Construir una nueva identidad democrática

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Pepe Fernández

Secretario de Comunicación y Coordinación de la Dirección FSC-CCOO

 

 

Muchas compañeras y compañeros se interrogan permanentemente ante los problemas por los que atravesamos los sindicatos, por la tensión a la que estamos sometidos o por las razones del malestar que perciben de una parte de la sociedad que desde unos años antes del despunte brutal de la crisis, nos consideran un problema y no un espacio de confianza plena con el que construir una realidad sociolaboral en permanente mejora.

Es cierto que actuamos en una sociedad para la que no hemos podido definir las normas, de la que sistemáticamente hemos sido excluidos o bien por regulaciones laborales restrictivas y autoritarias o bien por deseo expreso del bloque de poder partidario que se ha venido alternando en España en los diferentes gobiernos. Estos siempre nos han observado como un problema, como un inconveniente con el que lidiar civilizadamente, pero desde la óptica de que no debía consensuarse en exceso con las organizaciones sindicales, pues aunque pudieran estar poseídas de cierto grado de institucionalización y moderación, son las organizaciones sociales que más trabajan y se esfuerzan por reequilibrar los desajustes sociales, llevando a efecto un permanente trabajo de reivindicación, pelea y mejora de las condiciones laborales de la gente trabajadora, afiliada o no, cosa que disgusta a los poderes económicos y sociales determinantes del capitalismo español.

La ahora denostada y cuestionada Transición española por parte de algunos gentiles de nuevo tipo, se hizo especialmente viable gracias al esfuerzo ingente del movimiento obrero organizado, especialmente en torno a las Comisiones Obreras y otras reducidas expresiones locales. Estas personas que pusieron en el centro de su programa inmediato de trabajo y reivindicación el acceso a la Democracia, incluso siendo conscientes de que ése era un objetivo corto para los esfuerzos y el grado de sufrimiento que el conjunto del pueblo español había padecido a lo largo de los largos años de Dictadura franquista, apellidando el movimiento obrero la democracia a conquistar, como avanzada y social.

La salida de la Dictadura se caracteriza por varios escenarios, pero tiene como rasgo general el que se mantengan intactos durante largos años los aparatos coercitivos y económicos del régimen franquista, que tutelarán el proceso de reconstrucción democrática de una forma severamente autoritaria, dando continuidad a comportamientos, pautas, formas y modelos que construyó la Dictadura, producto de su victoria militar y posterior exterminio del pensamiento progresista y democrático en España, con el consiguiente rastro de asesinatos, exilio y cárcel para cientos de miles de personas.

Hacer un debate ahora, en el punto álgido de la crisis económica, con una parte de las instituciones sociales construidas en libertad desmanteladas, con millones de personas sin empleo, con la destrucción de las redes de solidaridad y apoyo, con un escenario marcado por el triunfo de los neoconservadores que han globalizado el mundo de expolio y robo organizado a nivel mundial, es una aventura que nos puede llevar a la melancolía, el desasosiego o la mayor de las frustraciones, salvo que ponderemos en su exacta medida la situación, hagamos balance de lo que somos y lo que podemos hacer, equilibremos nuestros valores y despleguemos los recursos e iniciativas que todavía están en nuestro espacio organizativo.

El movimiento obrero, en especial CCOO, tiene que ser un abanderado de la recuperación de la memoria histórica, un divulgador del pensamiento político crítico, una fuente de nuevas ideas progresistas y avanzadas y sacudirse los años de despolitización salvaje, de posibilismo de corto alcance y de apocamiento que pudieron dar al traste con la organización, salvada in extremis en los últimos procesos congresuales, en los que se perciben los problemas y se produce un giro hacia la política de clase sin apellidos, la independencia y la autonomía sindical real.

Hablamos de Democracia en una sociedad que está amordazada, secuestrada, sometida a la permanente enajenación de mentes y voluntades a través de los sistemáticos lavados de cerebro de los medios de comunicación, que salvo honrosas y pocas excepciones, están supeditados a los brutales intereses de la gente que se enriquece con la miseria de millones de personas.

Hablamos de Democracia en un Estado, en el que una parte de la población es lanzada frente a otra por hablar de forma diferente, por tener emociones distintas, por querer configurar espacios de convivencia que se acerquen más a las personas y que las reconozcan en su intimidad emocional.

Hablamos de Democracia en un país que está fuertemente influenciado por las sotanas, los clérigos de alcurnia, los creadores de opinión conservadores que viven de liquidar mediáticamente a los adversarios.

Hablamos de Democracia en una sociedad que mata las ilusiones, que destruye sentimientos, que condena pasiones, que anula voluntades y que exige la salida de cientos de miles de sus ciudadanas y ciudadanos al no quererles permitir que construyan sus experiencias vitales en la tierra que les vio nacer.

Millones de paradas y parados, las bases económicas e industriales de la sociedad destruidas, las libertades y los derechos anegados, la negociación colectiva de la gente trabajadora sepultada bajo miles de normas, leyes y códigos. Impedidas las grandes concentraciones de gentes trabajadoras con derechos, para destruir física y políticamente a la clase obrera con conciencia.

Nos quieren limitar al espacio del domicilio, de la familia más próxima, quieren que ejerzamos los derechos de opinión, crítica y propuesta en nuestras casas, que tengamos Democracia como disidencia permitían en el franquismo, en el espacio de lo íntimo, sin que trascienda, que la opinión se haga sin hacer ruido, cuando te encuentres con los amigos y siempre que alguno no sea un tipo a sueldo de los que nos dominan y que quiera denunciarte o destruirte para hacer carrera.

Vivimos un claro ejemplo de la Democracia autoritaria que tanto dañó a los movimientos de la izquierda real en la década de los setenta en países como Alemania, Italia o Francia. Sociedades con las que nos podemos identificar, al haber intentado construir un espacio de diálogo y comprensión tras los desastres de las guerras mundiales.

Democracia es una palabra subversiva en nuestro Estado español. Lleva a viejas canciones, a necesidades insatisfechas, a demandas necesarias, a hambres que nos acechan y que son necesarias calmar.

No tenemos un gran programa de futuro, no necesitamos estar dándole vueltas al modelo de participación, a la nueva forma de ordenarnos, de organizar las respuestas, de establecer las jerarquías de gobierno y toma de decisiones: bajo mi opinión de persona que quiere el cambio social, que aspira a otra forma de organizar la sociedad y de vivir, hay que abrirse a las nuevas fuerzas que con ímpetu quieren hacer saltar los estrechos márgenes de este cada vez más reaccionario régimen democrático pervertido, anquilosado por el apoliticismo franquista y la ilusión de un consumismo desenfrenado que pervierte valores y liquida la sostenibilidad del planeta.

Son tiempos de abrirse, de fundirse en amalgama con identidad y pensamiento de clase, de edificar en crisol de experiencias y de ilusiones un proyecto renovado de sociedad y de participación, salvaguardando lo que tenemos y mejorándolo, sin miedos y con valentía.

Es un tiempo de rebeldía y lucha, de construir una nueva identidad democrática y finiquitar de una vez por todas el viejo Régimen y sus expresiones políticas, sociales y culturales.

Vivir es la consigna.

Construir una nueva democracia de las personas trabajadoras y progresistas es el objetivo.