprábamos muchos libros, sí, pero de pocos autores, íbamos al cine, pero todos a ver las mismas películas (normalmente americanas), hacíamos largas colas, pero siempre ante las mismas exposiciones.  Fue el comienzo del fenómeno imparable de las burbujas culturales: la pérdida de referentes intelectuales nos abocó al seguidismo cultural: todos a una, y la pluralidad y la complejidad se fueron al garete.

Fallaron las estrategias y los índices de medición de la calidad cultural.  Los recortes dejaron la inversión en cultura en un exiguo 1% del PIB cuando lo normal en países desarrollados es un 5%. La crisis, Internet y la inseguridad en el futuro llevaron a la reducción drástica del gasto cultural en las familias y al empobrecimiento radical de las llamadas industrias culturales (de hecho artesanos culturales en su inmensa mayoría), que ahora se mueven en el centro de una tormenta perfecta y no tienen otra que llamar a la puerta de las grandes multinacionales del entretenimiento para intentar sobrevivir.

Y así, dejamos a las generaciones futuras un triste panorama dirigido por empresas norteamericanas, como ya sucede en casi todas los países latinoamericanos. Hace 10 años nadie celebraba Halloween. Ahora, para los más jóvenes es una cita casi tan importante como la navidad o los carnavales: esto es la colonización cultural inexorable, la que arrastra consigo un cargamento de valores que modifican nuestra manera de ver la vida, de formarnos como ciudadanos.

Hasta aquí, las quejas y los lamentos.

Las nuevas formas de acción política y las nuevas tecnologías abren también un sinfín de nuevas posibilidades para la cultura: las cooperativas, las fábricas de creación, la producción en red, etc, son formas que de momento ya no permiten vivir de la creación, pero que irán abriéndose camino y creando una nueva pedagogía social, unas dinámicas más participativas y democráticas.  Es necesario que las administraciones, y sobre todo las locales, que son las que mejor conocen los focos de creación activos inviertan sus recursos en la gestión y el fomento del talento, en promover os intercambios, en facilitar herramientas de producción.

Es necesario que los gobiernos lleven la cultura a la escuela para acabar con el analfabetismo cultural, para hacer pedagogía acerca de la piratería, para fortalecer el binomio entre cultura y conocimiento. Finalmente, es necesario mantener herramientas de protección de los creadores, para garantizar la pluralidad de la oferta, la cultura de masas pero también la minoritaria, la que es capaz de provocar el cuestionamiento permanente de las verdades establecidas. No podemos dejar el espacio cultural en manos exclusivamente privadas. La cultura es parte esencial de lo público. Hay formas de creación que nunca encontrarán su acomodo en el mercado.

La cultura también es creadora neta de riqueza como han demostrado los franceses,  con una inversión que multiplica por 10 la española. Ellos son quienes mejor han resistido la colonización cultural anglosajona, su marca y su influencia no han perdido valor.

En definitiva, si miramos la inversión en cultura a lo largo de varias décadas y la manera de gestionarla, entendemos la vigencia de aquella frase que pronunció un científico norteamericano: “si el conocimiento le parece caro, pruebe vd. con la ignorancia”.

Lunes, 5 de Octubre de 2015