CRISIS Y DEMOCRACIA: EL NEOLIBERALISMO O LA VIDA

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Montse Delgado

Secretaria de Formación y Cultura de CCOO Cataluña

 

 

 

Llevamos ya más de siete años de una crisis que no  está acabando, entre otras cosas, porque no es cierto que el curso de la crisis que estamos viviendo sea “natural”. Muchos gobiernos, algunos organismos internacionales y otros miembros del exclusivo club al que podemos suponer que todos ellos pertenecen, la están alimentando artificialmente.

Por poner un ejemplo cercano, recientemente podíamos oír un prestigioso ministro de economía afirmando que según él ya no hay crisis y que estamos creciendo, y que por ello es necesario mantener las mismas políticas de austeridad que habían aplicado antes debido a que había crisis y no crecíamos. A medida que acumulamos años suele mermar la capacidad de sorprendernos, pero la parte buena de vivir en esta época es que algunos de nuestros coetáneos siguen consiguiendo hacer estallar de repente nuestra estupefacción, tengamos la edad que tengamos.

Esta crisis impostada está dejando unos saldos enormes, no sólo económicos, a favor de las élites económicas. Las políticas y medidas que consiguen imponer gracias al clima de miedo y resignación que generan, les están permitiendo transitar hacia una nueva fase del capitalismo que rompe con todos los equilibrios en los que se basaba el funcionamiento del mundo.

En los últimos tiempos se han publicado varios estudios y artículos en torno a los múltiples efectos que la crisis está teniendo. Uno muy recomendable se titula “Democracia y crisis económica en un mundo global”, de Antoni Jesús Aguiló Bonet, quien analiza con detalle y lucidez cómo ha funcionado y para qué les sirve su crisis.

Se constata como las élites económicas han secuestrado la soberanía y lo han hecho usando los mecanismos de la propia democracia, utilizándola contra sí misma. Consiguen así instaurar democracias de muy bajo nivel, donde la participación se reduce prácticamente a votar una vez cada cuatro años y se convierte en un simple procedimiento para la alternancia de las élites organizadas en partidos, que utilizan el poder político para defender sus intereses y no los intereses colectivos de la ciudadanía que ha votado (pero al que luego no representan).

Simultáneamente, se transfiere soberanía a actores políticos y económicos no electos, detrás de los cuales están los propios mercados financieros.

Se instaura así una enorme distancia entre gobernantes y ciudadanía, generando desinterés por la participación en las cuestiones políticas, y que provoca la desvinculación de los ciudadanos de aquello público y colectivo. La apatía y el conformismo social se valoran positivamente, el interés se orienta hacia lo privado y particular, y el proyecto ideológico y político que se implanta consiste en la falta de ideología y la despolitización.

En definitiva, el neoliberalismo consigue imponer de manera generalizada su marco conceptual, su análisis de causas y efectos y sus soluciones no sólo a nivel económico, sino también en cuanto a la participación en la cosa pública y el marco de derechos y libertades en que esta participación debe producirse.

Este enorme saldo de ganancias tiene como contrapartida unos costes de los que sospechosamente las élites y sus gobiernos no nos quieren hablar, unos costes inasumibles que precisamente por serlo están generando el sustrato necesario para propiciar un cambio.

El marco social y político neoliberal sustenta una economía que se ha convertido vorazmente extractiva, pasando por encima de cualquier cosa, incluso de los derechos humanos y la sostenibilidad de la propia vida. El coste ecológico que requiere el funcionamiento de este sistema no es asumible, su costo en sufrimiento humano es insoportable.

Las contrapartidas del beneficio de la élite extractiva nos deshumanizan, nos sitúan en la animalidad más brutal y son incompatibles con la vida.

En estas circunstancias, los que vivimos en esta orilla del mundo estamos empezando a entender que el mayor riesgo que corremos es no hacer nada. La incapacidad de la democracia liberal para eliminar las desigualdades y opresiones que genera nos ha llevado a una situación de inestabilidad crítica, y son precisamente las enormes desigualdades e injusticias que el sistema necesita mantener para poder funcionar las que están propiciando la reacción ciudadana.

Los movimientos ciudadanos nos dan algunas pistas sobre los elementos que nos deben servir para lograr un cambio político y social imprescindible, para enderezar el rumbo hacia una democracia real, que resulte útil para el bien común. Los ejes fundamentales pasan por la participación, la transparencia y los valores.

Por un lado, es necesario disponer de un discurso ideológico bien articulado para disputar la primacía del paradigma conceptual al neoliberalismo y apoderar (“empoderar”) a la gente, ser conscientes de que está en nuestras manos hacer que las cosas pasen, pasar de la actitud de esperar que las cosas sucedan a hacer algo para que sucedan.

Hay que devolver la soberanía a las ciudadanas y ciudadanos. Para profundizar en la calidad de la democracia, se han de acercar los representados y los representantes. Esto significa hacer posible formas de participación más directa, más frecuente, en diferentes ámbitos y niveles, por diversas vías. Por otra parte, soberanía implica también tener capacidad de controlar y pedir cuentas de la gestión de quien ejerce funciones de representación. Se debe reforzar la transparencia y los mecanismos de responsabilidad y rendición de cuentas ante la ciudadanía (incompatibilidades, revocaciones …).

Por último y más importante, tenemos que sustituir los valores de mercado para valores éticos y humanos. Dolors Comas nos regalaba recientemente una frase profundamente luminosa: “hay un conflicto entre capital y democracia, entre capital y trabajo, entre capital y vida. Es necesario, pues, empezar por poner a las personas y la vida en el centro de todas las actuaciones, en la cabeza de los principios que orientan nuestras decisiones individuales y colectivas”.