De la excepción a la normalidad

Xavier Fina i Ribó

Gestor cultural y filósofo catalán. Actualmente trabaja como jefe de departamento de producción y gestión en la Escuela Superior de Música de Catalunya. Licenciado en filosofía y master en gestión cultural. Desde 1989 trabaja en el sector de la investigación y consultoría relacionadas con el ámbito cultural

 

Durante muchos años, la excepción cultural fue un concepto clave del debate sobre las políticas culturales. El proteccionismo de raíz francesa ponía en esa excepcionalidad sus argumentos para salvaguardar las expresiones culturales frente a la fuerza del mercado. Uno de los tradicionales escollos en las negociaciones sobre los tratados de libre comercio ha sido la inclusión o no de la cultura. La Unión Europea ha defendido la exclusión de la cultura de estos tratados bajo el lema de que la cultura no es una mercancía. Estados Unidos ha querido incluirlo sin barreras desde una concepción neoliberal y desde la defensa la arrogancia de quien piensa que tiene los mejores productos (“hagan ustedes películas tan buenas como sus quesos y no necesitará ningún tipo de proteccionismo” dice la leyenda que le replicó el negociador americano al francés). Ahora bien, la lucha contra la globalización y el libre mercado en aras de la “excepción” era lucha demasiado desigual. Había que darle la vuelta y plantearlo en positivo y con un contenido político más explícito. Así, la excepción da lugar a la diversidad. No se trata de proteger unos bienes y expresiones frágiles, cerradas e indefensas. La diversidad cultural, un concepto inspirado en la ecología, es un bien global. No queremos una protección específica porque somos especiales. Queremos formar parte de un mundo diverso, heterogéneo. Y por tanto debemos garantizar esta diversidad. Un mundo en el que todas las especies son necesarias porque si falta un eslabón se rompe la cadena trófica, porque todas formamos parte del ecosistema cultural.

Este giro lingüístico que se convierte en giro político también se está dando -aunque lentamente- en la relación entre el mundo del trabajo y el mundo de la cultura o de la creación artística. Partimos de una (auto)consideración elevada del creador o del intérprete artístico. Poseedores de la varita mágica del aura, su reino no es de ese mundo. Este hecho explica cierto distanciamiento elitista, pero también es una de las causas de la precariedad. Como bien señala Remedios Zafra, el entusiasmo por poder dedicarse a una tarea tan especial (a crear o formar parte de una Obra) pasa por encima de las condiciones materiales de vida. Esto, sin olvidar el sesgo de clase que existe entre los profesionales de la creación: sólo en la medida en que tienen unas rentas familiares que les han permitido invertir en tiempo y formación sin necesidad de generar ingresos alcanzan un grado de profesionalización mínimo.

Pero la perspectiva está cambiando. Ni es aceptable la precariedad en nombre del entusiasmo, ni en nombre de la exquisitez y la creatividad pueden exigirse unos derechos específicos. Los derechos específicos son exigibles de la especificidad de unas condiciones de trabajo: intermitencia, irregularidad en los ingresos, riesgos concretos, edades de jubilación especiales, etc. Desde esta perspectiva se planteó el Estatuto del artista que parece que ya va entrando en la fase definitiva de cambios y adaptaciones de las leyes correspondientes. Porque, y éste es el punto clave, los trabajadores de la cultura no exigen más derechos que el resto de trabajadores. Pero tampoco estamos dispuestos a tener menos.

Noviembre de 2021